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lunes, marzo 25

La luz y las tinieblas.


Como obra de tinieblas, no exige en general que los hombres se sepan expresamente marxistas; le basta con que su mentalidad no sea un obstáculo, que sirva a la praxis marxista, que es lo único que, aún teóricamente, cuenta. Es decir, que resulte cómoda arcilla para la edificación de la Ciudad futura de la técnica y el materialismo.

El "homo democraticus". TELAM.


por Rafael Gambra ***

Es tan antigua como el  mundo –lo hemos visto- la idea de que el conocimiento, tanto el de los sentidos como el intelectual, se realiza en el seno de una luz o de un medio que lo hace posible. En el Génesis, el Espíritu de Dios, que se movía sobre las aguas informes, creó la luz en el primer día, antes de crear el Sol y los cuerpos celestes que no alumbraron hasta el cuarto día. Se ha interpretado que esa primigenia luz era el medio en el cual sería posible la claridad del conocer: la luz física para ver, la luz inteligible para entender. Sería también el momento en que el Caos –la superficie informe y vacía, las tinieblas que cubrían la profundidad del abismo- se convierten en Cosmos, mundo de límites, de luz y de inteligibilidad.

Platón, en el mito de la Caverna (Rep. VII), hace brotar de la suprema Idea de Bien “la luz y la inteligencia”. Y Aristóteles supone que la intelección (el acto de comprender intelectualmente) se opera a través del entendimiento agente (nous poietikós), al que imagina como una luz que penetra las cosas sensibles iluminando su esencia o el universal que está en ellas, al modo como la visión sensible requiere de la luz física como medio en que se produce, y la audición del aire o atmósfera.

La gran corriente de filosofía cristiana que parte de San Agustín y recorre las edades cristianas hasta Malebranche, supone que cuando entendemos, vemos las cosas en Dios, en quien residen en su esencia como ideas arquetípicas o ejemplares. Él es quien ilumina al espíritu que pretende conocer, que aspira a la verdad. El entendimiento aparece así como un quid divinum, y la contemplación intelectual como la obra del “verbo divino iluminando con su venida a todos los hombres” de que nos habla San Juan. Recordemos el prólogo a su Evangelio: “En el Verbo estaba la Vida / y la Vida era la luz de los hombres / y esta luz resplandece en las tinieblas… El Verbo era la luz verdadera que alumbra todo hombre / que viene a este mundo”.

En la vida de los pueblos y civilizaciones se da también una como iluminación superior que procede siempre de una común emoción religiosa. Es ella la que les otorga la misión y la personalidad colectiva con que irrumpen en la trama de la Historia. En esa luz de la fe las civilizaciones alcanzan una visión en cierto modo sobrenaturalizada de las cosas, de sus relaciones, de sus designios. En el seno de ésta que fue civilización cristiana, el mundo y la vida fue para sus hombres como una cierta teofanía y un camino hacia el más allá. El lenguaje común lo delata aún en nuestros días: a un “si Dios quiere” condicionamos nuestro mañana; adiós decimos por despedida; Dios guarde, como saludo; Dios te lo pague, como gratitud; Dios le ampare, como excusa a la limosna; Dios lo quiera, como deseo; Dios no lo permita, como temor; en nombre de Dios, juramos, como en Dios, bendecimos; por gracia de Dios reinan los reyes; con un descanse en paz (de Dios), dejamos a los muertos; hasta con el nombre de Dios se rebela contra su suerte el blasfemo… Podría afirmarse que en esa civilización la fe se situaba entre el hombre y las cosas como luz y como elevación –como gracia-, sostenida siempre por el lenguaje y las costumbres.

De modo similar, cabe afirmar para grandes sectores del mundo actual que entre la mente de los hombres y las cosas se interpone la cosmovisión marxista y su lenguaje. Estamos asistiendo a una difusión de la mentalidad marxista entre las nuevas generaciones comparable en su rapidez a la extensión del cristianismo en la Europa occidental durante los siglos alto-medievales (V al VIII). En el logro de este espectacular resultado el marxismo no ha dirigido su propaganda de modo predominante a la persuasión de las mentes por vía intelectual. Su objetivo han sido estratos más profundos de la vida psíquica: el subconsciente, la emotividad, la oscura formación de reflejos y su condicionamiento. Es en estas esferas, y a través sobre todo de los sistemas de educación, cómo se logran las adhesiones más ciegas y las actitudes más decididas.

Hay, sin embargo, un objetivo aún más ambicioso o radical en la obra de marxistización de las mentes y del ambiente humano, objetivo no siempre visto ni destacado. Para éste no se sirve ya el marxismo de técnicas psicológicas como el psicoanálisis o el condicionamiento de reflejos, sino que imita a las religiones y a los profetas, en cierto modo al mismo Dios como creador de aquella luz o medio en el que se da la visión y la inteligencia. La formación de este medio interpuesto entre las mentes y las cosas se alcanza sobre todo a través del lenguaje, de la mutación semántica que hemos ampliamente ejemplificado, y de la remitificación de las palabras. Por este camino se ha llegado a crear un medio –más que luz diríamos tinieblas- para el conocimiento y la reactividad media de los humanos, por cuya virtud no pueden éstos dejar de ser –conciente o inconscientemente marxistas, o al menos de servir a su mundo.

Como obra de tinieblas, no exige en general que los hombres se sepan expresamente marxistas; le basta con que su mentalidad no sea un obstáculo, que sirva a la praxis marxista, que es lo único que, aún teóricamente, cuenta. Es decir, que resulte cómoda arcilla para la edificación de la Ciudad futura de la técnica y el materialismo. Nada más útil para este fin de condicionar (o mediatizar) que la mentalidad democrática, por ser el más perfecto disolvente de las convicciones y del sentido de responsabilidad personal. Cuando se logra penetrar de democracia liberal hasta las profundidades psicológicas y anublar así la luz del conocimiento, todo juicio se convierte en opinión, en igualdad de status con los demás,  y todo énfasis afirmativo se hace extraño y recusable.

Se profesa entonces públicamente la religión de la Humanidad, cuyos ideales únicos serán el progreso y el bienestar temporales. La Iglesia de esa religión humanista será la ONU, encargada de servir a la comprensión universal, para cuyo designio habrá que desarraigar universalmente la profesión auténtica de cualquier creencia o convicción, consideradas como prejuicios y origen de discriminación.

La coronación de este empeño habrá sido el convertir a la propia Iglesia Católica en cooperadora del ideal democrático para los países históricamente católicos.

Se obtiene así un tipo de hombre, casi programado en los laboratorios de la comprensión universal –el homo democraticus-, que podría describirse con estas características:

-          Habla el lenguaje trasmutado.
-          Carece del sentido de lo propio y es ciego al valor de la continuidad.
-          Su meta es el desarrollo y el confort personales, incluido algún placer u hobby.
-          “Pasa” de todo lo demás, a lo que considera opiniones, prejuicios, fijaciones.
-          Considera a la vida como una “realización” de sí mismo o una liberación de sus impulsos.
-          Posee una vaga conciencia de oprimido por culpa de ellos (ils) que son, por mitades, los que mandan y los grandes plutócratas internacionales.
-          Muestra un conformismo ilimitado ante los hechos consumados, considerándolos irreversibles.
-          Se rebela contra todo lo que le afecte económicamente o en sus derechos, pero siempre gregariamente, bajo consignas y sin riesgos.
-          Ve todo pasado como siniestro, el presente como oportunidad y el futuro como un “reto de la Historia”.
-          Cree que la paz es un valor absoluto y la guerra su contravalor.
-          Entiende la religión como filantropía o, en otro caso, como despotismo del clero.
-          Se nutre mentalmente de la televisión y del deporte.
-          Juzga toda desigualdad como “discriminación”, y toda discriminación como opresión de los “poderosos”.
-          Repudia la violencia, “venga de donde viniere”. Se muestra, sin embargo, celoso guardián de sus derechos, que siempre considera mermados.
-          Adopta como criterio situarse en un punto medio dentro del “espectro” de opiniones u “opciones” que le brindan los mass media.
-          Se cree cualitativamente joven, establece una complicidad mediante el tuteo con los de su generación, y hace de esa juventud una patente de corso o un arma.
-          Viaja mucho y a la mayor velocidad posible. Nunca se encuentra a gusto donde está en su tiempo libre.
-          Se hace un problema del empleo del ocio y muy rara vez se pregunta por el sentido de las cosas.

Este tipo de hombre no está localizado, carece de patria y de tiempo: es universal en su extrema uniformidad. Y aunque en sí indefinidamente maleable y partidario del cambio y de la revolución permanente, no evoluciona en sí mismo ni posee objetivo para transformarse o resistir. Como el animal, repetirá eternamente la melodía vital de su especie.

La principal característica del medio en que ese hombre vive es la inexistencia en él de unas nociones de bien o de verdad absolutas que otorguen criterio para los designios y jerarquía a los valores. Por ello mismo se tratará de un universo sin sentido. Aunque el calificativo más usado por ese hombre sea el de “positivo” (en sustitución de verdadero y de bueno), resulta curioso observar que todos los “altos conceptos” que maneja en sus alocuciones sean, en su fondo, negativos.

Paz quiere decir, en su mentalidad, ausencia de guerra; justicia significa igualdad, es decir, negación de toda diferencia; bienestar es símbolo de confort, ausencia de obstáculos o penurias vitales; desarrollo supone superación de limitaciones económicas; democracia, la eliminación de principios absolutos o trascendentes; libertad, ausencia de contrición. Sus virtudes –la comprensión universal y la tolerancia- significan la eliminación social de las convicciones y las certezas.

Estos “altos conceptos” son, además, teleológimante intercambiables. Es decir, que todos pueden ordenarse a todos y ninguno prima sobre los demás. Lo mismo puede decirse que la justicia tiene como objeto la paz, que sostener que la paz es la base de la justicia; que la democracia sirve al desarrollo, o que el desarrollo conduce a la democracia; que la tolerancia engendra la libertad, o que la libertad es el camino de la tolerancia; que el progreso es la paz, o que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, etcétera.

En última instancia, se dirá igualmente que la sociedad democrática sirve al Hombre como que el hombre sirve a la sociedad democrática.

Este universo sin finalidad ni sentido provocó el reproche que Saint-Exupéry dirigió al socialismo: “No os condeno por favorecer lo utilitario, sino por tomarlo como fin. Porque, ciertamente, son necesarias las cocinas del palacio, pero a fin de cuentas es el palacio lo que vale y las cocinas deben servirlo. Os conjuro a que me digáis qué es lo importante de vuestra obra. Y permaneceréis mudos ante mí. O me diréis: respondemos a las necesidades de los hombres; los albergamos. Sí, os diré: como se responde a las necesidades del ganado, al que se instala en el establo, sobre su paja”.

Por supuesto, este marasmo “humanista” de nociones interrelacionables entraña la negación de cualquier fin absoluto, de una noción trascendente. El hombre se sirve a sí mismo, y toda afirmación de algo propio, profesado o servido, que excede de ese tejido  de condicionamientos utilitarios será recibida como sospechosa. El ablandamiento y la maleabilidad de las palabras conlleva el de los conceptos y el de las almas. La cosmovisión resultante expulsa de sí cualquier noción de entrega, de fervor, de heroísmo, el “ansia altiva de los grandes hechos”. Cuando los Estados democráticos han de hacer frente a un ataque militar del exterior recurren vilmente a una no completa asimilación de su teoría por parte de su población. Ya que tal teoría jamás consentiría la lucha ni el riesgo de la vida por un imperativo de la Patria o del Honor.

Retorna a nuestra memoria la fábula que sobre la sociedad democrático-tecnológica escribió René Barjavel en su novela Le Diable l´emporte: al igual que en París se guarda el prototipo del metro como unidad de medida, así la civilización de la ONU conservará un paradigma –científicamente inmortalizado- del hombre civilizado: un bello mancebo de plácida mirada, cómodamente sentado, que repetirá con voz dulcísimo ante los visitantes del museo lo esencial de su pensamiento: Je suis heureux, Je suis heureux, Je suis heureux… *

Se ha comparado también esta cosmovisión que nace de la manipulación semántica con el castigo bíblico de la Torre de Babel al que aludimos en el comienzo de estas páginas.

En aquel castigo el lenguaje se trocó en lenguas múltiples y los hombres no se entendían. En la presente hora de la democracia y el socialismo las lenguas todas, sometidas a un mismo proceso de trasmutación, se reducen a una sola, insignificativa o engañosa. Y los hombres no se entienden porque nada pueden ya ver ni entender en las tinieblas que se van extendiendo sobre la tierra. La Confusión de hoy no multiplica las hablas ni disemina a los hombres por el mundo, sino que más bien contrae todas las lenguas a una sola y concentra a los hombres en núcleos masivos para la edificación de una Torre impía e inacabable: la re-creación del hombre mismo y de su mundo  por la praxis materialista.

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