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domingo, julio 3

Los ideólogos.

El ideólogo es el intelectual al servicio del poder. Aquel para quien las ideas tienen valor de medios para lograr determinados objetivos políticos.



por Rubén Calderón Bouchet *


Con Guillermo de Ockham y Marsilio de Padua aparecen en el horizonte intelectual de nuestra cultura los primeros ideólogos. El término ideología pertenece técnicamente al léxico marxista y dentro de su contexto filosófico tiene un sentido preciso que no es exactamente el mismo que le damos nosotros en esta oportunidad.

El mundo griego conoció al filósofo y al sofista. La distinción entre una y otra actitud humana fue definitivamente establecida por Platón y Aristóteles. El sofista, dejando de lado toda intención peyorativa, fue un profesional de la inteligencia. Su tráfico con las ideas lo hacía, en el mejor de los casos, una suerte de científico capaz de aportar, a quien se lo pidiere, un conocimiento más o menos riguroso sobre diversos aspectos de la realidad.

El filósofo fue, a la manera griega, un teólogo; su preocupación principal, la búsqueda del ontos on, de lo que verdaderamente es ente, en el sentido egregio y divino del vocablo. La preocupación del sofista era técnica y profesional; la del filósofo, religiosa.

La cristiandad conoció la prelacía intelectual del teólogo. El hombre conocedor de la palabra de Dios podía descender de su altura especulativa y mirar el vasto universo donde se desplegaban los negocios humanos con ojos impregnados de saber divino. La perspectiva sobrenatural, el punto de mira de Dios, dominaba su horizonte intelectual y le permitía descubrir la íntima conexión entre las criaturas y su Creador.

El ideólogo nace en la cristiandad cuando la contemplación pierde su valor y el hombre comienza a mirar las cosas con una mirada dominada por la libido dominandi. El mundo ha dejado de ser un sacramentum y se convierte ahora en el campo donde la voluntad tiende los tentáculos de su dominación y se prepara para convertirlo en su cosa.

La superioridad de lo teórico supone la aceptación de un orden creado por la divina inteligencia y que el hombre sólo puede conocer en actitud contemplativa. La praxis, en el sentido clásico y cristiano del término, sólo es posible si se acepta la doble objetividad del orden metafísico y del orden natural ofrecidos por Dios para que el hombre realice su perfección eterna y temporal.

El cristianismo conoció una relación estrecha entre teoría y praxis, entre contemplación y acción. El mundo moderno destruirá esta unidad vital cuando desligue al hombre de su vinculación espiritual con un orden objetivo de instancias religiosas y lo lance con toda su energía a una acción transformadora de la realidad.

Marx llamará praxis a esa acción, pero por su índole parece pertenecer al dominio de eso que Aristóteles llamaba poiésis. La visión de un mundo en constante proceso de realización y cuyo principal demiurgo fuera el hombre mismo halló en Hegel su explicación ideológica más acabada. Pero en el caso de la Edad Media, dentro de una mentalidad todavía impregnada de ideas cristianas, se comienza a vislumbrar esa visión en el concepto que tienen de Dios sus teólogos más significativos.

Un ideólogo es alguien para quien el trabajo de la inteligencia tiene sentido si está sometido de antemano a un proyecto de actividad productiva. El ideólogo no contempla, porque no hay nada que contemplar. Dios es voluntad omnipotente y sólo interesa conocer sus designios, o bien el hombre es único ejecutor consciente en el proceso por el cual el mundo se realiza a sí mismo. La tarea del ideólogo será la invención del programa para dirigir la acción.

A la relación entre el proyecto del ideólogo y la realización efectiva de ese plan, Marx la llama primacía de lo práctico sobre lo teórico. En verdad se trata de la superioridad que en la faena poética tiene la producción del artefacto sobre su simple condición de esquema programático. Una casa en la mente del arquitecto es pura quimera si no resulta factible.

El ideólogo es el intelectual al servicio del poder. Aquel para quien las ideas tienen valor de medios para lograr determinados objetivos políticos. Guillermo de Ockham y Marsilio de Padua son los representantes más egregios de la ideología en el siglo XIV.


* Decadencia de la Ciudad Cristiana. Bs. As., Dictio, 1979, pp. 139-141.

sábado, enero 16

El hombre liberal frente a la muerte.

En presencia, pues, del hecho inevitable de la muerte, la persona liberal siente el alma invadida por una tristeza infinita. (…) Y en este respecto, la muerte para él es una decepción.



Por Nimio de Anquín *

La persona humana del personalismo actual está frente a la muerte empeñada en no morir, disputa a la muerte los instantes, busca realmente la inmortalidad, pero no allende sino aquende la muerte, de este lado del mundo sensible; no la inmortalidad en Dios sino en el mundo, no en el espíritu sino en la carne. Mientras que la creatura humana se mece entre la eternidad de su origen y la eviternidad de su destino, la persona actual lo hace entre el Ignoramus y el Ignorabimus.

Y en esta doble ignorancia de lo pasado y de lo futuro, expresa no sólo la impotencia del conocimiento natural, sino también la renuncia al orden sobrenatural divino; y se priva así de la beatitud natural que proporciona el conocimiento del Ente, y de la beatitud sobrenatural que asegura el orden de la Redención y de la Gracia. La persona humana actual tiene la convicción de haber superado todo los modelos de hombre, y de haber logrado la perfección antropológica. Es una especia de tercer Adán (*), y por ello no anhela ningún retorno a lo pasado —que juzga siempre inferior a lo presente—, al revés del hombre del Renacimiento que intentó recuperar por lo menos el sentido cósmico con la vuelta a la antigüedad clásica. ¡Qué ha de desear, entonces, el retorno del hombre cristiano, de la creatura humana redimida, es decir de la persona auténtica, cuya presencia significa una invitación a la santidad a lo que sólo se llega por la pobreza, o sea, por el renunciamiento voluntario de los bienes que coronan de rosas al hombre!

Las virtudes teologales que sobreelevan a la creatura y la ponen en comunicación con Dios, no tienen cabida en el alma de la persona liberal, sino después de sufrir una transformación que las adapta a la mundanidad más hostil a lo divino. La fe, ordénala el hombre personalista, al porvenir, preñado de bienes inagotables por el mecanismo del progreso indefinido. La esperanza, consiste ahora en la convicción del triunfo sobre todos los obstáculos que impiden la gloria de la vida. La caridad, es reemplazada por el egoísmo más mezquino, es decir, ha sido expulsada del hombre moderno. Este ser inflado de soberbia vive solo en su tiempo, pero en un tiempo no humillado —porque carece de la conciencia de la doble eternidad—, sino en un tiempo rebelde, que pugna por vencer a la muerte y prolongarse en un futuro indefinido que sea como la inmortalidad material, en que puede continuar viviendo coronado de rosas. Quiere y anhela prolongar su existencia para continuar hallándose a sí mismo.

En presencia, pues, del hecho inevitable de la muerte, la persona liberal siente el alma invadida por una tristeza infinita. Carece del sentido cósmico y de la conciencia de solidaridad entitativa con el concento universal de los cielos y la tierra. Como vivió siempre para sí, no ingresó con su espíritu en el orden del cosmos al que creyó dominar reviviendo en su alma la convicción homocéntrica. Y en este respecto, la muerte para él es una decepción. Por otra parte, porque ama la vida como un fin en sí, su ideal es perpetuarse en el aquí y ahora; se aferra a la mundanidad cuya pérdida es para él una catástrofe doble: primero, porque cesa el goce de la vida; y segundo, porque no espera nada más allá de la muerte. Y entonces no quiere morir, y gime y llora por la vida del mundo, su huerto de delicias. Además, como eliminó todo vínculo con lo sobrenatural, la muerte le aparece como un enigma espantoso. Teme, entonces, a la muerte porque lo humilla, lo vence y abate su orgullo de ser omnipotente; luego, porque lo despoja del placer de vivir; y finalmente, porque lo pone frente a un abismo de tinieblas. Esta actitud ante la muerte destruye la fortaleza, pues en ningún caso puede haber un bienmorir, y entonces, nunca la vida puede ser templada por la muerte. Nada rehuye tanto la persona liberal como el pensamiento de la muerte: no piensa en la muerte sino en la vida, y por ello ésta se deforma y se falsea; es una vida sin temple, sin virtud, es decir, sin fuerza, vida cobarde, sin la potencia heroica y sin la resistencia del mártir.

El predominio de esta concepción ha dañado profundamente la dignidad humana: ha muerto el amor a los ideales: ha muerto el amor a Dios, es decir, la caridad, y se ha burlado de los mártires; también ha muerto el amor a la patria, y ha eliminado a los héroes. La santidad y el heroísmo disuenan con la conciencia liberal. Por ello, antes de esta guerra, que no es un final sino una etapa de la recuperación de la conciencia de creatura, el hombre andaba triste y apesgado, con el alma oprimida por una angustia indecible. Ya no suspiraba por el mártir o por el héroe, pero hasta sentía la ausencia de su propia razón de ser. La falsa vida, la vida sin milicia, no acrisolada, la vida cobarde, la vida sin muerte, lo dominaba todo. Así como el acero sin la prueba del fuego de poco sirve, así la vida terrenal sin la regulación de la muerte es falsa vida. La verdadera vida es la que está siempre ante el pensamiento de la muerte. Y sólo así la creatura humana adquiere la verdadera fortaleza.


* Fragmento del opúsculo: Sobre la Fortaleza y la muerte. En: Revista Sol y Luna.

jueves, enero 14

Sufragio universal.


por el p. Julio Meinvielle *

Nada más deplorable, en cambio, y opuesto al bien común de la nación, que la representación a base del sufragio universal. Porque el sufragio universal es injusto, incompetente, corruptor. Injusto, pues niega por su naturaleza la estructuración de la nación en unidades sociales (familia, taller, corporación); organiza numéricamente hechos vitales humanos que se substraen a la ley del número; se funda en la igualdad de los derechos cuando la ley natural impone derechos desiguales: no puede ser igual el derecho del padre y del hijo, el del maestro y el del alumno, el del sabio y el del ignorante, el del honrado y el del ladrón. La igual proporción, en cambio — esto es la justicia — exige que a derechos desiguales se impongan obligaciones desiguales. Incompetente, por parte del elector, pues éste con su voto resuelve los más trascendentales y difíciles problemas religiosos, políticos, educacionales, económicos.

De parte de los ungidos con veredicto popular, porque se les da carta blanca para tratar y resolver todos los problemas posibles y, en segundo lugar, porque tienen que ser elegidos, de ordinario, los más hábiles para seducir a las masas, o sea los más incapaces intelectual y moralmente. Corruptor, porque crea los partidos políticos con sus secuelas de comités, esto es, oficinas de explotación del voto; donde, como es de imaginar, el voto se oferta al mejor postor, quien no puede ser sino el más corruptor y el más corrompido. Además, como las masas no pueden votar por lo que no conocen, el sufragio universal demanda el montaje de poderosas máquinas de propaganda con sus ingentes gastos. A nadie se le oculta que a costa del erario público se contraen compromisos y se realiza la propaganda. Tan decisiva es la corrupción de la política por efecto del sufragio universal, que una persona honrada no puede dedicarse a ella sino vendiendo su honradez; hecho tanto más grave si recordamos que, según Santo Tomás, un gobernante no puede regir bien la sociedad si no es "simpliciter bonus", absolutamente bueno. (I - II, q. 82, a. 2 ad 3). El sufragio universal crea los parlamentos, que son Consejos donde la incompetencia resuelve todos los problemas posibles, dándoles siempre aquella solución que ha de surtir mejor efecto de conquista electoral. En las pretendidas democracias modernas (en realidad no existe hoy ningún gobierno puramente democrático, según se expondrá más adelante), donde el sufragio universal es el gran instrumento de acción, los legisladores tienen por misión preferente abrir y ampliar los diques de la corrupción popular. Hay quienes pretenden salvar el sufragio universal, y su corolario, el parlamento, imputando a los hombres y no a estas instituciones, los vicios que se observan.

Pero no advierten que los vicios indicados les son inherentes, y es en ellas donde reside el principio de corrupción de las costumbres políticas. El individualismo, que es la esencia del sufragio universal, arranca de la materia, signada por la cantidad, y la materia, erigida en expresión de discernimiento, disuelve, destruye, corrompe, porque la bondad adviene siempre a las cosas por la vía de la forma, según los grandes principios de la metafísica tomista. Fácil sería demostrar que los descalabros de la política moderna son consecuencia de considerar 40 toda cuestión bajo el signo de la materia.


* Concepción católica de la política: El sufragio universal.

martes, enero 28

Rutina e irreflexión.


por el P. Andrés Hamón ***

Adoremos a Dios, soberano dueño de los siglos, árbitro de nuestra vida y de nuestra muerte, que nos da este nuevo año, no para que dispongamos de él a nuestro arbitrio, sino para que empleemos todos sus momentos en servirle a El santamente. Pidámosle la gracia de no volver a caer, este año, en el vicio que ha paralizado todos los años precedentes, el vicio de la rutina y de la irreflexión, sobre la cual Jeremías pronunció esta terrible lamentación: La tierra está desolada porque no hay nadie que reflexione dentro de sí (XII, 11).

  1. Gravedad del mal de la rutina e irreflexión.

¿Puede comprenderse un mal más grande, que aquel que hace inútiles las gracias de Dios, estéril la fe e imposible la reforma de las costumbres? Tal es el mal de la rutina e irreflexión.

1º Hace inútiles las gracias. Dios nos da la gracia de la oración; pero la oración, hecha por rutina y sin reflexión, se reduce a un movimiento maquinal de los labios, con el cual ni honra a Dios, ni obtiene nada el que lo hace. Dios nos otorga la gracia de un buen pensamiento, un piadoso impulso una advertencia utilísima para nuestra salvación; pero esta semilla, que habría dado frutos preciosos, si hubiese madurado con la reflexión, no es ahora más que una semilla arrojada a lo largo del camino, camino donde llas vanas ideas y las novedades del mundo la han hollado y hecho perecer. Dios nos ha concedido la gracia de los sacramentos, pero la maldita rutina o la falta de reflexión han paralizado todos sus frutos. Dios nos ha concedido un nuevo año para obrar nuestra salvación; pero, si no destruimos la rutina, no hará ella más que acumular sobre nuestra cabeza, como un nuevo tema, un año de abusos de gracias agregados a los años anteriores.

2º La rutina o la irreflexión hace estéril la fe. Es muy deplorable ver lo que es la fe bajo el imperio de la rutina. La fe, por el influjo de ese enorme mal, queda relegada a una parte secreta de nosotros mismos, en donde no entramos jamás, o como un oscuro rincón en donde su luz no alcanza a nuestros ojos: de modo que se cree como si no se creyera; se habla, se piensa, se obra como si realmente no hubiera fe en el alma. La muerte que se aproxima, el juicio que la sigue, el paraíso o el infierno que vienen en pos del juicio, nada nos conmueve. Los misterios más augustos de la religión, los sacramentos, la Eucaristía misma, encuentran en el alma el frío del mármol. Es una indiferencia, un hielo y una insensibilidad que con nada se conmueven. Nos hemos familiarizado con estos altos misterios, nos hemos hecho de ellos una rutina y todo se acabó; serán estériles para nosotros, mientras no nos hayamos curado de ese mal.

3º La rutina hace imposible la reforma de las costumbres. Arrastrados por ella, como por un río que corre siempre en un mismo lecho, no pensamos seriamente en reformarnos, ni comprendemos la necesidad extrema de hacerlo; nuestra energía desaparece, nos dejamos llevar por la corriente del uso y de la costumbre: la hallamos agradable y llegamos a creer que es lo único posible. Ese estado nos adormece. Temamos la hora de despertar, que será espantosa.

  1. Remedios contra la rutina e irreflexión.

El primer remedio es la oración. Pidamos a Dios, con todo el fervor de que seamos capaces, que cure nuestra alma enferma (Salmo XL, 5); que reanime nuestra fe (San Lucas XVII, 5) en la grandeza de la Divinidad; nos inspire los sentimientos de profundo respeto con que debemos servirle y nos otorgue la gracia de una vida mejor en el nuevo año. El segundo remedio es la fidelidad en nuestros ejercicios de piedad, es decir, no solamente hacerlos con exactitud, sino con actitud recogida y un gran deseo de sacar de ellos la enmienda de nuestra vida. El tercer remedio es recogernos a menudo dentro de nosotros mismos, para examinar si nos hemos dejado llevar de nuestras antiguas costumbres de rutina y de irreflexión, si nuestros actos y palabras, nuestras intenciones y pensamientos están siempre animados por ese espíritu de fe, humildad, caridad y amor de Dios, que caracteriza a un alma cristiana; y, cuando conozcamos que hemos caído en nuestros antiguos hábitos, levantarnos sin demora y trabajar con celo y buena voluntad en nuestra reforma.


*** Hamón, Andrés: Meditaciones. Bs. As., Guadalupe, 1962, pp. 210 a 213.

domingo, junio 23

Espíritu parroquial.

Si el lector sabe leer un poquito más detenidamente de lo que corresponde a un análisis superfluo, convendrá con nosotros que lo que en este artículo se dice para la Fraternidad Sacerdotal San Pío X bien vale para todos aquellos sacerdotes que cumplen en la actualidad una función "supletoria", dirigiendo almas, confesando, administrando sacramentos en lugares dónde los responsables de hacerlo, no lo hacen. O también los grupos de católicos que se ven obligados a "esquivar" su capilla o parroquia más cercana para buscar los sacramentos de la salvación en otro lado...



Estamos en tiempos difíciles para la historia de la Iglesia; ya lo sabemos. Y también sabemos que en los tiempos difíciles e inestables lo que hay que hacer es procurar, en la medida de lo posible, volver a lo estable, es decir, al espíritu en que la Iglesia ha trabajado siempre. Tales son los principios que nos inculcó siempre nuestro venerado Fundador.

Monseñor Lefebvre nos decía muchas veces que nuestra función, la de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X es una función supletoria. ¿Qué significa una función supletoria? Acudir al provecho de las personas que nos piden nuestra ayuda espiritual porque los sacerdotes que tendrían que ocuparse del bien de sus almas no lo hacen. Hoy en día los que tendrían que pastorear a las ovejas, ya no trabajan en su salvación y por eso recurren a la Fraternidad San Pío X, confiando recibir de ella lo que no reciben de sus pastores. De este modo, la atención de la Fraternidad se dirige principalmente a los fieles que piden su ayuda espiritual de modo real; sin esta petición de auxilio, los sacerdotes de la Fraternidad no tendrían una función definida.

Ahora bien: al acudir en auxilio de las almas, los sacerdotes de la Fraternidad ni pueden proceder del modo que les parezca, fruto de su invención. Ese modo de actuar que ya ha inventado la Iglesia: es la Parroquia. No cuesta mucho ver cómo han actuado siempre los sacerdotes, incluso los misioneros llegados al Nuevo Mundo: creando lugares de culto definidos por un edificio (iglesia) y un lugar al que acuden los fieles para cumplir sus obligaciones con Dios. Los mismos misioneros franciscanos y dominicos lo hicieron así: Juan Diego en México, por ejemplo recorría todos los días a pie una distancia considerable desde más allá de la Villa hasta Tlatelolco para asistir al Catecismo y la Misa. De este modo, los fieles concretan, si así podemos decir, su práctica religiosa con un lugar, unos pastores y un rebaño definidos.

Por los problemas actuales en la Iglesia que ya hemos evocado los fieles se han visto obligados a desvincularse de sus parroquias propias y a buscar la verdadera Misa y los verdaderos Sacramentos allí donde podían encontrarlos. Pero al ser muy pocos los sacerdotes que podían dar su ayuda, y al verse obligados a darla sólo de modo esporádico por sus continuos viajes y por la escasez de lugares de culto los fieles se han visto obligados durante algún tiempo a no poder asistir a la Misa de siempre más que de un modo irregular y en domicilios particulares.
Ahora bien: no hay que olvidar que ese modo de actuar aunque es bueno porque se trata de la asistencia a la Misa de siempre y de la recepción de los Sacramentos tal como la Iglesia debe darlos, tiene un gran peligro: desvincular de la vida parroquial, que el modo ideal que siempre ha propuesto la Iglesia. Si esa situación se prolonga mucho tiempo, puede ser causa de un gran mal para las almas, a pesar de tener la Misa y Sacramentos tradicionales. Por eso mismo, Mons. Lefebvre nos recordó siempre a los sacerdotes el deber que tenemos de actuar no a nuestro gusto sino procurando crear un ambiente en todo semejante al de la Parroquia.

La vida en la parroquia.

Es verdad que nuestros Prioratos y capillas no son Parroquias y el Padre Prior no tiene cargo como párroco porque no tiene jurisdicción ordinaria; pero queremos vivir en un ambiente semejante en todo a la Parroquia. De este modo, cuando Dios nos dé la gracia de las cosas vuelvan a su cauce normal, los fieles podrán seguir viviendo en el mismo espíritu de la Iglesia. Nadie sabe cuándo va a suceder eso, pero como la Función de la Fraternidad San Pío X es una función de suplencia, el día que volvamos a la normalidad, nuestra función habrá en cierto modo terminado.
Después de estas consideraciones, pasemos a un estudio de la vida parroquial y del espíritu de parroquia, que debe animar a todas nuestras obras. Parece que a algunos fieles les basta con asistir a la Misa Tradicional, sea donde sea, la diga quien la diga: “No importa dónde se asiste a Misa, lo que importa es ir y cumplir con ella”… Con lo que ya hemos dicho, basta para convencerse de que tal no es, ni siquiera en tiempos normales, una situación buena.

Pío XII y la Parroquia.

El Papa Pío XII habló dos veces sobre la vida de parroquia, en el año 1953. Son textos muy interesantes:

“¿Qué es una parroquia? Es la parte más pequeña de la única y universal grey confiada por nuestro Señor a Pedro. Bajo la autoridad de un sacerdote responsable… es, en la iglesia de Jesucristo, la primera comunidad de vida cristiana, una comunidad ajustada humanamente de tal modo que el pastor pueda conocer a su rebaño y el rebaño a su pastor: Un territorio determinado le señala normalmente sus limites dentro de la diócesis, de tal modo que la parroquia está situada en una parte concreta del territorio” (18 de julio).

Para Pío XII hay una idea muy clara: la parroquia es la “primera comunidad de vida cristiana”. Se compone de un “territorio determinado y limitado”; la parroquia no es un centro de inestabilidad, sino todo lo contrario, un centro de estabilidad: es el mismo lugar donde todos los domingos se reúnen los católicos para dar el culto a Dios:

“La parroquia es la Iglesia arraigada en el suelo de todos los países mediante sus instituciones permanentes y su rica experiencia: en torno a su campanario se suceden las generaciones, una tras otra, sin interrupción; las familias que han sellado su unión ante el altar no cesan de encontrar en ella el principio de su cohesión y de su fortaleza, mientras en la escuela católica sus hijos reciben una educación que con la fe sobrenatural perpetúa las virtudes tradicionales de la familia… Cuando se comprueban los peligros del éxodo del campo, cuando se han presenciado los desastres psicológicos y morales de los desplazamientos de habitantes, ¿cómo no apreciar el inestimable beneficio de una parroquia firme y estable para la sociedad?” (18 de julio).

Pío XII habla de los “peligros del éxodo del campo”, de toda la gente que tiene que abandonar su propia parroquia en la que se ha bautizado y en la que ha recibido los demás Sacramentos por cuestiones económicas y emigrar a la ciudad. El peligro está, según las palabras del Papa en que, al abandonar el vínculo hacia la propia parroquia, se puede igualmente perder el fundamento de la firmeza y estabilidad en la práctica cristiana.
En la parroquia, los fieles santifican el día del Señor y cumplen con todos sus deberes para con Dios:

“Al pie del altar del sacrificio, en torno al púlpito de donde se recibe la palabra de la verdad, es donde el descanso dominical adquiere su pleno desarrollo: un descanso del trabajo, un reposo del cuerpo y del espíritu, sin duda… pero ante todo, es un día consagrado al culto de Dios, en la forma pública y social que le es debida” (18 de julio)

Para Pío XII, como vemos, cumplir con el precepto dominical no sólo es la Misa, sino también escuchar el sermón, “recibir la palabra de Dios”. La Misa dominical tiene que estar acompañado por el sermón, pues la ley de la Iglesia obliga a los párrocos a que se prediquen los domingos y días festivos (Código de Derecho canónico, can. 1344). No es normal asistir a una Misa dominical en la que no haya sermón. En el sermón es donde el sacerdote enseña “todo lo que los fieles han de creer y practicar para salvarse” (Ibíd.., can. 1347).

Finalidad de la Parroquia

La verdadera función de la Parroquia y del sacerdote es la de llevar a las almas a Nuestro Señor; todos los medios que se empleen tienen que dirigirse a este fin:

“Con el espíritu de esta unión común, vosotros debéis obrar - decía a los párrocos- incansablemente para que Jesús sea conocido, amado y servido por todos. No olvidéis que este es el fin de toda la vida parroquial. Lo demás es valorado en tanto en cuanto ayude a la consecución del fin que la Iglesia quiere obtener. El campo de deportes, el teatro, el cine parroquial, la misma escuela, si la hay instituciones todas utilísimas y frecuentemente necesarias, no son el centro de la parroquia. El centro es la iglesia, y en la iglesia el tabernáculo, con el confesionario a su lado; allí encuentran vida las almas muertas y recuperan la salud las enfermas” (11 de enero).

La Parroquia es, pues, la santificación de las almas por medio de la estabilidad. El Papa Pío XII define a los buenos feligreses de la parroquia:

“Es necesario aprender a reconocer a los verdaderos fieles de la parroquia. Estos no se cuentan propiamente en el cine parroquial, ni en los desfiles y en las procesiones; ni siquiera, para ser exactos, en la sola misa dominical. Los verdaderos fieles, los vivos, se ven al pie del altar, cuando el sacerdote distribuye el Pan vivo bajad del cielo” (11 de enero).

Apostolado parroquial.

Pío XII aprueba los diferentes grupos de acción católica que puede haber en la parroquia, pero pide la “unión efectiva” de todos ellos para realizar el fin de ésta: la “unidad en el vértice”, que como ya ha señalado, “es la iglesia,  en la iglesia el tabernáculo, con el confesionario a su lado”.

“Es necesario llegar a la unión efectiva de todas las fuerzas militantes… La unicidad, al destruir la variedad, sería un error estratégico en la ordenación del frente católico. Ninguna duda, por lo tanto, de que deba ser grande el respeto a las varias Asociaciones aprobadas y bendecidas por la Iglesia, al menos mientras se conserven vivas y vitales. Pero una variedad dejada a sí misma, sin que vuelva a encontrar… la unidad en el vértice, tendría efectos dañosos en la dirección de la pacífica lucha por la conquista del mundo para Cristo” (11 de enero).

Nuestro apostolado tiene que finalizar, pues, en la Parroquia, no salirse de estos límites. Si no, es trabajar en balde. Catecismo, grupos de deporte, campamentos, etc., todo tiene que tener por finalidad atraer a la gente a una vida de parroquia, a esa estabilidad de la que habla Pío XII; de otro modo, es un apostolado que no da fruto verdadero. ¿De qué valdría, por ejemplo, organizar ceremonias de Primeras Comuniones que no van a dar fruto en la parroquia?: los niños recibirían a Jesús por primera vez, pero para la mayor parte sería la última. ¿De qué valdría proceder a Matrimonios desvinculados totalmente de una vida de parroquia? Recibir la gracia del Sacramento del Matrimonio y al día siguiente ponerse en pecado por no asistir siquiera a la Misa dominical…

Todo el apostolado parroquial tiene que emanar de una “fuerza centrífuga”: que sale de la Parroquia; y tiene que volver a ella por una “fuerza centrípeta”: que hace ir a la Parroquia. Y el centro de esta fuerza es Nuestro Señor. Por eso Pío XII había titulado su discurso del 18 de julio de 1953: “La parroquia, célula base de la sociedad”. Con este solo título lo dijo todo.


Estrella Solitaria – Suplementos -. Fraternidad Sacerdotal San Pío X, Priorato Cristo Rey, Santiago de Chile.

lunes, abril 29

Los emigrados.




por el Padre Leonardo Castellani ***


“Pero tú ¿sabes bastante hebreo para hablar sobre los hebreos? Y sobre todo ¿amas bastante a los judíos como para escribir contra los judíos?.

(H.D. Cazón).

En el subte, el tranvía, el colectivo, nos hallamos los que no tenemos taxi, apretados contra gente que habla alemán o italiano con cierta agitación y un tono en que todo, gesto, actitud y afinación, los diseña como gente extraña. ¿Qué es eso? Son los “emigrados”.

De acuerdo con la ley argentina, o por debajo y encima délla, he aquí una cantidad de hebreos extranjeros de tipo urbano (habitantes de ciudades) que irrumpe en nuestro medio social y se infiltra en la ciudad alegre y confiada. Han venido sin dinero y muchos déllos necesitan con urgencia “colocación”. No cualquiera colocación es apta para ellos porque son gente ya formada, a veces rígidamente “especializada”, unilateralizada. No conocen nuestra lengua, mucho menos nuestras costumbre. No están en la mejor disposición para asimilarlas tampoco, desde que el desastre que se abatió sobre ellos (intus existens próhibet extraneum) los pone en un estado psicológico especial, muy comprensible, de inquietud, distorsión y resentimiento, polarizando con fuerza su vida mental hacia cuestiones que no son las nuestras, o entre nosotros no se plantean idénticamente. A diferencia de los recios “gringos”, retratados por Agustín Zapata Gollán [1] que vinieron antaño de Italia “col suo onore” y durmieron “sul duro terreno”- éstos no son agricultores. A diferencia del vivaz “gallego” separado de nosotros sólo por el inconciente prejuicio de superioridad respecto de “la América”- éstos no creen en Jesucristo, ni rezan en español. A diferencia de los emigrados de Coblenza, éstos no pueden formar entre nosotros altaneros grupos aislados con finanzas propias, especies de islotes provisorios impermeables. Es una nueva clase de emigrados. Hay que pensar en ellos. Mas para pensar no es lo mejor enojarse estúpidamente.

El antisemitismo es una estupidez. O mejor dicho no es una estupidez, es propiamente una “animalidad”. Es en su principio una especie de reflejo distintivo, una cosa para ser superada y dominada por la razón, no digamos nada de la fe. Bergson (2) ha constatado exagerándolo (siendo israelita no podía ni verlo) el carácter de instintividad en el movimiento de repulsa al extranjero (y el judío es el extranjero antonomástico), en el cual movimiento ve el filósofo una medida precausional de la naturaleza y como dice él, “uno de los caracteres de la sociedad natural” de la “horda”. Por la fe sabe el cristiano que en su alma lo “natural” debe ser superado (“super-natural”); pero los filósofos dicen que es forzoso para eso que no sea destruido. Digamos que debe ser “integrado”. El antisemitismo (odio ciego al judío porque judío) es una falta de integración y muchas veces una falsa integración dése movimiento natural de repulsa. Por eso es simplista, imprudente, desmesurado, estrecho.

Sólo que el filosemitismo liberal es peor. La solución liberal del llamado “problema judío” consiste en negar el problema. El liberal ignora la naturaleza, quiero decir la naturaleza concreta, que para el cristiano es una naturaleza “caída”. El liberal cree con tenacidad dogmática en la Fraternidad Universal y Laica, cree en la  Fraternidad seclusa  de la Santidad, en la hermandad de todos estos hijos de tantas madres prescindiendo del Padre Celeste, y sin ninguna necesidad del Padre Celeste, y sin ninguna necesidad del Padre Nuestro. Hablo del liberal rusoniano tipo La Prensa; hay tantos sentidos désta palabra “liberal”… (a mí mismo me llaman “cura liberal”. ¡qué habré hecho!). Y en este enredo nos hallamos ahora los argentinos. Los judíos perseguidos apelando a nuestra “liberalidad” de cristianos. Los liberales liberalescos derramando lagrimitas sobre la terrible desdicha de Israel, incomprensible para ellos. Los “nazistas” desatando desenfrenadamente (a veces sin la menos prudencia cristiana) la repulsión natural que sienten hacia el judío, malmezclada con la preocupación justa acerca del “problema judío”, al cual complican y empeoran por el mismo caso. El pueblo sintiendo crecer sordamente su prevención contra “los rusos” ricos valiéndose de todos los medios tradicionales, buenos o malos –desde el dinero y el diario hasta la simulación y el subterfugio, pasando por la “defensa de la democracia”- para afianzar su situación entre nosotros. ¿Y no hay problema judío? - ¡Ojalá!

La solución que le han dado en Europa primero Hitler y después Mussolini no es cristiana. Es posible que ni siquiera sea solución como opina Belloc (3), por demasiado simplista. Es cierto que no es cristiana por demasiado injusta. En vuelve una regular cantidad de injurias a particulares que creemos ninguna razón de estado puede cohonestar. Por divergente que sea el Estado Fascista de su antecesor el Estado Liberal, la nación es la misma, y tiene el deber de hacer honor a sus obligaciones. Ahora bien, el Estado Liberal, alemán o italiano, había puesto a los judíos antaño en pie de igualdad ciudadana con todos;  y al hacerlo, concluyó una especie de tácito contrato bilateral. No decimos que haya obrado sabiamente al hacerlo, decimos que de hecho lo hizo. No puede ahora en rigor de justicia rescindir ese convenio tácito de modo unilateral. Si autorizó a los hebreos a diplomarse de médicos en sus facultades, verbigracia, no le es lícito ahora prohibirle el ejercicio de la medicina  brutalmente, sin juicio previo, sin compensación. Si les permitió adquirir propiedades y riquezas  sin límite alguno, no puede ahora decentemente echarlos del país expoliándolos. Y aun cuando le fuese lícito, dice Sto. Tomás en su Regimine Judeorum, no le es “decente” a un príncipe cristiano ponerse al nivel del usurero a disputar por plata o aparecer ante la gran comunidad de Israel, prometida a la conversión, como despojándola. Y lo peor es que el despojo cae casi siempre sobre los pobres, mientras los peces gordos rompen las redes.

El problema existe; pero la solución “nazi” tiene los caracteres inhumanos e imprudentes de la mentalidad pagana.

Ahora que si el Fuhrer o el Duce son injustos o brutales, no tenemos nosotros toda la culpa. Este es otro punto que es menester capten estos emigrados, puesto caso que el primero lo captan perfectamente. La desgracia que han sufrido crea a nuestra piedad un deber de conmiseración prudente,  y más en el caso de israelitas convertidos; pero no nos crea el deber  de poner el país patas-arriba por ellos. La persecución que sufren no puede no conmover al cristiano. Ser perseguido, el cristiano debe saber lo que es, y saber que es irrevocable sino y suerte suya, tanto más cuanto más cristiano sea. Pero désto sacan ellos una serie de conclusiones precipitadas, que nos colocan en seguida con ellos en estado de malentendido. Declarémos entonces, ya que cuentas claras conservan amistades.

Un intelectual periodista o profesional judío expulsado de Alemania por razón de su raza –suponiendo que de hecho los “expulsen”- ha sufrido una desgracia y un castigo inmerecido, sea. Pero aquí en la Argentina hay muchos que han sufrido también desgracias, no menores. También en la Argentina hay bancarrotas, hay desocupación, ¡hay lepra!, suicidios también, demasiados suicidios. “¡Este era un distinguido profesor, y ahora no tiene con qué pagar la pensión!”. Hay argentinos en el mismo caso, no menos buenos intelectos que cualquiera. Hay niñas de apellidos patricios, de familias que simplemente han “construido” esta nación, que dactilografían para ganarse el pan. Hay profesores del mayor talento que tienen que hacer gacetillas de diario por $160 mensuales. Hay escritores de verdadera alcurnia que viven trabajando de tipógrafo. Y peor todavía, hay gente que tiene hambre crónica, o vive en viviendas imposibles, y esto no sólo en Santiago y en Salta, sino en los llanos de Balcarce y Necochea, es decir, en la gleba más gorda del país y más fértil del mundo, y eso trabajando de sol a sol. Los señores “emigrados” harían bien en preguntar por los paperos de la provincia de Buenos Aires. Preguntar qué es un “papero”.

Por lo tanto, primera prevención: “¡À la queue, à la queue, à la queue!”, como gritan en París cuando uno quiera deslizarse delante de los que están esperando.

La segunda prevención son las papas: las cuales ahora queman. Estos emigrados (y lo mismo digamos de los “intelectuales” españoles “leales” que se quiere importar) ni saben ni pueden sembrar papas. No será culpa déllos, pero es el hecho; no sirven para sembrar papas. Cuando justamente una de las finas operaciones políticas sería hoy en la Argentina conseguir que la mitad de los criollos que tienen “puestos” en nuestra recargada burocracia, los dejasen para sembrar papas, estos “emigrados” traen en su fondo natural la ilusión apasionada y el ideal fantástico de que se multipliquen los “puestos” para no tener ellos que sembrar papas. O más en serio: los problemas generales del país deben pasar  rígidamente delante de todo sentimentalismo acerca del problema de un grupo cualquiera –no digamos de un grupo advenedizo.

Dios nos libre y no guarde; pero si Dios quisiera (como es muy dueño) nuestro trabajo de periodistas volverlo inútil, nosotros no soñaríamos en hundir al país con nosotros o reformarlo, o revolucionarlo; más bien trataríamos de ir tranquilamente a sembrar papas.

La tercera observación es que la cristiana conmiseración no debe ser ciega. Un católico debe comprender a un judío perseguido, porque él mismo fue y será perseguido; pero debe capacitarse a ver la diferencia. Hay diferencia. Un judío perseguido ordinariamente puede huir; un cristiano tiene que morir. “Debitura martirii fides”. El judío, siendo cosmopolita o internacional, se destierra; pero morir es peor aún, y el cristiano tiene ese deber de morir por su tierra. Este es el punto de la diferencia, el tener o no tener tierra. Los ingleses católicos fueron segados limpios, los que permanecieron fieles a la fe, en tiempo de Elizabet la Grande: casi no quedó ni semilla. El singular hecho de ser una raza desraizada, le vale al israelita una propiedad volandera y movediza que hace su suerte material menos atroz que la nuestra cuando sobre unos u otros se abate el infortunio colectivo. Ellos están más livianos, se podría decir, para cuerpear los colectivos desastres. Los católicos de México, los católicos de Rusia, los católicos de España, han sido sometidos a una prueba mucho más dura que hacer la maleta y cambiar de país. Atados por lazos de carne, sangre y alma –familia, de, tradición, historia y linaje- a un terreno terrón, a un país y a una patria, tienen la precisión libre y forzosa de reventar con ella si revienta ella. El judío “raja”. Y después llora. Que llore. Pero no tanto. O bien que llore por todos. O si no, que no se llore por ninguno.

Apropósito de lloro, la revista Nosotros, que nos es simpática, llora últimamente la suerte de una gran editor judío italiano que se suicidó espectacularmente. Suicidarse es también una manera de huir, que a nosotros no nos es permitida. Salvo el sacro respeto a la tragedia de aquella triste alma (que nos pintan como un alma buena y lo fue sin duda) el suceso está en el mismo plano que el suicidio del otro argentino de anteayer que se mató porque le negaron el certificado prenupcial, por ejemplo, y para nosotros tiene menos trascendencia que la ola de suicidios resonantes y horrorosos que hemos sufrido últimamente. Si es que quieren incriminar a Mussolini el suicidio de Formiggini, lo mismo podían inculpar a Roosevelt, por ejemplo, del suicidio de Don Lisandro de la Torre.

Simplemente al tal señor Formiggini le ocurrió una desgracia, no pudo resignarse, y careciendo de toda fe religiosa o cristiana o judía, pidió la liberación de su dolor a un acto violento y contra natura que los pasquines llaman “heroico” cuando sucede en una democracia y “atroz” cuando pasa en una dictadura. Frente a la desgracia hizo hara-kiri, lo mismo que un pagano cualquiera, lo mismo que un Séneca, que un Fisho-Hito, o que un… Roehm. ¿Qué desgracia le pasó? –Perdió su fortuna. ¿Cómo la había hecho? –Vendiendo libros. ¡Vendiendo libros!

Nosotros no tenemos la culpa que nos hagan meditar sobre este caso; y no quisiéramos ser ásperos con ninguno. Pero ¿vendiendo libros, eh? ¿Y qué libros? ¿Libros buenos o libros malos? – De todo. ¿También libros anticristianos? – También. ¿Y libros de Guido da Verona? – Por supuesto. ¿Y los cristianos qué hacían mientras el hebreo Formiggini y el hebreo Verona ganaban plata en Roma con libros anticristianos? – Los cristianos tenían que aguantarse, tomar quina, cuidar a sus hijos, fundar y sostener a gran costo escuelas particulares donde tales libros no pisaran, pagar una nurse (si podían) para cuidar a los nenes de los kioscos de Formiggini -¡y encima los muchachos leían lo mismo a escondidas los libros de Formiggini! ¡Si son los libros de Formiggini justamente los que han hecho hoy posibles y necesarios los otros libros de Rósemberg y Hitler! ¿Entonces los cristianos estaban como si dijéramos “perseguidos” por Formiggini? –Exactamente. Y no tenían ni el recurso de suicidarse a sí mismos, ni matarlo a Formiggini, ni siquiera el consuelo de propinarle una pateadura. Ahora se da vuelta la policía en contra de Formiggini, Formiggini se elimina, y los cristianos tienen que alimentar la familia de Formiggini antes que la suya propia. No señor. Ese razonamiento no vale. Una cosa es ser santo y otra cosa es ser sonso, decía mi tío el cura.

Fuera de bromas (y conste que bromeamos para no llorar) no sería hermoso que los cristianos vilmente se desquitaran ahora de sus persecuciones (promovidas por el judaísmo a veces) con esta persecución al judaísmo que hacen ahora los paganos. No, señor. Pero no olvidar tampoco que la persecución por la fe virilmente sufrida no es un mal, y sufrida por las propias culpas, no es un mal absoluto. “Si os persiguen por malos (decía ya en el siglo I el Papa Pedro I en su primera encíclica) no es muy glorioso que digamos, pero en fin, aguantad igual; pero si os persiguen por bueno y benéficos, eso es una verdadera gracia de Dios” (I Petr. II, 20).

Para decir la verdad, yo no sé si Formiggini vendía libros anticristianos; pudiera ser que por excepción no los vendiese; pero yo sé que en general los venden, tanto los judíos como los malos cristianos de hoy, socapa de la omnímoda libertad de comercio que lleva por nombre libertad de pensar; y sé también a quienes pertenecen las innumerables libreriucas alemanas llenas de inmundicias que florecen como una primavera en las inmediaciones de la Avenida Alem. El judío en la época moderna es en general comerciante; el comercio es su fuerte y su triunfo, y Carlos Marx llega a decir que hasta su “esencia” [4]. Pero el comercio en la época moderna ha llegado al poder político (plutocracia) y ha visto dilatarse hasta el infinito los límites de su función y su objeto [5]. La difícil cuestión judía en general (y la de Formigginni en particular) está pues íntimamente complicada con la cuestión de la “licitud del lucro” (S. Th. 2-2ª, 77). La cuestión de la “licitud del lucro” es esa discusión moral teórica que los antiguos filósofos desenmarañaron con tal delicada  dialéctica que el flamante Rector de nuestra flamante Universidad de Cuyo trató de “mente vacía” y comparó con la piedra filosofal y el elixir de larga vida. (Aristóteles, Política, 1. I, cap. VI y VII; 1, II, cap. II, 171). Y tenía razón el Rector en el fondo por sonsas que suenen sus palabras. Esas piedras filosofales las perdió la gente de hoy, universitario incluso, junto con la dialéctica de los antiguos. Por eso justamente, decía mi tío el cura, porque se perdió aquella dialéctica del distingue frequenter y la gente de hoy día se dispensa de pensar. Rectores incluso, de más en más cada día, por eso existe el antisemitismo y por eso la cuestión judía se vuelve insoluble o violenta [5 bis].

Pero no quiero abordar aquí la cuestión judía ni la otra, sino sólo recordar nuestro grave peligro de la emigración indisciminada. Los tres Bacquié padre, hijo y sobrino, los tres franceses que se alzaron con cinco millones de francos en París hace poco, han declarado al ser visitados por la policía bonaerense que “habían venido a la Argentina por saberlo un país libre y el más apropiado para gozar de tranquilidad” (La Nación, 19-IV, 1939). Los que leen novelas policiales inglesas –y yo mismo tuve ese vicio- saben que cuando un novelista inglés no sabe qué hacer con un criminal lo manda a “regenerarse” a la Argentina. Un amigo mío medio maniático ha coleccionado un lista nada menos de 13 novelas que incluyen tan curioso rasgo. No quiero copiarla aquí; pero permítaseme copiar un párrafo de la primera déllas, la primera en todos sentidos, The Hound of the Baskerville (Ed. Penguin, cap. X, pág. 154), que es libro clásico entre todos los cuentos de “detectives”.

Habla Watson, el auxiliar de Sherlock Holmes, con el pariente de un asesino fugado de presidio.

- “El tipo es un peligro público. Hay casitas separadas por todo en esta landa, y él es un nene que no lo para nadie. Basta verle la cara… No hay seguridad para ninguno aquí mientras el tipo no vuelva a estar entre rejas”.

Contesta el pariente:

- “Señor, aquí no va a molestar más a nadie. Yo respondo déllo. Y no va a molestar más a nadie en este país. Yo le juro, que dentro de pocos días se habrán dado los pasos y él estará embarcado para… “South-America”. Por el amor de Dios, señor, yo le suplico que la policía no llegue a saber que está en la landa… Yo le ruego no decir nada a la policía.

- ¿Qué le parece, Watson? – dice sir Henry Baskerville, tipo del jerarca inglés.

“Yo me encogí de hombros (cuenta Watson) Y dije: -“Si sale libre de mi país, será un alivio para los contribuyentes… Bueno. Que se vaya”.

De acuerdo a esto podríamos decir que es muy honroso para nosotros que acuerden los europeos al libre y sano aire de la Argentina una especie de poder sacramental ex opere operato para regenerar delincuentes, como una especie de irresistible bautismo de pampa y sol; pero que no se prodigue eso tampoco tanto sin tener un poco en cuenta el bolsillo del contribuyente argentino, más cargado hoy que el contribuyente inglés.

Estas reflexiones baratas las hace implícita, vaga o instintivamente el pueblo nuestro, el contribuyente; me he puesto adrede ahora a pensar “en pueblo” como en mis versos sobre Martita Ofelia. Basta para comprobarlo salir a la calle. Ellas quieren solamente hacer pensar, y de ningún modo fomentar pasión alguna en pro o en contra del judío, que bastante las hay ya malamente encendidas. Y lo que quieren hacer pensar es esto: el “problema judío” existe (y existió siempre), el problema judío se ha trasladado a nuestra patria, su solución no es el odio ciego, ni el sentimentalismo, ni mucho menos la solución “avestrúcica” de cerrar los ojos. Esa solución la hemos de hallar en paz y justicia, judíos y cristianos a la vez; y no se hallará fuera de los carriles de la razón y la moral y sin la palanca de una férrea política nacional y realista.

Entretanto, críen paciencia los “emigrados” y junten luz abajo el pelo los nativos, porque los tiempos son difíciles y con gritar, llorar, insultar, fanfarronear y alborotar no se remedian mucho los problemas grandes. Entretanto no pequemos en lo que es claro, si es que no alcanzamos a pensar de golpe lo que es oscuro.

Si quieren saber la verdad verdadera, el problema judío no tiene solución posible sino fuera y encima de los pseudos-principios del liberalismo rusoniano [6]; y como estamos todavía de liberalismo rusoniano hasta el cogote los argentinos, el problema judío no está maduro todavía para una solución total efectiva, mientras mas está urgentísimo para provisiones particulares [7] de las cuales la más obvia es la (que ya hizo Ortiz) de “cerrar la puerta”; la más primordial es “contemplarlo de frente” y la más profunda es “volvernos lo que somos”, es decir, volvernos de una vez por todas y con toda el alma cristianos.

Es difícil.

Ahora, a los antisemitas crudos y católicos (si es posible esa cruza) hay que pararlos por lo menos con la Teología, de acuerdo a aquel bárbaro soneto de Calixto el Suplente.

SONETO AL HIJO DEL ANTISEMITA

“Son una peste y una porquería”,-
-más habla en fuerte y en cristiano, ea-
“Y tienen mal olor”; -¿tu alma no hedía
antes del baño en sangre galilea?

El Bautismo te ha ungido a la pelea
tú que juraste en él caballería
y dices cada día “Ave María”
a tu Señora, aquella niña hebrea

Consanguíneos en Dios por doble fueron
gracia nosotros y ellos bastardía
como Isaac con Ismael malquisto,

no olvides que el bastardo fue primero,
y que ambas sangres correrán un día
juntas ante el altar del Anticristo.

(De las Ideas de mi Tío el Cura, idea XIV).

[Nota: Este texto del Padre Castellani apareció por vez primera en: Criterio Nº 585 del 8 de mayo de 1939.]

Notas:

(1) Las puertas de la tierra, Jornadas del Litoral. Universidad del Litoral, Santa Fe, Santa Fe, 1939 160 págs.

“Dall`Italia sismo partiti
Siam partiti col nostro onore
In trenta giorni di machina a vapore
In questa América siam arrivati
Non abbiam trovato paglia ne fieno
Abbiam dormito sul duro terreno
Come la bestie siam riposati
E con l`industria di noi italiani
Abbiam formati Paesa e cittá…
E non abbiamo di ché vergoñarsi
E nostra faccia possiamo mostrá…”

(2) Les deux sources, Alcan. 1933, pág. 306.

(3) The Jews, Constable, Ld., 1937, preface, pág. XLI.

[4] “Apenas la sociedad logre suprimir la esencia empírica del judaísmo el chalaneo y sus premisas…” (Marx, La Cuestión Judía”, Ed. An. Ponce, 1936).

[5] “Cupíditas lucrit de se términum non habet et in infinitum tendit… (Sto. Tomás, S. Th., 2 -2oe, q. 77, a. 4).

[5 bis] Me refiero al discurso de Rector [sic] Dr. Edmundo Correa que dice: “Cada época tiene un contenido y un alma propia: los Flatus vocis del escolasticismo medioeval tradujeron una infinita vaciedad y la retorcida dialéctica d sus doctores sutiles; la piedra filosofal y el elixir de larga vida condensaron toda su alquimia en los claustros de la Colonia; resonó el eco del ergotismo monacal de la América Hispana. Sin embargo toda esa ciencia infusa y misteriosa deshumanizada y arbitraria fue… reflejo de tiempos. ¡Cuán débil y vacilante era la luz…” etc. (La Nación, 28-IV-1939).

[6] Eso es lo que demuestra también Marx n el opúsculo arriba citado.

[7] El último número de la Revista Geográfica Argentina da como existencia de israelitas entre nosotros 270.000, igual que Francia, dato del Prof. De la Univ. de Jerusalén, Roppin. El dato es viejo. Ahora [1939] hay muchísimos más. Deben andar alrededor del medio millón, según cómputos probables.

*** Leonardo CASTELLANI: Las ideas de mi Tío el Cura. Bs.As., Excalibur, 1984, Cap. XIX.

viernes, abril 12

Unidos y organizados, por la perversión del marxismo.




por el P. Julio Meinvielle ***

“El comunismo penetrando en un pueblo como una ideología, no se detiene. Disgrega, disocia, divide a las fuerzas sociales, lucha por la toma del poder. Cuando se ha sembrado la división y la anarquía social, el comunismo, con un golpe definitivo, se apodera del gobierno y somete a la sociedad a una gran purga transformadora, creando al hombre nuevo comunista, que es un hombre destrozado, sólo útil para ser manejado como un animal de carga.

Aquí radica la perversión del marxismo. Que, al pervertir el fin de la existencia humana, asignándole un fin diametralmente opuesto al que le ha asignado el Creador, pervierte todo el hombre, todas las relaciones sociales y crea una civilización destructiva del hombre. El hombre total comunista es un hombre degradado y mutilado, que apenas se mantiene por el terror.

Por ello es necesario y urgente que el hombre vuelva a la civilización cristiana y que dé el primer lugar a los valores de la Iglesia, de Cristo y de Dios.”

*** “El comunismo en la Revolución Anticristiana”