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sábado, julio 9

Independencia.


por Enrique Díaz Araujo *

Si simples eran las motivaciones de la Autonomía, más singulares y elementales fueron las de la Independencia.

De nuevo: veamos.

El antiguo profesor de la Universidad de Harvard, Clarence Haring, nos explica que:

“… de no haber surgido la circunstancia de las guerras en Europa, y de haber existido la posibilidad de que Fernando VII, después de su restauración hubiera acordado a sus súbditos una moderada libertad política y económica, el imperio se habría conservado, al menos por un tiempo.
Las guerras de la independencia fueron esencialmente guerras civiles. Uno de los rasgos más llamativos de todo el movimiento fue la prueba de lealtad a España, que dio gran parte de la población. En muchas regiones, el núcleo de las fuerzas realistas estaba constituido por hispanoamericanos…
En un principio, la mayoría de los criollos que tomaron y condujeron los movimientos revolucionarios no se mostraron propensos a romper por completo con España. Fácilmente podía haberse llegado a una reconciliación, otorgándose un tratamiento justo y razonable y adecuadas concesiones de autonomía…
Se convirtió gradualmente en un movimiento contra la autoridad española por la fuerza de las circunstancias imperantes en Europa”.

Sí; así es.

La independencia surgió de las pugnas entre peninsulares para otorgar mayor o menor poder al Rey y del interés de la Restauración francesa en evitar reiteraciones más o menos revolucionarias en sus fronteras. Pero, sobre todo, nació de la personalidad del rey restablecido en el trono, un sujeto digno de estudios psiquiátricos, quién de haber sido el “deseado”, cuando estaba preso en Valencay (donde se dedicaba a tejer calcetas), pasó a ser el “odiado”, tanto en la Península como en América. Si el adjetivo “estúpido” le cabe a un gobernante, ése tal fue Fernando VII (Napoleón Bonaparte había descrito la familia real española, esto es, a la Reina María Luisa, al rey Carlos IV, y al Príncipe de Asturias, Fernando, con estas palabras: “la madre era adúltera, el padre consentido, el hijo traidor”).

Y, pues, fue ese mismo Fernando VII quien, el 30 de mayo de 1816, ordenó la expulsión del ministro argentino plenipotenciario Bernardino Rivadavia quien había ido a rendirle pleitesía. Datos anteriores y similares a éste, conocidos en el Río de la Plata, provocaron la Declaración del 9 de Julio de 1816, de Tucumán.

Cual lo había adelantado en un sermón patriótico, fray Francisco de Paula Castañeda, el 25 de mayo de 1815:

“Diremos, que si el mal aconsejado Fernando no quiere unirse con sus leales vasallos, él mismo es el que, cual otro Roboam, se ha dado a sí mismo la sentencia, y no es regular que lloremos mucho, porque tal sentencia se cumpla y se ejercite; diremos que Fernando VII… que rehúsa nuestros homenajes con melindre desdeñoso, para que en adelante lo tratemos con desprecio. Diremos, que si este mal aconsejado joven le desagradó tanto nuestra lealtad, busque vasallos desleales, que los encontrará en la Península a millares y millones. Diremos, que el haberlo reconocido y jurado cuando estaba preso en Francia, no fue más que un rasgo de generosidad americana, y que al ver su indigesta y cruda ingratitud, no queremos continuarle por más tiempo un obsequio tan indebido”.

Estólida ingratitud hispana ante la generosidad americana: causa de la Independencia.

Quienes no habían tenido que esperar al desenvolvimiento de las potencialidades negativas encerradas en los talentos borbónicos, fueron dos hombres que conocían de cerca la escandalosa intimidad de esa Casa Real. Nos referimos, claro está, a Simón Bolívar (que había estado en la guardia de corps, junto a Mallo y a Godoy, amantes de la Reina María Luisa) y José de San Martín (cuyo hermano Justo Rufino también había sido oficial de aquel regimiento de favoritos de la Reina). Esos dos hombres principales que, con Agustín de Iturbide, conforman el trío de Libertadores de América, no habían alentado ninguna ilusión acerca de la evolución favorable de la postura autonómica. En consecuencia, ellos fueron los anunciadores, adelantados y ejecutores de la Independencia.

Queremos subrayar que fueron ellos, y no los denominados “precursores”, que tan sólo estaban interesados en las “reformas” (religiosas) del sistema español, los artífices de la Independencia. Los “precursores” (del tipo de Mariano Moreno) querían cortar con la Madre Iglesia, no con el Padre Rey.

San Martín no hacía un secreto de su opinión sobra la conducta española – “España se halla reducida al último grado de imbecilidad y corrupción”: Proclama a los habitantes del Perú, 13.11.1818, y Bolívar menos, al punto que estaba dispuesto a llevar una “guerra a muerte” a los “godos”, si se empeñaban en rechazar la emancipación americana. Pues, antes y después de la restauración de Fernando VII, absolutistas y liberales peninsulares combatieron por igual la independencia americana. Especialmente enemigas de América fueron las Cortes liberales de Cádiz, que sancionaron la Constitución laicista de 1812. Luego, hubo guerra, decidiéndose la suerte de las armas en Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. Hecho memorable que, un siglo después, hizo decir al poeta Leopoldo Lugones que las espadas de los granaderos nos dieron “lo único enteramente logrado que tenemos hasta ahora, y es la Independencia”.

Independencia tuvimos, sin ayuda de nadie, gracias al valor y al coraje de nuestros bravos paisanos. Y eso es algo de lo que siempre deberemos enorgullecernos, repitiendo aquellas estrofas originales del Himno: “se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa Nación”.
Lo importante, didácticamente, es que se eviten confusiones. Así, Mayo es Autonomía (no: “Libertad”, ni “Revolución”, por lo menos si a lo acontecido en la Semana del 18 al 25 de mayo de 1810, se le pretende adjudicar una motivación ideológica), y Julio es Independencia. E “Independencia” supuso contar con una Nación Soberana (donde los elementos de “pueblo”, “territorio”, “religión” y “costumbres” preexistían, pero formando parte de otro Estado). Desde el 9 de julio de 1816 existió la Nación Argentina, para la cual el poeta Francisco Luis Bernárdez cantó las estrofas siguientes:

“Dios la fundó sobre la Tierra para que hubiera menos hambre y menos frío.
Dios la fundó sobre la Tierra para que fuera soportable su castigo.
Podemos dar gracias al Cielo por la belleza y el honor de su destino.
Y por la dicha interminable de haber nacido en el lugar donde nacimos.
La patria vive dulcemente de las raíces enterradas en el tiempo.
Somos un ser indisoluble con el pasado, como el alma con el cuerpo.
Dios la fundó sobre la Tierra para que hubiera menos llanto y menos luto.
En las tinieblas de la Historia la Cruz del Sur le dicta el rumbo más seguro.
Ninguna fuerza de la Tierra podrá torcer este designio y este rumbo”.

Digamos, por fin, que aquél de otrora fue un designio combatiente; actitud que siempre debiera estar vigente. Para lo cual, para mantener la bandera realmente izada, en estas épocas de globalización esclavizante, deberíamos quedar obligados a permanecer doblemente atentos y vigilantes. Tal cual lo indicaba el poeta Carlos Obligado, al recordarnos, en 1943:

“Mas, ved, que el campo es de aluvión, inmenso.
Y el cardo amaga entre la mies fecunda;
Y en este mundo, a la abyección propenso,
Oro socava lo que acero funda”.

* Aquello que se llamó la Argentina. Mendoza, El Testigo, 2002, pp. 26 – 31.

martes, julio 5

Ante otro aniversario de la Defensa de Buenos Aires.

El Ejército Invisible



Por Antonio Caponnetto *

Unidos en la unánime aventura
de rescatar la tierra con sus dotes,
los varones planean la conjura.

Porque sangra esta cruel cabalgadura
en la ciudad montada de hugonotes.

La sombra, veterana compañera
de complotados, tramas, sortilegios,
oye propuestas con su faz señera.

Cuentan armas, revisan la leñera,
todos juran vengar los sacrilegios.

Ya Fornaguera, el catalán fogoso,
pide sin más, pasarlos a cuchillo
y Alzaga asiente: no será costoso.

Otros piden rodear, cavando un foso,
minando el Fuerte en un fatal anillo.

Se habla de asaltos, lazos, emboscadas,
de una quinta en Perdriel dada al olvido
con acciones de guerra, agazapadas.

Un gaucho preguntó por las Cruzadas:
el invisible ejército ha nacido.

Cada casa un alcázar o un bastión,
cada torre un vigía desvelado.
Los Húsares ya están con Pueyrredón.

Y probando el cerrojo de un cañón
Felipe Sentenach ruge callado.

Quien pudiera asomarse a esos balcones
de cánticos marciales, de entreveros,
con un cielo de pólvora y de halcones.

Quién nos restituyera las pasiones
para ser de la patria arcabuceros.

Solar que nombras a Santa María,
Puerto que invocas a la Trinidad
habitaron guerreros en tu ría.

Tal vez a fuerza de melancolía
haya otra reconquista en la Ciudad.

* Poemas para la Reconquista. Bs. As., Santiago Apóstol, 2006, pp. 21-22.

El más conocido sofisma de los vencedores de Caseros.


por Ernesto Palacio *

El más conocido de los sofismas con que se pretende justificar la coalición que triunfó en Caseros consiste en afirmar que la eliminación de la dictadura y la “organización” del país eran una condición ineludible del Progreso, atribuyéndole a esos hechos nuestro indudable crecimiento ulterior, por el aporte inmigratorio y la construcción de ferrocarriles.

Hemos visto que la dictadura fue una imposición de las circunstancias, para frenar la anarquía y las tendencias disgregadoras. Quien conozca el abecé de la ciencia política y no se pague en palabras huecas, ha de saber que el rigor de los gobiernos es directamente proporcional a la intensidad de las tensiones que deben dominar. A esta ley no escapó el de Rosas, que se había atenuado en los últimos años hasta el punto de permitir la vuelta sin molestias de los emigrados, aun de los más comprometidos. Ni tampoco la de sus adversarios liberales, que supieron menudear, cuando le fue preciso, con estado de sitio o sin él, los fusilamientos, los destierros y las prisiones.

Lo que se sabe hoy a ciencia cierta es que ni la dictadura, ni la guerra civil, ni los bloqueos, impidieron que la Argentina progresara durante el gobierno del Restaurador, en la medida en que lo permitían las condiciones de la época y a un ritmo más rápido que el de las otras naciones del continente. La población subió de 600.000 habitantes hasta casi el millón, en cuyo aumento entró en gran parte el aporte inmigratorio, lento pero constante. La proporción de las áreas sembradas en todo el país y la producción de las diversas regiones habían crecido correlativamente. Las industrias manuales y aún mecánicas se multiplicaban y prosperaban. Se había iniciado la mestización de los ganados e introducido el alambrado de los campos y la máquina a vapor. La industria saladera poseía una flota propia para comerciar sus productos. Muchos extranjeros, principalmente ingleses, se habían establecido en el campo y poseían estancias, donde trabajaban al amparo de la ley y el orden. Venían a aportar su esfuerzo al país como huéspedes bien acogidos y no, como más tarde, en tren de amos y de gerentes.

Es verdad que ¡no tuvimos ferrocarriles! Pero el ferrocarril apenas se iniciaba en el mundo.

El primero se había construido en Francia en 1837 y pasaron muchos años antes que los Estados Unidos construyera el suyo. Era un invento que se hallaba todavía en la fase experimental. Nada indica que no lo hubiéramos tenido a su tiempo con Rosas, como lo tuvimos con sus sucesores; aunque es seguro que en condiciones más favorables para nuestra economía.

Tampoco se produjo bajo Rosas la gran afluencia de inmigrantes que caracterizó  a la época constitucional. Pero ello no se debió a la supuesta xenofobia del régimen, ni al temor a la tiranía, sino a una circunstancia ajena al país. No había inmigración, simplemente, porque no se emigraba. El fenómeno inmigratorio americano no obedeció tanto a la esperanza de América cuanto a la desesperación de Europa, y empezó a ocurrir en gran escala a raíz de las crisis de desocupación y las bajas de los salarios provocados en el Viejo Mundo por la implantación del maquinismo, o sea alrededor de 1860. Nada indica que no hubiera ocurrido lo mismo bajo el Restaurador, cuando había garantías de orden y de trabajo cuya ausencia sentirían cruelmente más tarde los desesperados que se acogían a nuestro hogar.



* Historia de la Argentina, 1515-1943. Bs. As., Peña Lillo, 1974, pp. 145 y 146.

domingo, noviembre 8

Se espera la salvación por el sufragio universal.

Se espera la salvación por el sufragio universal,
porque habiendo perdido la fe, 
créese que un mal árbol puede dar buenos frutos



"Josef Florian me envía copia de una carta del obispo de Brünn, al clero de su diócesis, en ocasión de las elecciones. 

Todos los lugares comunes estúpidos y sofísticos sobre el deber de votar. 

Sólo una cosa tengo que decir, y la misma siempre:

- Se espera la salvación por el sufragio universal, porque habiendo perdido la fe, créese que un mal árbol puede dar buenos frutos. Por supuesto, el sufragio universal es un árbol de muerte y de desesperación. El mal apóstol se ahorcó en él. El sufragio universal no es un mal accidental, sino un mal absoluto.

El voto familiar, propuesto últimamente, parece una idea justa, puesto que por ese medio se reconstruiría la familia. Pero, para ello, sería menester abolir previamente el divorcio. Hoy nada es posible. Parece que Dios hubiese abandonado esta sociedad miserable."

León Bloy, Diario, abril 23 de 1906

miércoles, junio 3

Frida, de Juan Luis Gallardo.

Comentario bibliográfico.



Gallardo, Juan Luis: Frida (novela). Bs. As., Emecé, 1973 (2da. Edición), 215 páginas.

Preguntaban qué clase de gente eran los argentinos: si salvajes o civilizados, de qué color y figura.
James Dodds

Después de la muerte de Perón…
Frida, página 22

Plaza Italia es todavía ese lugar peculiar en el centro platense donde se puede encontrar libros raros los fines de semana a un precio vulgar y atractivo al mismo tiempo, en lo que respecta al magro bolsillo de un estudiante. En Plaza Italia encontramos entonces esta novela del escritor argentino Juan Luis Gallardo, nacido en Chivilcoy en el año 1934.

Escrita en 1972, la novela describe la situación coyuntural hacia 1970, luego de la muerte de Perón, de una hipotética  Argentina colapsada en sus instituciones y –especialmente- en su economía, pero que es sobrellevada por los protagonistas con un modo de ser típicamente argentino: con humor, cierto optimismo y hasta alguna dosis de cinismo. La novela se vuelve muchas veces extemporánea al presentar cosas que parecen axiomas de la política vernácula, antes de 1972 y también 40 años después de redactada la historia. En esto uno duda si denominarla profética o lamentablemente pedestre: ¡Qué triste es repetir siempre los mismos errores (pensamos en este año 2014)! Vamos a tratar de dar alguna noticia de estas cosas en este comentario.

Pero antes continuamos describiendo un poco más la estructura de la obra, que se desarrolla casi íntegramente en Capital Federal, relatando dos historias simultáneas que recuerdan de alguna manera a los personajes de “La Esfera y la Cruz” de G. K. Chesterton. Por un lado, los personajes (digamos) civiles. Por otro lado, los personajes “metafísicos” que dan espíritu y agregan comentarios sabrosos a los hechos.  Los civiles están formados por todo el escenario político de la época, es decir, el presidente de la Nación, los Diputados y Senadores de la Nación. Ellos han llegado a una lamentable conclusión: el país sufre una crisis terminal –si es que no ha muerto ya- y algo hay que hacer, por lo que se convoca a una reunión definitiva que ofrezca una solución aceptable a la triste situación. El país se asemeja a “una sociedad comercial, donde los empleados, pese a haberse decretado su quiebra, siguieran concurriendo para no trabajar ni cobrar, boqueando de hambre sobre los escritorios derrengados mientras el directorio, por inercia, continuara reuniéndose en un salón oscuro, para adoptar resoluciones que nadie cumpliera, firmada con lapiceras sin tinta…”. O por medio de una comparación futbolística, diciendo que se comparaba con un equipo “con siete jugadores, cuyo único plan de juego consistiera en sacar la pelota del fondo de su propio arco para volver a ponerla interminablemente en movimiento”…  Los diarios locales se han hecho eco de esta determinante reunión, en sus principales titulares:

“Reunión definitiva, haráse” – Anunció “La Razón”, siempre proclive al trastueque.
“No va más” – timbeó “Crónica”.
“Hasta que las velas no ardan” – anoticiaba, al día siguiente, la hoja informativa de una peña folklórica suburbana.
“Próxima solución” – fue el augurio del diario oficialista.
“Reuniráse el Gabinete” – Señaló “La Nación”.
“Reunión” – Desconfió “La Prensa”.
Cita de Sepultureros” – Vociferaba el periódico nacionalista “Tizona y chuza”…”

Reunión trascendental cuyos graciosos pormenores va dando el Autor en páginas muy amenas. Sobre el final de la larga reunión, que obliga a los funcionarios a encerrarse casi dos semanas, algo brilla por su ausencia: faltan las soluciones. En esta estresante situación, y producto de la atinada sugerencia del Ministro de Catalización y Plurivalencia Móvil (CATAPLUM), se resolvió tomar la medida terminante: alquilar, con los últimos pesos del erario, los servicios de una computadora sueca denominada FRIDA, para que ella determinara por medio de un cálculo infalible, que debía hacerse con el país.

Al mismo tiempo que los funcionarios resuelven el conflicto con el alquiler del aparato europeo, un estudiante de Derecho, Gabriel, concluye una jornada nocturna de estudio en su pensión de calle Rio Bamba esquina Santa Fe. Al escuchar por radio las noticias de la trascendental reunión en Casa Rosada, decide levantarse para acudir a Plaza de Mayo y así anoticiarse mejor de lo que ocurre. Comienza así el personaje un simpático periplo porteño que lo llevará a contactarse con una serie de personajes que lo harán recorrer el camino inverso que se está desarrollando en las esferas gubernamentales. Conoce así a Aníbal, un hijo de inmigrantes, de esos que levantaron su casa ladrillo por ladrillo; conoce a Santos, un portero correntino de la Universidad, hijo de guerreros de la Independencia; conoce a un profesor de Derecho Romano que vive frustrado porque a nadie le interesa estudiar un comino en una Universidad donde la hora cátedra ha sido reducida a quince minutos reloj, último fruto de las conquistas estudiantiles; conoce a Toribio, un estudiante riojano cantor de las melodías más profundas y significativas del país; conoce a Domingo, un industrial que tuvo la ingenuidad de creer que la industria nacional podría competir con las empresas extranjeras, para desengañarse con la realidad y morir (la muerte de Domingo, la muerte de la Industria). El Autor conduce a Gabriel a conocer poco a poco a los personajes distintivos de un país que ya no existe, pero que parece razonable en sus argumentos, su realización y sus posiblidades. Por eso, cuando la delegación oficial traiga finalmente a FRIDA, y esta emita su veredicto insobornable: “Remátese el país en subasta pública”, la política vernácula aceptará sumisa la premisa, publicando al mundo la gran venta, mientras que los minúsculos personajes de Gabriel y sus amigos intentarán otra solución: comprar nuevamente el país para los argentinos.

Hasta aquí la estructura de la obra. Acompañan con algunos breves comentarios, a modo de cierre de cada capítulo, los que el Autor denomina tres demonios de la Nación: Notemetas, Tilingófeles y Macaneo. Por contraste, también dice alguna palabra el Ángel de la Nación. Aquí volvemos a recordar, aunque muy disminuido en cuanto a su calidad, el diálogo trascendental de la obra de Chesterton que citábamos al principio de este comentario.

Decíamos al comenzar, que leída la obra con  el paso del tiempo, sorprenden las descripciones que hace el autor de los vicios políticos de la época como si fueran escritos en la actualidad y con el diario del día en la mano. Sorprende, por ejemplo, los titulares que transcribimos más arriba, que bien se asemejan a un titular actual de La Nación y Página 12. Pero hay más ejemplos, que tratamos de enunciar en un somero listado.

Cosas del libro escritas en 1972 que parecen actuales o comunes al siglo XX (y XXI) en Argentina:
El terrible flagelo de la burocracia y la multiplicación desenfrenada de organismos públicos: Secretario de Estado de Coordinación para el Mediano Plazo y Planeamiento Coyuntural (COMEPLAPLANECO); el ya citado Ministro de Catalización y Plurivalencia Móvil (CATAPLUM); todo el capítulo 22, denominado “El Secretario del Secretario del Subsecretario”, destinado a contar las vicisitudes de uno de los personajes para tramitar un pedido sencillo ante un organismo público.

La devaluación del peso, expresión última de la bancarrota argentina: Luego de 1970 “el peso (fue) bautizado escalonadamente como “moneda nacional”, “ley 18188”, “minipeso”, “sarmiento acrílico”, “dólar conosur”, “ley 52643”, “perón fuerte”, “ché financiero” y “ley 113513”, según el tinte –o falta de tinte- ideológico de las autoridades de turno”… (p. 16).

La idea de una Universidad gobernada por una Reforma fuera de control, que había llegado a límites insólitos: “En efecto, el gobierno tripartito resultaba casi legendario y, al presente, los estudiantes ejercían la mayoría de las funciones educativas. Estudiantes eran los decanos y estudiantes dos de los que integraban cada terna examinadora; el Tribunal de Disciplina para profesores estaba formado por estudiantes”, etc, etc.

La impotencia eterna de los intentos industriales nacionales (Cap. 25: El velorio de la industria).
El talante superficial de los funcionarios, profesionales del ejercicio político, retratados por el Picaflor de Burzaco, ministro a la sazón de Catalización y Plurivalencia Móvil.

Y finalmente, el fracaso histórico de realizar un proyecto de país, tanto del político profesional, del militar, del guerrillero o del tecnócrata moderno: “Contra el bastión tecnocrático se embotaron todos los arrestos reformadores y ante él se inclinaron desde el general de golpe y porrazo hasta el guerrillero en ejercicio del poder. Porque uno y otro tuvieron su oportunidad para gobernar”… “el general fracasó por incapacidad para modificar la realidad y el guerrillero por incapacidad para comprender la realidad”… “el general por no mirar el futuro y el guerrillero por desconocer el pasado”… (p. 18).


Es también una sorpresa, al menos para quien esto redacta, descubrir que se escribía con tanta libertad en el año de publicación de la novela, reconociendo y burlándose de vicios al parecer tan comunes ya en la época y que uno presumía nuevos o novedosos.

domingo, enero 25

El pan, el agua y el aire mismo están inficionados...



Yo obedezco la constitución nacional y no pienso en cambiarla; pero los mismos que la hicieron dijeron que, si la cosa valía la pena, se podía pensar en cambiarla, y son justamente los cansados de atropellarla los que sostienen que no es lícito legalmente soñar en tocarla. Se parecen a los que tienen manceba y protestan contra el Matrimonio. Que venga un señor que niega la autoridad de la Sacrosanta Tradición en la Iglesia a imponerme como dogma intocable una supuesta Tradición Liberal Argentina que nadie ha visto por ningún lado pero a él le viene de perlas por esta razón o la otra: muchas gracias, todavía no he perdido, a Dios gracias, las entendederas. Lo malo es que en el tren que vamos, acabaré por perderlas como cualquier lector de pasquines. El pan, el agua y el aire mismo están inficionados, el sol está nublado, y sólo la noche nos vale, clavada de frías y lejanas estrellas. La silente noche llena de vigilias y suspiros de los pocos varones que quedan por la Patria.”

Castellani, L.: Seis ensayos y tres cartas, Sobre la democracia, p. 48.

lunes, febrero 17

Cortázar, a 30 años de su muerte.


Blasfemo y obsceno -allí está para quien dude El libro de Manuel-, revulsivo y contestatario de salón; cobarde autoexiliado a buen resguardo y mejores ganancias, la suya es una literatura llena de sorpresas repelentes, de bajezas morales, de raterías ocultistas, de rebeldías calculadas y poses de “cronopio” exquisito que desprecia a las masas por las que dice luchar.



Por Alonso Quijano ***

Seremos imparciales. Con Cortázar ha muerto un perverso, un renegado y un escritor fuera de lo común. Ninguno de estos juicios debe ser demostrado porque no está en discusión; lo discutible -para sus plañideros adeptos, se entiende- es la descalificación que hacemos los “reaccionarios” de todo aquél que abraza al Marxismo, traiciona a su patria y escribe con la intención expresa de destruir el lenguaje y los significados. Porque “July” hizo todo esto y mucho más.

Por perverso adhirió sin retaceos a las revoluciones comunistas, a los movimientos terroristas, a las ideologías nihilistas y a los personajes más funestos de la Revolución Mundial Anticristiana. Por renegado abandonó su patria, difundió su carencia de “orgullo nacional”, se ciudadanizó francés (“Francia es mi casa, dijo, y me sigue pareciendo el lugar de elección para un temperamento como el mío”), y participó activamente de cuanto grupo, proyecto o estrategia antiargentina se orquestó desde Europa o desde el resto del mundo. Por escritor fuera de lo común entendemos ante todo a aquél que desprecia la lógica y el sentido común, y que como él, tuvo el objetivo manifiesto de “usar la literatura como se usa un revólver para efender la paz cambiando su signo”. Lenguaje sin semántica, críptico, ambiguo y caótico. Carente de esencia, y por lo tanto vano, vacuo y sin Verbo. En Rayuela lo dice sin tapujos: “Procede como un guerrillero. Hace saltar lo que puede. El resto sigue su camino”.

Blasfemo y obsceno -allí está para quien dude El libro de Manuel-, revulsivo y contestatario de salón; cobarde autoexiliado a buen resguardo y mejores ganancias, la suya es una literatura llena de sorpresas repelentes, de bajezas morales, de raterías ocultistas, de rebeldías calculadas y poses de “cronopio” exquisito que desprecia a las masas por las que dice luchar. “A riesgo de decepcionar a los catequistas -declaró- y a los propugnadores del arte al servicio de las masas, sigo siendo ese cronopio que escribe para su regocijo o sufrimiento personal, sin la menor concesión, sin obligaciones “latinoamericanas” o “socialistas” entendidas como apriorismos programáticos”. “Regresó en 1973 -confiesa Beatriz Guido en La Nación del 19 de febrero-. Intentó explicar en el Sindicato de Luz  y Fuerza ante un público exiguo, la misión del intelectual frente a las masas... Los pocos que estabámos en la sala dejamos de escuchar los bombos de la entrada y los estribillos partidarios...”

Pero tuvo una virtud. Se murió en el momento exacto. Cuando en su patria -Francia- gobierna un badulaque de la zurdería internacional y en la Argentina -su pensión- los émulos de aquél y otros mamarrachos similares. Todos amigos, socios, colegas y compañeros de ruta (o de autopista) en el camino de la decandecia. Y bien; no defreudaron las expectativas previsibles. Compitieron en los elogios y en los lugares comunes, en las ofrendas latréuticas, los ayes de opereta y los inciensos cívicos. Gorostiza, O´Donnell, Aguinis, Gregorio Weinberg, Borges, Sábato, Madanes, Blaistein, Antín, Wullicher, Couselo, Couselo, Inchausti, María Esther de Miguel, Héctor Lastra, Hermes Villordo, Gudiño Kieffer, Luisa Mercedes evinson, Silvina Ocampo, Marta Lynch, Héctor Yanover, Abelardo Arias, Marco Denevi, José Bianco, Alberto Girri... nadie, nadie faltó a la ronda ironda y la carnestolenda de los testimonios público. El Alfoncinismo les dió sus puestos y sus sueldos, su ubicación en el “staff” de la cultura democrática y sus caras de víctima de la represión cultural. Ellos representaron su rol, ebrios de poder y frivolidades. Si el muerto los hubiera visto, habría escrito la segunda parte de Conducta en los Velorios.

Pero el muerto está en Montparnasse, sin cruces ni Cristo, como quiso. Sin plegarias ni homilías. En una tumba que es continuación de la gusanera en la que vivió y creció. Dice Anzoátegui que a Dios le gusta a veces empeñarse a fondo, y por eso, no sabemos qué será de su desdidachada alma. Pero si el Diablo leyó a Dante y conserva algún resto de coherencia, lo recibirá con Scarmiglione, Rubicante, Barbariccia y Libicocco, aquellos cuatro demonios del canto XXI: rojo, barbado, melenudo y loco, para llevarlo a empellones hasta la inmunda chamusquina final.

Epitafio: Todos los fuegos... el Infierno.



*** En Cabildo, Segunda Época, Nº 74, marzo de 1984, pp. 12 y 13.

sábado, agosto 10

Acordada 37/2013: ¿Multas para todos y todas?

¿Qué es lo peor que nos puede ocurrir si no votamos?

La multa, es lo peor. Dinero, nada más. Si no se tiene el dinero, se podrá apelar en la Justicia Electoral y sin duda, se reducirá o se dejará en suspenso el pago de la misma.

Ahora, ¿qué es lo que peor que nos puede ocurrir si votamos?

Bueno, esto es más complicado…



Por el Departamento de Aseroría (I)Legal del Blog ***


Todos andan preocupados. Esa intranquilidad es lo que  respira los últimos meses  el sentir popular.   Pero, ¿qué es eso que tanto erupciona a la sociedad?

¿La inflación?  ¿La inseguridad?  ¿La corrupción y demás  males que nos golpean en el rostro ni bien abrimos la puerta de la casa cada mañana? No, no. Sin duda, no es eso.

Los que nos preocupan son las elecciones, señores. Obviamente no por  ese deber ser democrático que propugna desde nuestro interior  para manifestarse un domingo (día del Señor) desde tempranas horas, en forma de una fila interminable,  sino algo mucho mas terrenal.

Si, sin temor a equivocarme, voy a decir que lo que nos preocupan  son las multas ante la falta injustificada en el deber de votar.

 Así que a mi juego me llamaron, estuve revisando la Acordada de la Cámara Nacional Electoral n° 37/2013 en la cual entre otras cosas se establece el sistema de multas. Paso a detallar.

El apartado 4° de la Acordada establece que “el valor de la multa ascenderá a cincuenta pesos ($50) cuando la infracción se cometa respecto de uno solo de los actos electorales –primarias o generales-. El monto de la segunda infracción ascenderá a cien pesos ($100), que se acumularán a los cincuenta pesos ($50) correspondientes a la primera infracción.”

Cabe agregar que quienes no voten en las primarias, no estarán habilitados para votar en el siguiente acto electoral. Por lo que la multa de quienes no voten el próximo domingo será en definitiva de $150, mientras que quienes no lo hagan en las elecciones nacionales será de $100.

Ergo, quien no vote y no se encuentre justificado deberá pagar la multa. Ahora, aclaremos quienes se encuentran justificados.

Quienes hayan perdido o tengan en trámite el DNI, no aparezcan en el padrón electoral, se encuentren a más de 500 km del lugar de votación o estén en el extranjero o finalmente quien se encuentre enfermo el día de los comicios.

Todas estas personas tendrán un plazo de 60 días para acreditar con el certificado correspondiente el no voto por alguna de las razones anteriores.

Ahora, pensemos un poco, dada la gratuidad de dicho acto.

Encuadrados en el sistema jurídico positivo que ahoga a los iusnaturalistas como yo, el sistema de multas es lógico, pues lo preveé una norma (dogma jurídico positivista) sancionada formalmente. El sistema, establece  que ante la infracción de una norma se aplique una sanción.  Aquí la infracción es el no votar y la sanción, la multa.

Pero la cuestión que planteamos es otra.

¿Qué es lo peor que nos puede ocurrir si no votamos?

La multa, es lo peor. Dinero, nada más. Si no se tiene el dinero, se podrá apelar en la Justicia Electoral y sin duda, se reducirá o se dejará en suspenso el pago de la misma.

Ahora, ¿qué es lo que peor que nos puede ocurrir si votamos?

Bueno, esto es más complicado. Estaremos legitimando con nuestra participación, a candidatos en su mayoría corruptos o negligentes y en su totalidad anti católicos.

Legitimaremos además, este sistema irracionalmente democrático, que sustenta su aparato político en el cordón de pobreza del conurbano bonaerense haciendo la vista gorda al accionar de intendentes y punteros que “dadivosos” con los pobres estructurales reparten a manos llenas electrodomésticos, dinero, drogas, el famoso choripan y hasta los “apretes” violentos a cambio de votos que les favorezcan. 

Todos lo conocemos, pero lo “ignoramos” voluntariamente para que la conciencia no nos moleste. ¿Por qué? Bueno, la diosa Democracia es bastante celosa y exigente, pretende que asistamos a su culto y que nos revolquemos en el lodo popular con una sonrisa en el rostro. Además sus sacerdotes y sacerdotisas (no olvidemos el lenguaje de género) junto con  las normas redactadas por ellos, nos constriñen a participar so pena de multa.
 
Como verán no es tan tremendo. Es preferible conservar la conciencia limpia en lugar de mantener $150 en la billetera.


*** (I)= Iusnaturalista. No confundir con “Ilegal”, aunque hoy el Derecho Natural efectivamente sea considerado como tal.

domingo, julio 28

La década infecta.

"Difícil amar esa gran porquería..."



“El párroco funda su dicho en que Cristo lloró sobre Jerusalén, lo cual prueba que amaba a su patria. ¿La amaba todavía? ¿O la compadecía solamente? Difícil amar esa gran porquería en que se había convertido el Estado Israelita bajo la dirección del hipócrita Caifás, el payaso Herodes y el poder efectivo de una potencia extranjera. No se puede amar sino lo hermoso; y eso no era hermoso. Era una porquería que provocaba en Cristo una indignación parecida al vómito; y un horror como el que se tiene al verdugo. Todo eso era hermoso, frondoso y pomposo solamente por fuera, como la higuera estéril. Todo eso había acabado su función en el mundo y debía secarse irremisiblemente, maldecido por Dios.”

Castellani, "El Evangelio de Jesucristo", Domingo 9º de Pentecostés.

Un artículo del Profesor Sacheri para Mons. Taussig. Y el saludo y el abrazo cordial al Profesor Caponnetto por la insólita situación que ha tenido que batallar en San Rafael.





Que reproducimos completo en otra entrada. De este entrecomillamos sólo un pequeño texto para el curerío progre mafioso argentino:

“La prepotencia clerical no ha disminuido en la actualidad, antes por el contrario, tiende a aumentar su peso sobre las conciencias al instrumentar hoy para sus oscuros propósitos técnicas masivas de difusión, antes desconocidas. La insolencia de ciertas expresiones para descalificar públicamente a todo adversario u opositor a sus ideas no reconoce límites ni en la teología ni en la mera cortesía.”


“Lo paradójico –en apariencia- es que la prepotencia del clericalismo progresista se ejerce para lograr que los fieles abandonen su fe, su vida sacramental, su oración, sus responsabilidades temporales de cristianización del mundo, en virtud de su autoridad sacerdotal. El mismo clero que hace ostentación de su desprecio por la sotana, por el latín, por el celibato, por todo lo tradicional, el mismo clero que afirma que el sacerdocio debe ser secularizado y transformado en una especie de padre de familia que fracciona el pan entre los suyos, es el mismo clero que utiliza su condición sacerdotal para someter por coacción moral a los fieles, obligándolos a aceptar por vía de autoridad espiritual sus aberrantes tesis.”

domingo, junio 23

Dos buenas iniciativas y un error absurdo.

El error de fondo no hay que ser un cráneo para entender que es el de poner dos excelentes actividades católicas en una misma fecha: "por falta de feriados y fines de semanas largos". Y uno que pensaba que de feriados ya estábamos hasta la coronilla debido a las concesiones de este gobierno crápula. 

Bueno, no hay porque sobreabundar en estas consideraciones. Sólo digamos que por este camino se da una muestra más del infantilismo en el que sigue cayendo el catolicismo tradicionalista argentino, que cree que está por reconstruir la Cristiandad en el siglo XXI y solamente está en aquella discusión que mencionaba Chesterton sobre el color verde de las hojas de los árboles... Una pena.

Así y todo, vayan las dos invitaciones, para que los buenos católicos que leen este blog puedan elegir a dónde dividirse este año en agosto.



Peregrinación a Luján "Nuestra Señora de la Cristiandad" - 2013



Jornadas de Formación del Litorial Argentino - 2013


lunes, abril 29

Los emigrados.




por el Padre Leonardo Castellani ***


“Pero tú ¿sabes bastante hebreo para hablar sobre los hebreos? Y sobre todo ¿amas bastante a los judíos como para escribir contra los judíos?.

(H.D. Cazón).

En el subte, el tranvía, el colectivo, nos hallamos los que no tenemos taxi, apretados contra gente que habla alemán o italiano con cierta agitación y un tono en que todo, gesto, actitud y afinación, los diseña como gente extraña. ¿Qué es eso? Son los “emigrados”.

De acuerdo con la ley argentina, o por debajo y encima délla, he aquí una cantidad de hebreos extranjeros de tipo urbano (habitantes de ciudades) que irrumpe en nuestro medio social y se infiltra en la ciudad alegre y confiada. Han venido sin dinero y muchos déllos necesitan con urgencia “colocación”. No cualquiera colocación es apta para ellos porque son gente ya formada, a veces rígidamente “especializada”, unilateralizada. No conocen nuestra lengua, mucho menos nuestras costumbre. No están en la mejor disposición para asimilarlas tampoco, desde que el desastre que se abatió sobre ellos (intus existens próhibet extraneum) los pone en un estado psicológico especial, muy comprensible, de inquietud, distorsión y resentimiento, polarizando con fuerza su vida mental hacia cuestiones que no son las nuestras, o entre nosotros no se plantean idénticamente. A diferencia de los recios “gringos”, retratados por Agustín Zapata Gollán [1] que vinieron antaño de Italia “col suo onore” y durmieron “sul duro terreno”- éstos no son agricultores. A diferencia del vivaz “gallego” separado de nosotros sólo por el inconciente prejuicio de superioridad respecto de “la América”- éstos no creen en Jesucristo, ni rezan en español. A diferencia de los emigrados de Coblenza, éstos no pueden formar entre nosotros altaneros grupos aislados con finanzas propias, especies de islotes provisorios impermeables. Es una nueva clase de emigrados. Hay que pensar en ellos. Mas para pensar no es lo mejor enojarse estúpidamente.

El antisemitismo es una estupidez. O mejor dicho no es una estupidez, es propiamente una “animalidad”. Es en su principio una especie de reflejo distintivo, una cosa para ser superada y dominada por la razón, no digamos nada de la fe. Bergson (2) ha constatado exagerándolo (siendo israelita no podía ni verlo) el carácter de instintividad en el movimiento de repulsa al extranjero (y el judío es el extranjero antonomástico), en el cual movimiento ve el filósofo una medida precausional de la naturaleza y como dice él, “uno de los caracteres de la sociedad natural” de la “horda”. Por la fe sabe el cristiano que en su alma lo “natural” debe ser superado (“super-natural”); pero los filósofos dicen que es forzoso para eso que no sea destruido. Digamos que debe ser “integrado”. El antisemitismo (odio ciego al judío porque judío) es una falta de integración y muchas veces una falsa integración dése movimiento natural de repulsa. Por eso es simplista, imprudente, desmesurado, estrecho.

Sólo que el filosemitismo liberal es peor. La solución liberal del llamado “problema judío” consiste en negar el problema. El liberal ignora la naturaleza, quiero decir la naturaleza concreta, que para el cristiano es una naturaleza “caída”. El liberal cree con tenacidad dogmática en la Fraternidad Universal y Laica, cree en la  Fraternidad seclusa  de la Santidad, en la hermandad de todos estos hijos de tantas madres prescindiendo del Padre Celeste, y sin ninguna necesidad del Padre Celeste, y sin ninguna necesidad del Padre Nuestro. Hablo del liberal rusoniano tipo La Prensa; hay tantos sentidos désta palabra “liberal”… (a mí mismo me llaman “cura liberal”. ¡qué habré hecho!). Y en este enredo nos hallamos ahora los argentinos. Los judíos perseguidos apelando a nuestra “liberalidad” de cristianos. Los liberales liberalescos derramando lagrimitas sobre la terrible desdicha de Israel, incomprensible para ellos. Los “nazistas” desatando desenfrenadamente (a veces sin la menos prudencia cristiana) la repulsión natural que sienten hacia el judío, malmezclada con la preocupación justa acerca del “problema judío”, al cual complican y empeoran por el mismo caso. El pueblo sintiendo crecer sordamente su prevención contra “los rusos” ricos valiéndose de todos los medios tradicionales, buenos o malos –desde el dinero y el diario hasta la simulación y el subterfugio, pasando por la “defensa de la democracia”- para afianzar su situación entre nosotros. ¿Y no hay problema judío? - ¡Ojalá!

La solución que le han dado en Europa primero Hitler y después Mussolini no es cristiana. Es posible que ni siquiera sea solución como opina Belloc (3), por demasiado simplista. Es cierto que no es cristiana por demasiado injusta. En vuelve una regular cantidad de injurias a particulares que creemos ninguna razón de estado puede cohonestar. Por divergente que sea el Estado Fascista de su antecesor el Estado Liberal, la nación es la misma, y tiene el deber de hacer honor a sus obligaciones. Ahora bien, el Estado Liberal, alemán o italiano, había puesto a los judíos antaño en pie de igualdad ciudadana con todos;  y al hacerlo, concluyó una especie de tácito contrato bilateral. No decimos que haya obrado sabiamente al hacerlo, decimos que de hecho lo hizo. No puede ahora en rigor de justicia rescindir ese convenio tácito de modo unilateral. Si autorizó a los hebreos a diplomarse de médicos en sus facultades, verbigracia, no le es lícito ahora prohibirle el ejercicio de la medicina  brutalmente, sin juicio previo, sin compensación. Si les permitió adquirir propiedades y riquezas  sin límite alguno, no puede ahora decentemente echarlos del país expoliándolos. Y aun cuando le fuese lícito, dice Sto. Tomás en su Regimine Judeorum, no le es “decente” a un príncipe cristiano ponerse al nivel del usurero a disputar por plata o aparecer ante la gran comunidad de Israel, prometida a la conversión, como despojándola. Y lo peor es que el despojo cae casi siempre sobre los pobres, mientras los peces gordos rompen las redes.

El problema existe; pero la solución “nazi” tiene los caracteres inhumanos e imprudentes de la mentalidad pagana.

Ahora que si el Fuhrer o el Duce son injustos o brutales, no tenemos nosotros toda la culpa. Este es otro punto que es menester capten estos emigrados, puesto caso que el primero lo captan perfectamente. La desgracia que han sufrido crea a nuestra piedad un deber de conmiseración prudente,  y más en el caso de israelitas convertidos; pero no nos crea el deber  de poner el país patas-arriba por ellos. La persecución que sufren no puede no conmover al cristiano. Ser perseguido, el cristiano debe saber lo que es, y saber que es irrevocable sino y suerte suya, tanto más cuanto más cristiano sea. Pero désto sacan ellos una serie de conclusiones precipitadas, que nos colocan en seguida con ellos en estado de malentendido. Declarémos entonces, ya que cuentas claras conservan amistades.

Un intelectual periodista o profesional judío expulsado de Alemania por razón de su raza –suponiendo que de hecho los “expulsen”- ha sufrido una desgracia y un castigo inmerecido, sea. Pero aquí en la Argentina hay muchos que han sufrido también desgracias, no menores. También en la Argentina hay bancarrotas, hay desocupación, ¡hay lepra!, suicidios también, demasiados suicidios. “¡Este era un distinguido profesor, y ahora no tiene con qué pagar la pensión!”. Hay argentinos en el mismo caso, no menos buenos intelectos que cualquiera. Hay niñas de apellidos patricios, de familias que simplemente han “construido” esta nación, que dactilografían para ganarse el pan. Hay profesores del mayor talento que tienen que hacer gacetillas de diario por $160 mensuales. Hay escritores de verdadera alcurnia que viven trabajando de tipógrafo. Y peor todavía, hay gente que tiene hambre crónica, o vive en viviendas imposibles, y esto no sólo en Santiago y en Salta, sino en los llanos de Balcarce y Necochea, es decir, en la gleba más gorda del país y más fértil del mundo, y eso trabajando de sol a sol. Los señores “emigrados” harían bien en preguntar por los paperos de la provincia de Buenos Aires. Preguntar qué es un “papero”.

Por lo tanto, primera prevención: “¡À la queue, à la queue, à la queue!”, como gritan en París cuando uno quiera deslizarse delante de los que están esperando.

La segunda prevención son las papas: las cuales ahora queman. Estos emigrados (y lo mismo digamos de los “intelectuales” españoles “leales” que se quiere importar) ni saben ni pueden sembrar papas. No será culpa déllos, pero es el hecho; no sirven para sembrar papas. Cuando justamente una de las finas operaciones políticas sería hoy en la Argentina conseguir que la mitad de los criollos que tienen “puestos” en nuestra recargada burocracia, los dejasen para sembrar papas, estos “emigrados” traen en su fondo natural la ilusión apasionada y el ideal fantástico de que se multipliquen los “puestos” para no tener ellos que sembrar papas. O más en serio: los problemas generales del país deben pasar  rígidamente delante de todo sentimentalismo acerca del problema de un grupo cualquiera –no digamos de un grupo advenedizo.

Dios nos libre y no guarde; pero si Dios quisiera (como es muy dueño) nuestro trabajo de periodistas volverlo inútil, nosotros no soñaríamos en hundir al país con nosotros o reformarlo, o revolucionarlo; más bien trataríamos de ir tranquilamente a sembrar papas.

La tercera observación es que la cristiana conmiseración no debe ser ciega. Un católico debe comprender a un judío perseguido, porque él mismo fue y será perseguido; pero debe capacitarse a ver la diferencia. Hay diferencia. Un judío perseguido ordinariamente puede huir; un cristiano tiene que morir. “Debitura martirii fides”. El judío, siendo cosmopolita o internacional, se destierra; pero morir es peor aún, y el cristiano tiene ese deber de morir por su tierra. Este es el punto de la diferencia, el tener o no tener tierra. Los ingleses católicos fueron segados limpios, los que permanecieron fieles a la fe, en tiempo de Elizabet la Grande: casi no quedó ni semilla. El singular hecho de ser una raza desraizada, le vale al israelita una propiedad volandera y movediza que hace su suerte material menos atroz que la nuestra cuando sobre unos u otros se abate el infortunio colectivo. Ellos están más livianos, se podría decir, para cuerpear los colectivos desastres. Los católicos de México, los católicos de Rusia, los católicos de España, han sido sometidos a una prueba mucho más dura que hacer la maleta y cambiar de país. Atados por lazos de carne, sangre y alma –familia, de, tradición, historia y linaje- a un terreno terrón, a un país y a una patria, tienen la precisión libre y forzosa de reventar con ella si revienta ella. El judío “raja”. Y después llora. Que llore. Pero no tanto. O bien que llore por todos. O si no, que no se llore por ninguno.

Apropósito de lloro, la revista Nosotros, que nos es simpática, llora últimamente la suerte de una gran editor judío italiano que se suicidó espectacularmente. Suicidarse es también una manera de huir, que a nosotros no nos es permitida. Salvo el sacro respeto a la tragedia de aquella triste alma (que nos pintan como un alma buena y lo fue sin duda) el suceso está en el mismo plano que el suicidio del otro argentino de anteayer que se mató porque le negaron el certificado prenupcial, por ejemplo, y para nosotros tiene menos trascendencia que la ola de suicidios resonantes y horrorosos que hemos sufrido últimamente. Si es que quieren incriminar a Mussolini el suicidio de Formiggini, lo mismo podían inculpar a Roosevelt, por ejemplo, del suicidio de Don Lisandro de la Torre.

Simplemente al tal señor Formiggini le ocurrió una desgracia, no pudo resignarse, y careciendo de toda fe religiosa o cristiana o judía, pidió la liberación de su dolor a un acto violento y contra natura que los pasquines llaman “heroico” cuando sucede en una democracia y “atroz” cuando pasa en una dictadura. Frente a la desgracia hizo hara-kiri, lo mismo que un pagano cualquiera, lo mismo que un Séneca, que un Fisho-Hito, o que un… Roehm. ¿Qué desgracia le pasó? –Perdió su fortuna. ¿Cómo la había hecho? –Vendiendo libros. ¡Vendiendo libros!

Nosotros no tenemos la culpa que nos hagan meditar sobre este caso; y no quisiéramos ser ásperos con ninguno. Pero ¿vendiendo libros, eh? ¿Y qué libros? ¿Libros buenos o libros malos? – De todo. ¿También libros anticristianos? – También. ¿Y libros de Guido da Verona? – Por supuesto. ¿Y los cristianos qué hacían mientras el hebreo Formiggini y el hebreo Verona ganaban plata en Roma con libros anticristianos? – Los cristianos tenían que aguantarse, tomar quina, cuidar a sus hijos, fundar y sostener a gran costo escuelas particulares donde tales libros no pisaran, pagar una nurse (si podían) para cuidar a los nenes de los kioscos de Formiggini -¡y encima los muchachos leían lo mismo a escondidas los libros de Formiggini! ¡Si son los libros de Formiggini justamente los que han hecho hoy posibles y necesarios los otros libros de Rósemberg y Hitler! ¿Entonces los cristianos estaban como si dijéramos “perseguidos” por Formiggini? –Exactamente. Y no tenían ni el recurso de suicidarse a sí mismos, ni matarlo a Formiggini, ni siquiera el consuelo de propinarle una pateadura. Ahora se da vuelta la policía en contra de Formiggini, Formiggini se elimina, y los cristianos tienen que alimentar la familia de Formiggini antes que la suya propia. No señor. Ese razonamiento no vale. Una cosa es ser santo y otra cosa es ser sonso, decía mi tío el cura.

Fuera de bromas (y conste que bromeamos para no llorar) no sería hermoso que los cristianos vilmente se desquitaran ahora de sus persecuciones (promovidas por el judaísmo a veces) con esta persecución al judaísmo que hacen ahora los paganos. No, señor. Pero no olvidar tampoco que la persecución por la fe virilmente sufrida no es un mal, y sufrida por las propias culpas, no es un mal absoluto. “Si os persiguen por malos (decía ya en el siglo I el Papa Pedro I en su primera encíclica) no es muy glorioso que digamos, pero en fin, aguantad igual; pero si os persiguen por bueno y benéficos, eso es una verdadera gracia de Dios” (I Petr. II, 20).

Para decir la verdad, yo no sé si Formiggini vendía libros anticristianos; pudiera ser que por excepción no los vendiese; pero yo sé que en general los venden, tanto los judíos como los malos cristianos de hoy, socapa de la omnímoda libertad de comercio que lleva por nombre libertad de pensar; y sé también a quienes pertenecen las innumerables libreriucas alemanas llenas de inmundicias que florecen como una primavera en las inmediaciones de la Avenida Alem. El judío en la época moderna es en general comerciante; el comercio es su fuerte y su triunfo, y Carlos Marx llega a decir que hasta su “esencia” [4]. Pero el comercio en la época moderna ha llegado al poder político (plutocracia) y ha visto dilatarse hasta el infinito los límites de su función y su objeto [5]. La difícil cuestión judía en general (y la de Formigginni en particular) está pues íntimamente complicada con la cuestión de la “licitud del lucro” (S. Th. 2-2ª, 77). La cuestión de la “licitud del lucro” es esa discusión moral teórica que los antiguos filósofos desenmarañaron con tal delicada  dialéctica que el flamante Rector de nuestra flamante Universidad de Cuyo trató de “mente vacía” y comparó con la piedra filosofal y el elixir de larga vida. (Aristóteles, Política, 1. I, cap. VI y VII; 1, II, cap. II, 171). Y tenía razón el Rector en el fondo por sonsas que suenen sus palabras. Esas piedras filosofales las perdió la gente de hoy, universitario incluso, junto con la dialéctica de los antiguos. Por eso justamente, decía mi tío el cura, porque se perdió aquella dialéctica del distingue frequenter y la gente de hoy día se dispensa de pensar. Rectores incluso, de más en más cada día, por eso existe el antisemitismo y por eso la cuestión judía se vuelve insoluble o violenta [5 bis].

Pero no quiero abordar aquí la cuestión judía ni la otra, sino sólo recordar nuestro grave peligro de la emigración indisciminada. Los tres Bacquié padre, hijo y sobrino, los tres franceses que se alzaron con cinco millones de francos en París hace poco, han declarado al ser visitados por la policía bonaerense que “habían venido a la Argentina por saberlo un país libre y el más apropiado para gozar de tranquilidad” (La Nación, 19-IV, 1939). Los que leen novelas policiales inglesas –y yo mismo tuve ese vicio- saben que cuando un novelista inglés no sabe qué hacer con un criminal lo manda a “regenerarse” a la Argentina. Un amigo mío medio maniático ha coleccionado un lista nada menos de 13 novelas que incluyen tan curioso rasgo. No quiero copiarla aquí; pero permítaseme copiar un párrafo de la primera déllas, la primera en todos sentidos, The Hound of the Baskerville (Ed. Penguin, cap. X, pág. 154), que es libro clásico entre todos los cuentos de “detectives”.

Habla Watson, el auxiliar de Sherlock Holmes, con el pariente de un asesino fugado de presidio.

- “El tipo es un peligro público. Hay casitas separadas por todo en esta landa, y él es un nene que no lo para nadie. Basta verle la cara… No hay seguridad para ninguno aquí mientras el tipo no vuelva a estar entre rejas”.

Contesta el pariente:

- “Señor, aquí no va a molestar más a nadie. Yo respondo déllo. Y no va a molestar más a nadie en este país. Yo le juro, que dentro de pocos días se habrán dado los pasos y él estará embarcado para… “South-America”. Por el amor de Dios, señor, yo le suplico que la policía no llegue a saber que está en la landa… Yo le ruego no decir nada a la policía.

- ¿Qué le parece, Watson? – dice sir Henry Baskerville, tipo del jerarca inglés.

“Yo me encogí de hombros (cuenta Watson) Y dije: -“Si sale libre de mi país, será un alivio para los contribuyentes… Bueno. Que se vaya”.

De acuerdo a esto podríamos decir que es muy honroso para nosotros que acuerden los europeos al libre y sano aire de la Argentina una especie de poder sacramental ex opere operato para regenerar delincuentes, como una especie de irresistible bautismo de pampa y sol; pero que no se prodigue eso tampoco tanto sin tener un poco en cuenta el bolsillo del contribuyente argentino, más cargado hoy que el contribuyente inglés.

Estas reflexiones baratas las hace implícita, vaga o instintivamente el pueblo nuestro, el contribuyente; me he puesto adrede ahora a pensar “en pueblo” como en mis versos sobre Martita Ofelia. Basta para comprobarlo salir a la calle. Ellas quieren solamente hacer pensar, y de ningún modo fomentar pasión alguna en pro o en contra del judío, que bastante las hay ya malamente encendidas. Y lo que quieren hacer pensar es esto: el “problema judío” existe (y existió siempre), el problema judío se ha trasladado a nuestra patria, su solución no es el odio ciego, ni el sentimentalismo, ni mucho menos la solución “avestrúcica” de cerrar los ojos. Esa solución la hemos de hallar en paz y justicia, judíos y cristianos a la vez; y no se hallará fuera de los carriles de la razón y la moral y sin la palanca de una férrea política nacional y realista.

Entretanto, críen paciencia los “emigrados” y junten luz abajo el pelo los nativos, porque los tiempos son difíciles y con gritar, llorar, insultar, fanfarronear y alborotar no se remedian mucho los problemas grandes. Entretanto no pequemos en lo que es claro, si es que no alcanzamos a pensar de golpe lo que es oscuro.

Si quieren saber la verdad verdadera, el problema judío no tiene solución posible sino fuera y encima de los pseudos-principios del liberalismo rusoniano [6]; y como estamos todavía de liberalismo rusoniano hasta el cogote los argentinos, el problema judío no está maduro todavía para una solución total efectiva, mientras mas está urgentísimo para provisiones particulares [7] de las cuales la más obvia es la (que ya hizo Ortiz) de “cerrar la puerta”; la más primordial es “contemplarlo de frente” y la más profunda es “volvernos lo que somos”, es decir, volvernos de una vez por todas y con toda el alma cristianos.

Es difícil.

Ahora, a los antisemitas crudos y católicos (si es posible esa cruza) hay que pararlos por lo menos con la Teología, de acuerdo a aquel bárbaro soneto de Calixto el Suplente.

SONETO AL HIJO DEL ANTISEMITA

“Son una peste y una porquería”,-
-más habla en fuerte y en cristiano, ea-
“Y tienen mal olor”; -¿tu alma no hedía
antes del baño en sangre galilea?

El Bautismo te ha ungido a la pelea
tú que juraste en él caballería
y dices cada día “Ave María”
a tu Señora, aquella niña hebrea

Consanguíneos en Dios por doble fueron
gracia nosotros y ellos bastardía
como Isaac con Ismael malquisto,

no olvides que el bastardo fue primero,
y que ambas sangres correrán un día
juntas ante el altar del Anticristo.

(De las Ideas de mi Tío el Cura, idea XIV).

[Nota: Este texto del Padre Castellani apareció por vez primera en: Criterio Nº 585 del 8 de mayo de 1939.]

Notas:

(1) Las puertas de la tierra, Jornadas del Litoral. Universidad del Litoral, Santa Fe, Santa Fe, 1939 160 págs.

“Dall`Italia sismo partiti
Siam partiti col nostro onore
In trenta giorni di machina a vapore
In questa América siam arrivati
Non abbiam trovato paglia ne fieno
Abbiam dormito sul duro terreno
Come la bestie siam riposati
E con l`industria di noi italiani
Abbiam formati Paesa e cittá…
E non abbiamo di ché vergoñarsi
E nostra faccia possiamo mostrá…”

(2) Les deux sources, Alcan. 1933, pág. 306.

(3) The Jews, Constable, Ld., 1937, preface, pág. XLI.

[4] “Apenas la sociedad logre suprimir la esencia empírica del judaísmo el chalaneo y sus premisas…” (Marx, La Cuestión Judía”, Ed. An. Ponce, 1936).

[5] “Cupíditas lucrit de se términum non habet et in infinitum tendit… (Sto. Tomás, S. Th., 2 -2oe, q. 77, a. 4).

[5 bis] Me refiero al discurso de Rector [sic] Dr. Edmundo Correa que dice: “Cada época tiene un contenido y un alma propia: los Flatus vocis del escolasticismo medioeval tradujeron una infinita vaciedad y la retorcida dialéctica d sus doctores sutiles; la piedra filosofal y el elixir de larga vida condensaron toda su alquimia en los claustros de la Colonia; resonó el eco del ergotismo monacal de la América Hispana. Sin embargo toda esa ciencia infusa y misteriosa deshumanizada y arbitraria fue… reflejo de tiempos. ¡Cuán débil y vacilante era la luz…” etc. (La Nación, 28-IV-1939).

[6] Eso es lo que demuestra también Marx n el opúsculo arriba citado.

[7] El último número de la Revista Geográfica Argentina da como existencia de israelitas entre nosotros 270.000, igual que Francia, dato del Prof. De la Univ. de Jerusalén, Roppin. El dato es viejo. Ahora [1939] hay muchísimos más. Deben andar alrededor del medio millón, según cómputos probables.

*** Leonardo CASTELLANI: Las ideas de mi Tío el Cura. Bs.As., Excalibur, 1984, Cap. XIX.