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domingo, agosto 29

Sobre las Leyendas Negras en la Historia de la Iglesia.


El anticatolicismo llegó a ser, con el tiempo, parte integral de la cultura inglesa, holandesa o escandinava. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia papista, y difundieron por Europa la idea de que la Iglesia católica era la sede del Anticristo, de la ignorancia y del fanatismo.


Sobre las Leyendas Negras en la Historia de la Iglesia.


Visto y tomado de: Las Cruces de las Espadas.


Cuando se aborda la historia de la Iglesia católica, tarde o temprano nos encontraremos con el fenómeno historiográfico que se ha dado en llamar leyenda negra. Ésta consiste en una labor de propaganda, de desinformación, que, a través de la presentación tendenciosa de los hechos históricos, bajo la apariencia de objetividad y de rigor histórico o científico, procura crear una opinión pública, bien anticlerical, bien anticatólica. Por eso se aparta de lo que podría aceptarse como una simple crítica, una denuncia honesta y rigurosa de los errores cometidos por los miembros de la Iglesia, dando en cambio una imagen voluntariamente distorsionada del pasado de la Iglesia, para convertirla en una descalificación global de una misión milenaria, tanto antes como, sobre todo, en la actualidad.


La leyenda negra de la Iglesia no es un asunto baladí que deba ser objeto de preocupación sólo para los historiadores. Lo cierto es que todos los católicos nos jugamos mucho en la lucha contra sus manipulaciones. Y es que la descalificación global de esta institución religiosa a largo de toda su historia compromete seriamente ante la opinión pública su legitimidad social y moral de cara al futuro. Un fenómeno reciente como la polvareda social levantada por la novela El Código Da Vinci resulta ser un magnífico ejemplo del peligro que la manipulación de la historia de la Iglesia entraña para su acción pastoral actual.


Los ataques, desde antiguo


En realidad, los ataques demagógicos y panfletarios contra el pasado y el presente de la Iglesia datan de muy antiguo. En efecto, podemos encontrar diatribas furibundas contra el cristianismo católico por parte de autores paganos grecorromanos (Celso, Zósimo, Juliano el Apóstata…), de los diferentes heresiarcas medievales y de los polemistas judíos y musulmanes. Pero la polémica anticatólica se acentuó y cobró una especial virulencia en la segunda mitad del siglo XVI, cuando las discusiones entre católicos y protestantes invadieron también el campo historiográfico y literario, surgiendo entonces todo un modelo de difamación sistemática de la Iglesia.


Más en concreto, encontramos el origen del discurso anticatólico actual en la llamada leyenda negra, un conjunto de acusaciones contra la Iglesia y la monarquía hispánica que se generó y se desarrolló en Inglaterra y Holanda, en el curso de la lucha entre Felipe II y los protestantes.


El anticatolicismo llegó a ser, con el tiempo, parte integral de la cultura inglesa, holandesa o escandinava. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia papista, y difundieron por Europa la idea de que la Iglesia católica era la sede del Anticristo, de la ignorancia y del fanatismo. Tal idea se generalizó en el siglo XVIII, a lo largo y ancho de la Europa iluminista y petulante de la Ilustración, señalando a la Iglesia como causa principal de la degradación cultural de los países que habían permanecido católicos.


En los prejuicios difundidos sobre la historia de la Iglesia se observan dos elementos básicos y, en no pocas ocasiones, íntimamente entremezclados: la visión de la Iglesia medieval y moderna como una institución oscurantista, reaccionaria y enemiga de todo progreso intelectual o social; y su caricaturización como una fuerza represiva e intolerante, enemiga de los derechos humanos y promotora de las Cruzadas y la Inquisición.


Se suele afirmar, por ejemplo, que las Cruzadas fueron guerras de agresión provocadas contra un mundo musulmán pacífico. Esta afirmación es completamente errónea. Ahora mismo tenemos en nuestras pantallas una película, El reino de los cielos, bastante proclive a esta angelización de los musulmanes del medievo. Pero lo cierto es que, desde los mismos tiempos de Mahoma, los musulmanes habían intentado conquistar el mundo cristiano. E incluso habían obtenido éxitos notables. Tras varios siglos de continuas conquistas, los ejércitos musulmanes dominaban todo el norte de África, Oriente Medio, Asia Menor y gran parte de España. En otras palabras, a finales del siglo XI, las fuerzas islámicas habían conquistado dos terceras partes del mundo cristiano: Palestina, la tierra de Jesucristo; Egipto, donde nace el cristianismo monástico; Asia Menor, donde san Pablo había plantado las semillas de las primeras comunidades cristianas... Estos lugares no estaban en la periferia de la cristiandad, sino que eran su verdadero centro.



¡Así se escribe la Historia!


Otro lugar común de la leyenda negra anticatólica es –no podía ser de otro modo– la acción de la Inquisición en la Edad Media y la Moderna. Por ejemplo, todo el mundo ha oído hablar del caso de Galileo Galilei, casi siempre de modo deformado, ya que no se suele explicar que el sabio italiano apenas sufrió otro castigo que un cómodo arresto domiciliario en un palacio cardenalicio. Por el contrario, son pocos los colegiales que saben que Antoine Lavoisier, uno de los fundadores de la Química, fue guillotinado a causa de sus ideas políticas, por un tribunal durante el Terror jacobino, al grito de ¡La Revolución no necesita científicos! No olvidemos tampoco que, en Ginebra –la Meca del protestantismo–, Juan Calvino no dudó en mandar a la hoguera al ilustre descubridor de la circulación de la sangre, nuestro compatriota Miguel Servet. El científico aragonés fue tan sólo una de las quinientas víctimas de diez años de intolerancia calvinista en una ciudad con apenas diez mil habitantes. Con esta proporción brutal de represaliados, la Inquisición española habría debido quemar ¡un millón de personas cada siglo! –en realidad, fueron tres mil en trescientos años–. Aun así, Torquemada ha pasado al argot popular como sinónimo de intolerancia, y Calvino es ponderado por muchos como uno de los padres de las democracias liberales del norte de Europa.


Un ejemplo reciente de cómo la leyenda negra ha cobrado nuevos bríos últimamente lo hallamos en el ya mencionado Código Da Vinci. Su autor, Dan Brown, deja caer que la Iglesia habría quemado a cinco millones de brujas (p. 158), cuando todos los especialistas, con Brian Pavlac a la cabeza, limitan la cifra a 30.000, a lo sumo, para el período 1400-1800 (por cierto, el 90% víctimas de la Inquisición protestante, y no de la católica).


Esto conecta con el ominoso concepto de Gendercide (genocidio de las mujeres), que han acuñado el feminismo y el lesbianismo radicales en las universidades norteamericanas. Esto es, la criminalización de la Iglesia católica, que cargaría con una mancha histórica tan negra como el Holocausto nazi. De la misma forma que el nazismo ha quedado desacreditado para siempre jamás por su ejecutoria asesina contra los judíos, la Iglesia carecería de toda legitimidad como institución por su pasado criminal en relación a las mujeres. Barbaridades como ésta se leen y se escuchan en algunos departamentos de Gender studies de los Estados Unidos.


No en vano, el Código Da Vinci se basa en una serie de absurdas creencias neo-gnósticas y feministas que entran en oposición directa no sólo con el cristianismo, sino con la Historia académica tal y como es enseñada en todas las universidades respetables del mundo. Mucho se ha hablado de la inverosímil hipótesis de Dan Brown de que Cristo y María Magdalena estaban casados y tuvieron descendencia, pero eso sólo es la punta de un iceberg de disparates. Convenientemente camufladas tras la atractiva trama narrativa propia de un thriller policíaco, el autor va deslizando aquí y allá ideas propias de una cosmovisión que enseña que el cristianismo es una mentira violenta y sangrienta, que la Iglesia católica es una institución siniestra y misógina, y que la verdad es, en última instancia, creación y producto de cada persona.


La realidad, como es


Volviendo al espinoso asunto de la Inquisición, si queremos ser rigurosos, hay que señalar que el Santo Oficio era un tribunal dedicado a investigar si entre los católicos había herejes, un tema gravísimo entonces, al que ahora no se da importancia porque las sociedades no son confesionales. Pero es que entonces las disputas teológicas daban lugar a guerras y conmociones sin cuento (las guerras de religión en Europa provocaron un millón de muertos entre 1517 y 1648). Por consiguiente, la Inquisición era un instrumento básico para el mantenimiento de la paz en un reino. Por otro lado, un hecho no suficientemente conocido es que la Inquisición no tenía jurisdicción alguna sobre los no bautizados. Por tanto, ni judíos ni musulmanes podían ser juzgados, detenidos o acosados por la Inquisición.
Ciertamente, el Santo Oficio usaba el tormento como todos los tribunales de la época, pero generalmente con mayores garantías procesales, ya que se realizaba siempre en presencia del notario, los jueces y un médico, y sin que se pudieran causar al reo mutilaciones, quebrantamiento de huesos, derramamiento de sangre ni lesiones irreparables. Finalmente, hay que llamar la atención sobre el hecho de que la mayoría de las penas eran de tipo canónico, como oraciones o penitencias. Las condenas a muerte fueron rarísimas, y sólo en casos muy graves sin arrepentimiento, pues si había arrepentimiento había indulgencia con el reo. Como ya se ha dicho, en sus tres siglos de historia, la Inquisición ajustició a unos 3.000 reos (de un total de 200.000 procesados). Esta cifra, con ser alta, representa tan sólo la décima parte de los asesinados en Francia por el régimen del Terror jacobino en el periodo 1792-1795. Es decir, en tan sólo tres años, los hijos de la Ilustración iluminista habían multiplicado por diez las víctimas fruto de trescientos años de actuación de la Inquisición católica. ¿Y quien se atreve hoy en día a mentarle este hecho a un defensor de la democracia liberal, cuyos fundamentos mismos sentó la Revolución Francesa? ¿Por qué, entonces, tenemos los católicos que aguantar día sí día también que algunos sectarios nos recuerdan la Inquisición cada vez que nos identificamos como hijos de la Santa Madre Iglesia?


Alejandro Rodríguez de la Peña

domingo, agosto 22

De la muerte en las calles y el menosprecio de Dios.



Esta gente debiera de pasar un año entero en penitencia. 6 meses en oración ante el Santísimo, terminando con confesión general. 6 meses enseñando catequesis en un Penal, para que vean lo que han conseguido entre los jóvenes por abandonar la enseñanza de la Fe y de las buenas costumbres.

…nuestra respuesta a tanta malicia que se ciñe por los ya turbios cielos de la Patria no puede ser la de los folletitos, es hora de fortalecer los grupos de formación y militancia.


De la muerte en las calles y el menosprecio de Dios.


Si lo que me dice el fraile es cierto, y su amigo de la Secretaría del Vaticano es tan pero tan importante, es evidente que en Roma están calientes con los monseñores inoperantes de Argentina. Y no confían en el Nuncio. Y quieren informantes alternativos, como el fraile. Pero aún si no tuvieran a quién consultar en Argentina, bastaría con leer los diarios para llegar a la conclusión de que la Conferencia Episcopal Argentina vive en una nube de pedos y se agota en reuniones estériles, inútiles y perjudiciales. Porque aparte de desviar el tema de atención: que declararon en la jeta de Bergoglio y los Obispos una ley de maricones que es ultrajante y destructora de todo el poco rastro de dignidad que le quedaba al país, sin tener las pelotas suficientes para hacerse cargo del grave error cometido en años y años de abandono del combate, aparte se dan el lujo de agregar temas a la agenda, que lejos de ayudar, indignan más a este cronista: son los temas de la inseguridad y el aborto.


Digo que indignan más porque lejos de desviar el problema, se autoperjudican. Añaden a un fracaso, otro peor, como es el de la seguridad, y uno que se viene perdiendo abiertamente, como es el del aborto.


Pero nos detengamos un momento en cada uno.


En cuanto a la inseguridad, toda palabra es superflua, los hechos se nos presentan en dantesco espectáculo. Se ha perdido la soberanía y la posibilidad siquiera remota de caminar libremente por una calle. En la era de las escuelas públicas a montones y de los derechos civiles, algo tan simple como trasladarse a una plaza, tomar un colectivo, salir en el auto o volver del trabajo representa una aventura osada y peligrosa. La muerte se ha banalizado y la tragedia es el pan del día. En esta semana sola se podría armar un compendio claro y horroroso. “Matan a un policía a balazos frente a su familia”. “Salió a trabajar en moto y se llevó por delante un colectivo y murió. No llevaba casco”. “Le prendió fuego a su novia”. “El entregador de Carolina Píparo declaró que lo hizo por mil pesos”. ¡Por mil pesos que asesinen a una chica! Se ve a las claras que el problema no son los ladrones, sino que la violencia y la vida frenética son los causantes de tanta locura. Matar está a la mano del pibe de 14 años que se droga, del veterano mafioso o del imbécil del novio despechado. Y no hay reparos de conciencia. Es espantoso. Y decimos que este tema es también un fracaso de los Obispos porque en diez años no hay cuestión que no haya sido tan recurrente como los problemas sociales en la prédica vacía de los prelados. ¿Qué consiguieron en este campo?


"La inseguridad genera una sensación de desamparo que preocupa a todos" dice Oesterheld.


Que se vayan a cagar. Que admitan el fracaso.


Esta gente debiera de pasar un año entero en penitencia. 6 meses en oración ante el Santísimo, terminando con confesión general. 6 meses enseñando catequesis en un Penal, para que vean lo que han conseguido entre los jóvenes por abandonar la enseñanza de la Fe y de las buenas costumbres.


Con respecto al aborto, hemos presenciado en estas semanas, una pegatina masiva de afiches en lo que se ha denominado “campaña de concientización sobre la nuevos proyectos de ley”. Sin valorar el contenido de los carteles, que oscila entre los que están bien realizados y los mediocres, es terrible ver que la lucha que piensa entablar la Conferencia Episcopal Argentina se resume en pegar carteles por el centro. Los enemigos, dueños de la gran prensa, propietarios de cuantiosas fortunas destinadas a campañas publicitarias, instalados en la TV, la radio, las universidades, los colegios, con un trabajo y una dedicación full time se deben destartalar de la risa al pensar que toda la “cruzada” de la CEA quedará en panfletos.


Nosotros, lamentablemente, no podemos reírnos. Pero pensamos que si ésta es la única solución a adoptar, estamos fritos, y el camino al fracaso es seguro.


Pero queda, como siempre, la esperanza de los buenos. De estas últimas marchas y manifestaciones en que muchos católicos han despertado de un largo sueño, se han suscitado nuevas vocaciones al combate. Y como nuestra respuesta a tanta malicia que se ciñe por los ya turbios cielos de la Patria no puede ser la de los folletitos, es hora de fortalecer los grupos de formación y militancia.


Dónde no existan, que se funden grupos de estudios. Los domingos deben ser los días de catequesis y doctrina. Los padres que destinen el domingo para la lección del catecismo. Que la Televisión Pública y el Torneo Apertura se vayan a la mierda. Los niños deben aprender y fortalecerse en la Fe. En la semana hay que reunir a las familias que han participados de las marchas, y prepararlas para lo peor. Hay que saberse en guerra. Estudiar y aprender cada vez más de las cosas de la Patria y la Iglesia. Los grupos de militancia deben prepararse para chocar en la escuela. Ganar los profesores que más se puedan. La Educación Argentina tiene deficiencias graves: ¿Qué pasaría si se abandona de forma masiva las clases de ecuación sexual? Imprecar en clase a los docentes que se atrevan a injuriar la Iglesia. Levantarse e irse de los cursos. Hacerse respetar en la oficina. Es hora de acción, no exenta de vergüenza y persecución.


Lógico, estas palabras seguirán siendo una locura para el católico liberal y mistongo. Pero si tan sólo algún benévolo lector encontrara sentido en ellas… Pero eso ya es cosa de Dios Nuestro Señor. Mientras tanto, vamos concluyendo por hoy.


El título de esta editorial hacia referencia a “La muerte en las calles”, novela de don Manuel Gálvez. Obviamente que la situación es la diametralmente opuesta. Los que murieron en aquellas calles de los años 1806 y 1807 tuvieron la muerte heroica en la defensa de la Patria agredida. Pero hoy la muerte es desgraciada, absurda, y… al alcance de la mano. Aquella muerte de las Invasiones Inglesas tuvo finalmente a Dios como garante del sacrificio. Hoy intentemos que sea igual. Que no nos mate un chorro para quitarnos el celular. Perdamos la vida combatiendo la perversión y el vicio enseñoreado en nuestra pobre y triste Patria. Y Dios –lo ha prometido- no nos dará la espalda.





martes, agosto 17

A 160 años del Paso a la Inmortalidad del Gral. Don José de San Martín.


¡Presentes, General,

Con la patria ganada y el acento inmortal!




Oda al General San Martín


Por Ignacio B. Anzoátegui


¡Presentes, General,

Con la patria ganada y el acento inmortal!


Con usted los que fuimos tres o cuatro patriotas,

con usted los que somos varios cientos de miles,

Los de la patria pura, los que en la sangre viven

una patria sin dividendos de ferrocarriles,


Los que tuvimos la fortuna

De jugar en la mesa de la historia nuestra moneda inoportuna,


Los que tuvimos la limpieza –la limpieza de sangre y de intenciones-

De jugarnos el todo por el todo, cargados de pobreza y de razones,


Los que afirmamos la teoría

De que la patria no era ni sería una dependencia de la Masonería.


Los que sabemos que los pueblos tienen, como los hombres

su rendición de cuentas y su Juicio Final,

Los de la patria limpia, ¡con usted General!


Para la patria el aire de los siglos y la corazonada de la gloria

Y el silencio del águila bicéfala que vigila los pormenores de la historia;


Para la patria mía, que es bandada y bandera,

Para la antigua patria, que es pira y primavera,


La bandera en el cielo y en la luz el laurel,

Primavera de pólvora, paloma de cuartel.


Para la patria el alto sentido de la vida que se encierra

En la paz merecida y en la dignidad de la guerra


(De la guerra que haremos –si nos faltan aviones la haremos con soldados

Cuando estemos verdaderamente enojados).


Para la patria el claro sentido de la muerte, para la patria clara

Que es capaz de jugarse contra el miedo, a tiros y a sablazos, cara a cara,


Su honor y su alegría contra sus intereses

(Y si no que lo digan con banderas de luto los ingleses).


Para la patria todo lo que la patria pide:

Que la alegría no entra en componendas y el honor no se mide.


Para ella la nieve arrebatada y el aura del jardín

Y la herida y el canto y el clavel y el clarín.


Los que vivimos la alegría

De pedir cada día honradamente nuestro poco de pan

y nuestro poco de poesía,


Los que tenemos el consuelo

De saber que la patria es un ensayo de esperanza y de cielo,


Los de la patria antigua y el acento inmortal,

Los de la sangre limpia, ¡con usted, General!