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lunes, febrero 17

La Candelaria (2 de febrero).


La vieja Sinagoga no sabe que este rito es el anuncio de su desaparición, la abrogación de su ley.



Por Fr. Justo Pérez de Urbel ***

Un misterio que cierra las amables efusiones de las alegrías de Navidad. María continúa en Belén, “revolviendo siempre en su corazón”, los sucesos portentosos de la noche inolvidable en que los ángeles anunciaron la paz al mundo. Son meditaciones de júbilo y terror al mismo tiempo. En los ojos del pequeñuelo hay reflejos de una felicidad insondable y de una inenarrable amargura, indicio y presentimiento de un destino de dolor y de victoria.

Han pasado cuarenta días, cuarenta días de reclusión, durante los cuales la ley mosaica le prohibía acercarse al tabernáculo; cuarenta días de éxtasis, de adoración, de íntimos coloquios con aquel Dios que aún no sabía hablar. ¿Qué le importaba a ella el templo de Salomón, donde dominaban los sacerdotes y hacían su negocio los saduceos, si tenía en su regazo aquella carne tierna y rosada que era al mismo tiempo templo y tabernáculo, y altar, y víctima, y sacerdote? Pero he aquí que José se le acerca, interrumpiendo aquellas extáticas alegrías. Ha terminado el plazo de la separación y la ley de Jehová urge: hay que subir a Jerusalén, hay que purificar a la recién parida, hay que rescatar al recién nacido, que, como todos los primogénitos, es propiedad del Señor, y hay que ofrecer el holocausto del cordero, o por lo menos, si la madre es pobre, el par de torcaces o palomas. María, ciertamente, estaba segura de que aquella ley no se había hecho para ella. ¿No era acaso el santuario purísimo del Espíritu Santo, siempre casta, pero más casta todavía desde que había vivido en sus entrañas el Dios de la santidad? No obstante, quiere obedecer, quiere mezclarse con las demás madres que llegan al templo diariamente para recobrar la pureza con el sacrificio. No ha llegado aún el momento de la revelación definitiva de su hijo: los pastores de Belén se volvieron a sus chozas, guardando en sus almas el secreto de su regocijo; los Magos de Oriente llegaron silenciosamente a su patria, sin ver de nuevo la santa ciudad, que se había conmovido con su venida; y el mismo nacimiento de Jesús en Belén debía permanecer ignorado de las gentes. Cuando llegue su hora se llamará el Nazareno. Como antes del edicto de Octaviano, el Hijo y la Madre obedecen ahora la ley de Moisés.

Sigamos al humilde cortejo: José y María, y, en los brazos de María, el recién nacido. Desde Belén Efratá hasta Jerusalén: gargantas y pegujales áridos, praderas con rebaños y pastores embozados en sus anguarinas, y campos donde verdean ya los trigales, que dan el nombre a la ciudad de David, montañas grises y llanuras grises con manchones verdes y amarillos. Pero hay algo que parece rejuvenecer al mundo: la tierra y el cielo y la naturaleza entera son alegrados y santificados por la presencia de su Creador. Va María envuelta en una atmósfera de arrobamiento, entre el interés o la indiferencia, o la incomprensión de los transeúntes. A su lado, José lleva la ofrenda que se ha de presentar al sacerdote. No, no es un cordero, que le hubiera costado quince denarios. Son ellos demasiado pobres; y además, ¿no será llamado aquel Niño el Cordero que quita los pecados del mundo? Su ofrenda es la ofrenda de la pobreza: dos palomas que aletean en una jaula y que son el símbolo de la castidad y de la fidelidad, de la simplicidad y de la inocencia.

Helos ya en las calles ruidosas de Jerusalén, abriéndose paso entre los cestos de los galileos que pregonan el pescado del Jordán, y los puestos de las vendedoras que expenden las verduras de Emaús y Betania; entran en el templo, pisan tímidamente aquellos pórticos  magníficos, que el Niño llamará más tarde guaridas de ladrones; José, un poco azorado; María, cubierto el rostro, el alma ajena a aquel ambiente de negocios sacrílegos. Tal vez algún levita se ríe de los dos provincianos; y, sin embargo, es aquél un momento solemne, un acontecimiento histórico, que había sido previsto y cantado por los profetas de Israel. Un día, cuando Zorobabel reconstruía la morada de Jehová, destruida por los asirios, desalentado porque no podía emular la magnificencia de Salomón, se sentó frente a las construcciones, lamentándose de su impotencia; y entonces fue cuando el profeta Ageo se acercó a él y le dijo: “No desmayes ni te entristezcas, porque he aquí lo que dice el Señor: Un poco de tiempo aún, y Yo haré temblar el cielo y la tierra; Yo estremeceré los imperios; y el Deseado de las gentes vendrá y llenará de gloria esta casa; y la gloria de esta segunda casa será mayor que la de la primera, porque en ella aparecerá la paz.”

La profecía se cumple en estos momentos: José entrega las dos avecillas; María presenta a su Hijo; el gran sacerdote toma en sus manos aquel retoño del tronco de David, y, aburrido tal vez, reza las palabras del ritual. Todo pasa en silencio. La vieja Sinagoga no sabe que este rito es el anuncio de su desaparición, la abrogación de su ley. Todo pasa en silencio; pero allí, en un ángulo, el viejo Simeón alza los ojos del rollo de las Escrituras, se estremece a ver a aquel Niño cuyo nombre le ha parecido descubrir en cada página bíblica, y canta el “Nunc dimitis”. Figura del mundo antiguo, envejecido en su larga expectación, se renueva, se rejuvenece como el águila; en cuanto toca con sus manos aquel fruto de vida, abre su boca jubilosa, une su voz a la voz de los reyes y los pastores y anuncia la “luz que iluminará a las gentes, la gloria del pueblo de Israel”. A sus voces acude Ana, la profetisa, y también ella comprende y adora; y las alabanzas de los dos ancianos, representantes de la sociedad antigua, se juntan para celebrar la aparición dichosa del Niño, que viene a renovar la faz de la tierra.

A ella nos juntamos todos los cristianos en la procesión graciosa de la Candelaria. Es una ingeniosa, una delicada manifestación de nuestro amor filial a María. Queremos acompañarla en su camino, queremos alumbrar su paso, queremos recordar aquella luz descubierta por el viejo sacerdote, y, recordando el misterio, tomamos en la diestra el cirio simbólico. No nos importa el origen pagano de este rito; no nos importa que sea un vestigio de las fiestas Lupercales o Amburbales, que lanzaban a la calle a los romanos blandiendo antorchas y recordando el paso de Ceres por las cimas del Etna; para nosotros, el cirio que el sacerdote bendice y pone en nuestras manos es la figura de Cristo; porque, como decía San Anselmo, en la cera, obra de la abeja virginal, vemos su cuerpo; en la mecha que la cera; en la mecha que la cera envuelve, su alma, y en la llama, su divinidad.

He aquí el profundo sentido de esta fiesta de la Purificación, fiesta antigua que se remonta a los tiempos constantinianos, y es la primera que en honor de María apareció en el cielo de la liturgia.


*** Fr. Justo PÉREZ DE URBEL: Itinerario litúrgico. Bs. As., Poblet, 1945, Cap. XI.

domingo, diciembre 12

San Martín, Lutero y el padre Zapata.


Llamarse San Martín era una sinvergüenza, era un agravio a San Martín de Tours todo caridad, y lo más que podía permitirse era llamarlo Martín por su semejanza con Martín Lutero, el pérfido hereje.



Por José Pacífico Otero


Desmanes oratorios del padre Zapata.


En otra ocasión, y antes de que San Martín hiciese su entrada en Santiago, un religioso agustino llamado el padre Zapata, lo hizo blanco de sus iras y de sus furibundos anatemas. Comentando su nombre, decía él a sus oyentes: “¡San Martín!” Pero si sólo esto es ya una blasfemia! No lo llaméis San Martín, sino Martín, para que se asemeje más a Martín Lutero, prototipo de la impiedad y de la sedición contra las leyes divinas y humanas, contra el altar y el trono”.


Llegado a Chile, San Martín se enteró de los desmanes oratorios del religioso de la referencia y lo hizo comparecer ante sí para aleccionarlo con un buen correctivo. El padre Zapata no pudo resistirse al llamado, y al tenerlo en su presencia y torciéndose los bigotes para darse, como dice Sarmiento, “espantables aires de matón”, clavó en él sus ojos negros y centelleantes y hablóle así: “Cómo, so godo bellaco, usted me ha comparado con Lucero y adulterado mi nombre, quitándome el San que le precede… ¿Cuál es su apellido?... – Zapata, señor general, respondió aterradamente el agustino. – Pues le quito el Za, le dijo San Martín, en castigo de su delito, y si alguien le da su antiguo apellido, lo fusilo”.


Más muerto que vivo el padre Zapata salió a la calle, y como en ese momento acertase a pasar por su lado un amigo realista, asombrado de verlo salir de la casa del general insurgente, le observó: “¿Cómo, usted por acá, padre Zapata?” No había acabado de pronunciar su frase el dicho quídam cuando el padre en cuestión, aterrado y con voz ahogada, le cortó la palabra diciéndole: “No, no, no soy el padre Zapata, sino el padre Pata. Llámeme usted Pata y nada más que Pata, porque la vida se me va en ello”.


Esta misma anécdota nos la cuenta en sus Tradiciones peruanas don Ricardo Palma, pero como acaecida, no en Chile, sino en el Perú. Este insigne publicista nos dice que cuando San Martín llegó a aquellas tierras se encontraba desempeñando el curato de Chancay el religioso franciscano fray Matías Zapata, godo de primera agua. Un domingo después de la misa dominical se dirigió a los fieles y significóles que el nombre del insurgente criollo era por sí solo una blasfemia y que estaba en pecado mortal todo aquel que lo pronunciase no siendo para execrarlo. Llamarse San Martín era una sinvergüenza, era un agravio a San Martín de Tours todo caridad, y lo más que podía permitirse era llamarlo Martín por su semejanza con Martín Lutero, el pérfido hereje.


“No pasaron muchos domingos sin que el Libertador del Perú, al trasladar su ejército al norte de Lima, se enterase de esta prédica revolucionaria, y resuelto a poner un freno a la elocuencia rabiosa del orador lo llamó a su presencia y le dijo: “¿Es cierto que usted me ha comparado con Lutero y le ha quitado una sílaba a mi apellido? No me devuelva usted nada, prosiguió, y quédese con ella; pero sepa usted que yo, en castigo de su insolencia, le quito también la primera sílaba de su apellido y entienda que lo fusilo sin misericordia el día que le ocurra firmar Zapata. Desde hoy no es usted más que el padre Pata y téngalo muy presente”. Nos cuenta Palma, que hasta 1823 no hubo en Chancay partida de nacimiento, defunción u otro documento parroquial que no llevase por firma fray Matías Pata. “Vino Bolívar y le devolvió el uso y el abuso de la sílaba eliminada”.


José Pacífico Otero: Historia del Libertador Don José de San Martín, Capítulo XCII: San Martín y su ingenio episódico y anecdótico.



Secularización, consumismo y Navidad.


En la mirada de la revista española Arbil.



Editorial Nº 76


¿Cómo viven las sociedades secularizadas la Navidad? ¿Se está convirtiendo la Navidad en una fiesta paganizada? ¿No estamos recorriendo en occidente el camino inverso cuando hace algo menos de dos mil años las fiestas paganas adquirieron fundamentación religiosa? ¿Es la Navidad sólo un pretexto para el consumo? ¿Es posible aislarse y vivir una Navidad como católicos?


Entre las muchas noticias que se acumulan en los resúmenes informativos que los medios de comunicación ofrecen, en este tiempo de resumen y anuncio que es el tránsito de un año a otro, tres, con el denominador común de Navidad y catolicidad, deberían movernos a la reflexión por lo que de premonición del signo de los tiempos contienen: la primera, es el alto índice de endeudamiento que las familias españolas, y probablemente suceda igual en otros lares, asumen con la llegada de las fechas navideñas; la segunda, la pérdida continua de apoyo económico por parte de los fieles que la Iglesia Católica padece en España, pues sólo un 20% de los contribuyentes decide que parte de su tributación revierta en al Iglesia; la tercera, la triste Navidad de los Santos Lugares, pues este año el tiempo litúrgico se celebrará prácticamente en soledad debido a la inestabilidad de la zona pero también, conviene subrayarlo, por la amenaza musulmana de expansión mediante el cerco constructivo de los mismos. Tres noticias de indudable alcance para el futuro en esta Navidad. Tres noticias posibles por la progresiva imposición de las sociedades secularizadas en occidente, la reducción del catolicismo a niveles culturales para una inmensa mayoría de la población, y por la pérdida del sentido religioso de las festividades marcadas por la Fe.




Bajo el cielo de luces de colores que engalanan las calles de nuestras ciudades en las fechas entrañables y familiares de la Navidad; bajo el resplandeciente e ilusorio oscilar de las bombillas, se oculta o se difumina la pérdida, cada vez mayor, del sentido profundamente religioso que para los cristianos y para occidente debiera tener este tiempo.




A muchos nos parece que la Navidad se ha convertido, en realidad, en un pretexto, en una fiesta paganizada más que secularizada, consagrada al nuevo becerro de oro que es el consumismo más absoluto. Muy pocos se atreverían a poner en tela de juicio el sentido comercial que está adquiriendo la fecha, sin freno aparente, sobre cualquier otra interpretación. Difícilmente podría ser de otro modo en un tiempo marcado por el predominio de lo material y el imperio de la filosofía del estar y vivir mejor.




La humildad, consustancial al nacimiento de Cristo, recordada en todos y cada uno de los pesebres que todavía se exhiben en nuestros hogares, desaparece, como una gran paradoja, cuando llega la Navidad. La ostentación, el querer aparentar, el exceso, el situarse por encima de las propias posibilidades, el regalo como manifestación no del amor sino del prestigio, el poder y la posición social parecer ser la señas de identidad reales de la Navidad en la actualidad. La humildad perece, entre otras razones, porque el hombre olvida el eje, la razón verdadera, de la conmemoración y la celebración, quedando la fecha vacía del contenido permanente que le da vida.




La Navidad, el tiempo litúrgico de la Navidad, con sus cinco grandes celebraciones, algunas de ellas olvidadas por los propios católicos en su verdadera dimensión, debería ser, si fuéramos consecuentes, el comienzo de un nuevo caminar, el tiempo de reflexión que debemos realizar sobre todo lo que significa y conlleva el nacimiento de Cristo: cumplimiento de la palabra divina; inicio del camino de la redención. Acompaña a ello el sublime misterio de la Encarnación y la aproximación más real de Dios al hombre. Momento idóneo, tiempo adecuado, para que cada cristiano inicie la redención interior y el camino hacia la "luz vera" en el año que se inicia.




Sin embargo, el tiempo de Navidad se ha convertido para los católicos, al menos en Europa porque en otros lugares del globo los procesos de secularización son más lentos aunque la mundialización queme las etapas de forma acelerada, en tiempo de tentación. No son las celebraciones religiosas las que importan, las que mueven, las que dinamizan; para una parte importante de los católicos son un adorno más. Otra bombilla, otra guirnalda que colgar en el hogar. El nuevo lugar de celebración, el otro gran atrio de la Navidad, para los católicos y los no católicos, ha pasado de del Belén, los villancicos y la plaza a los grandes almacenes y centros comerciales. Porque si la tradición de la cena en común y el intercambio de regalos son positivos en sí, el convertir esos actos, merced a las campañas publicitarias, en el objeto en sí de la fiesta o en el despilfarro por imperativo social, no puede asumirse más que como la faz escandalosa de la Navidad.




La paganización de las fiestas religiosas es ya un hecho innegable en Occidente. Sociedades altamente secularizadas como las nuestras no dejan espacios para otro tipo de manifestaciones. Lentamente, como si de una maniobra perfectamente planificada se tratase, se van borrando hasta las huellas culturales que mantienen vivos los últimos reductos del sentido real del tiempo navideño.




Las modas extrañas a nuestros parámetros, a nuestra herencia cultural, se van imponiendo. En muchos hogares, hogares cristianos, el tradicional Belén, con las indulgencias que conlleva el ponerlo, es sustituido por el abeto de luces y colores; las guirnaldas, las campanitas, los bastones, los corazones y las composiciones a base de elementos vegetales copan los adornos. Los Reyes Magos y sus camellos sufren la dura competencia de Papá Noel o Santa Claus con sus renos y casitas. Junto a su representación para los niños aparece Santa Claus y su casita. Los niños depositan cartas a unos y otros de tal modo que sólo queda el regalo pero no el significado. La pugna ha quedado solventada magníficamente por la propaganda comercial que ve como se multiplican los ingresos merced a la duplicidad de los regalos y la fiebre consumista que bloquea el sentido economicista del hogar tradicional.




Paganización de la festividad. Disolución del sentido de la Navidad merced al desenfreno de los poderes públicos, nacionales o locales; de los medios de difusión o comunicación que borran, diluyen o marginan en sus programaciones culturales, en sus espacios de opinión, en sus emisiones, la difusión del significado real de la Navidad. Si repasáramos las parrillas de la programación de nuestros canales televisivos nos adentraríamos en un profundo desasosiego por la falta de espacios realmente navideños. Y cuando alguna de las cadenas programa simplemente villancicos recibe los más terribles dicterios de la crítica. Hasta las tradicionales felicitaciones de Navidad han abandonado los motivos tradicionales cristianos apuntándose a modas simbólicas, a colorines sin sentido o imágenes que nada tienen que ver con la fecha.




Por correlación con la Sagrada Familia, la Navidad tiene, asimismo, un significado profundamente familiar. Tiempo de reunión, de conmemoración; tiempo de recuerdo por los que ya no están, por los sitios vacíos en torno a la mesa, breves dosis de tristeza que todos apuramos. Pero ya no son sólo mesas incompletas por los que faltan, por los que se han ido, sino por lo que se ha roto. Familias cada vez más rotas, más desunidas, porque una parte importantísima de los matrimonios celebrados en los últimos veinte años están hoy destruidos; porque las familias se rompen y muchos hijos viven con dolor silenciado el trauma y el drama de un día aquí y otro allí. Familias desestructuradas sin horizontes porque se ha abandonado la Norma. Fechas familiares cada vez más reducidas porque la secularización y la paganización convierten los días señeros en fiesta donde los jóvenes abandonan la mesa con el último bocado camino de la fiesta más cercana.




La Navidad es un tiempo difícil para los católicos que quieren vivirla como tales porque el peso mediático y social es inmenso, porque las costumbres se alejan de forma progresiva de los parámetros que podrían hacerlas compatibles con la creencia. Recuperar el verdadero sentido de la Navidad es una tarea más que nos corresponde frente a la imposición del modelo navideño secularizado y pagano. Y, a veces, combatir la tendencia es tan sencillo, tan simple, como mantener las tradiciones y cumplir con los preceptos.

sábado, abril 24

Respetable párroco.



Arrecifes Junio 3/830


Respetable Párroco:


El moralizar las clases de los pueblos, el hacer gustar a los fieles las preces y alabanzas que por su antigüedad y melodía son insinuantes al corazón, el acostumbrar la juventud de ambos sexos a los actos de piedad, entonando reunidos en el templo canciones sencillas, me han movido a recordar el uso que en la casa de Dios y en las de familia se practicaba antes diariamente en un rato del día o de la noche.


Me complacería de que reviviese esa cristiana práctica, de modo que en todas las iglesias parroquiales después de rezado el rosario se oyesen entonar las buenas noches y otro de la Salve dolorosa, porque considero que los sentimientos que fundan mi súplica estarán de acuerdo con los de usted, pues estoy persuadido que practicando diariamente este ejercicio devoto, al paso que por su medio presentaría un motivo que excitase a la asistencia, al mismo tiempo imprimiría una devoción muy provechosa.


También la memoria del Jefe de la Provincia asesinado el trece de diciembre de 1828, y la de los que han fallecido en defensa de las leyes y en desagravio del atentado cometido contra la autoridad, sería muy conveniente recordarla diariamente después del rosario, rezándose en público un Padre nuestro con este objeto. Este recuerdo ayudaría a afirmar en los fieles el odio necesario a las sediciones y el respeto a las leyes.


Espero que el ministerio de usted recibirá con agrado mis súplicas. Ellas proceden del mejor deseo de su compatriota y atento servidor.


Juan M. de Rosas.



Circular enviada a todos los párrocos de la provincia de Buenos Aires


(Archivo General de la Nación, Bs. As., X-23, 9, 4)