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sábado, julio 23

Notas sobre la rebelión restauradora. (3)

Ilustraremos la nota de hoy, con las fotografías de la expulsión del cura párroco de Franqueville, por orden de su Obispo y con intervención de la fuerza pública (Francia). El delito del sacerdote, de 67 años de edad y 40 de cura, es seguir rezando la Misa con el antiguo misal. Los gendarmes clavaron las puertas de la iglesia, para que el "rebelde" no volviera. Es un testimonio del ambiente  eclesial, en los primeros años de los 70... ***


por el Acólito Suplente


Los rebelados de nuestra historia, dicen actuar amparados por el Derecho de necesidad, el cuál es necesario definir. Para ello utilizaremos dos notas.

En este caso, el Derecho de necesidad supone que existe un Estado de necesidad.

Estado de necesidad es un estado en el cual los bienes necesarios para la vida natural o sobrenatural se encuentran amenazados de tal forma que uno se encuentra moralmente constreñido a infringir la ley, para salvaguardarlos. *

Para que podamos invocar el estado de necesidad y nos encontremos favorecidos por el derecho correspondiente, es necesario:

1) que verdaderamente exista un estado de necesidad;

2) que se haya intentado remediarlo recurriendo a los medios ordinarios;

3) que el acto "extraordinario" cumplido no sea intrínsecamente malo y que no resulte un daño para el prójimo;

4) que, en la violación de la ley, se permanezca dentro de los límites de las exigencias realmente impuestas por el estado de necesidad;

5) qué no se ponga en cuestión de ninguna manera el poder de la autoridad competente y que, al contrario, se pueda presumir razonablemente que en circunstancias normales dicha autoridad habría dado su asentimiento. **

Un rebelado de la época del Concilio Vaticano II o inmediatamente posterior podría preguntarse: ¿los bienes necesarios para la vida natural o sobrenatural se encuentran amenazados…?





* Eichemann – Morsdorf: Tratado de derecho canónico; G. May: Legítima defensa, resistencia, necesidad.
** La tradición excomulgada. Bs. As., Fundación San Pío X, 1991.
*** Las fotografías las tomamos del libro de M. Roberto Gorostiaga: "La Misa, la obediencia y el Concilio Vaticano II". Bs. As., Ediciones Fundación, 1979.


Palotinos: “mártires”, montoneros y ranherianos.



tomado de Catapulta


El 2 de julio de 1976 Montoneros hizo estallar una bomba en un comedor de la Policía Federal Argentina. Murieron 23 personas -entre ellas un invitado civil – y hubo 60 heridos.

Dos días después, durante la noche del 4 de julio, un grupo armado entró en la Iglesia de San Patricio, en el barrio de Belgrano, y ultimó a los sacerdotes Pedro Duffau, Alfredo Leaden y Alfie Kelly y a los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti, todos palotinos.

Desde aquellos tiempos se habla de “La masacre de San Patricio”, sin vincularla con la bomba en el comedor policial.

Y el aparato publicitario de la progresía política, con la complicidad de la jerarquía eclesiástica, se encargó de difundir el bulo de que los muertos de San Patricio eran mártires.

En la misa de conmemoración del episodio dijo el cardenal Poli: “Los hermanos palotinos llevaron con fidelidad una lógica de vida y alegría. Vivieron en compromiso con los débiles y los pobres”,

“La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”,
Por qué no pensar que se entregaban a la vida fraterna aquellos palotinos de los que hoy hacemos memoria”

La misa fue concelebrada por el obispo de Chascomús y secretario general de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Carlos Humberto Malfa, y los obispos Jorge Lozano (Gualeguaychú), Oscar Ojea (San Isidro), Fernando Maletti (Merlo-Moreno), Gabriel Bernardo Barbas (Gregorio de Laferrere), Carlos Tissera (Quilmes) y Guillermo Rodriguez-Melgarejo (San Martín); los obispos auxiliares Martín Fassi (San Isidro), Joaquín Sucunza (Buenos Aires), Enrique Eguía Seguí (Buenos Aires), Alejandro Giorgi (Buenos Aires) y Jorge Torres Carbonell (Lomas de Zamora), además de unos 50 sacerdotes, en su mayoría palotinos”.


Durante la celebración se leyó un mensaje de Bergoglio que decía:

Hacer memoria de estos testigos puede ser un estímulo para todos nosotros; nos presentan una vida entregada, olvidada de sí; que, como en el servidor del Evangelio, busca estar donde está su Señor, entre los últimos.


Para la Comunidad Palotina:

El compromiso de fe los llevó a defender el valor de toda vida y promover los valores evangélicos de la justicia, de la paz y del compromiso con los indefensos de la humanidad”.

Y esto solicita Juan Antonio Velasco, postulador de la causa de beatificación (y de canonización posconciliar y ultrarrápida):

“Formulamos un pedido a las autoridades de Roma para que el trámite se inicie. Tenemos el respaldo del cardenal Mario Poli. Nuestra postura es que la canonización corresponde por el martirio que padecieron los cinco”,

“Cuando la causa es de martirio no necesariamente buscamos probar ningún milagro. Lo que tenemos que probar es el martirio. Se supone que quien murió mártir vivió las virtudes heroicas en vida”,


Pero veamos en qué andaban los seminaristas “mártires”:

Emilio Barletti era un querido compañero de la Juventud Peronista y Montoneros que prestaba el recinto de la parroquia para reuniones de jóvenes que se oponían a la dictadura militar y además facilitaba el mimeógrafo existente para confeccionar proclamas de resistencia a los genocidas. Emilio trabajaba pastoralmente en las villas de emergencia de la zona Sur del Gran Buenos Aires y era integrante de un importante grupo que se estaba gestando en el seno de la Iglesia de Cristo perseguida y que se denominaba “Cristianos para la Liberación”.

Su primera participación política (antes de 1972) fue en el Movimiento de Renovación y Cambio liderado por Raúl Alfonsín. Luego cansado del guitarreo y la sanata, emigró al peronismo revolucionario”.


Sobre Barbeito escribe Horacio Verbitsky, en uno de sus libros:

“La guerrilla creó un organización de superficie que se llamó Cristianos para la Liberación en la que había sacerdotes como Jorge Adur,Vicente Adamo,Emilio Neira y Pablo Gazzari; yseminaristas como el palotino Salvador Barbeito”… (Verbitsky (a) “Capitán Salazar” conoce mucho del tema: fue uno de los responsables del atentado a la Policía Federal)


Por su parte el párroco Kelly no desconocía las actividades de los seminaristas y tampoco ignoraba que en su parroquia servía de centro de reclutamiento de los Montoneros y es difícil creer que los padres Duffau y Leaden, que vivían en el templo, no lo supiesen. Todo indica que los seminaristas tenían directa relación con la célula que planificó la voladura de la dependencia policial. De allí la inmediatez y ferocidad de la represalia, algo que debe enmarcarse en la brutal guerra revolucionaria que asoló a nuestra Patria desde los años 60, con el apoyo del castrocomunismo. Y debe recordarse que uno de los brazos de la subversión fue el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, en cuyas filas militaron más de 400 sacerdotes y religiosos, varios de ellos involucrados en acciones armadas.

Déjense de macanear Bergoglio, Poli y sus paniaguados con el cuento de los “mártires”.
Basta de Mugicas y Angelellis. Intenten ser honrados -sé que no les será fácil- y acuérdense de Genta y de Sacheri, que sí murieron por Cristo.

Notas catapúlticas

1)Rahner propuso la “ampliación del concepto de martirio” en un artículo publicado en el número 183 de la revista «Concilium» (Marzo de 1983).

Para el heresiarca: “…También cuando se cae luchando por las convicciones cristianas constituye la muerte un testimonio en favor de la fe caracterizado por una decisión sin reservas; tal decisión integra en la muerte toda la existencia, está inspirada y sustentada por la gracia de Dios y se toma en medio de la más profunda impotencia interna y externa, que el hombre acepta resignadamente. Todo ello puede aplicarse también a la muerte sufrida en la lucha, ya que, en la vivencia de su fracaso, estos combatientes experimentan y sufren su propia impotencia y el poder del mal, lo mismo que el mártir paciente en sentido tradicional”.

http://servicioskoinonia.org/relat/142.htm

2)Para uno de los validos de Bergoglio, el cura villero “Pepe”Di Paola, los palotinos “eran personas muy comprometidas en la vida de la Iglesia, con los pobres: son de las tantas personas que padecieron la violencia del Estado. Ellos tuvieron una vida sencilla, de compromiso serio, de vida comunitaria. vencieron sus propios miedos, y cumplían la tarea que como iglesia tenían que tener. Vivían en comunidad: 5 personas con personalidades distintas pero con un mismo objetivo. Por todo eso creemos que están en el camino y deberían ser proclamados por la Iglesia como testigos de la fe”


http://www.andaragencia.org/a-40-anos-de-la-masacre-de-san-patricio/

domingo, julio 10

Notas sobre la rebelión restauradora. (2)

El nivel jurídico.


por el Acólito suplente

El nivel jurídico merece también un estudio previo en el que nosotros tampoco podemos detenernos. Simplemente vamos a indicar unas pocas ideas. 

La fundamental, creemos, porque lleva a muchísimos errores, es la de suponer que las leyes de derecho eclesiástico no se pueden equivocar. Mucho peor: que los dictámenes de un papa, obispo u arzobispo deben ser obedecidos sin reserva.

Este tema es importantísimo a la hora de analizar, por ejemplo, la excomunión lanzada en contra de Mons. Lefebvre, prevista por el Código de Derecho Canónico de 1983.

Primera noticia entonces, este trabajo supone que el lector conoce que la Iglesia Católica tiene un Código legislativo promulgado en el año 1983, en reemplazo de un código anterior, del año 1917, que tuvo nada menos que la originalidad de codificar todo el cuerpo jurídico eclesiástico anterior. 

Este trabajo supone entonces que el lector sabe que las leyes de la Iglesia que hoy están en vigencia rigen en la medida que reflejan su armonía con el derecho divino y la tradición (en sentido amplio, pero legislativa también). 

Lo contrario, es decir, analizar todo el problema a la luz del Código de Derecho Canónico de 1983 es simple y llanamente una forma eclesiástica (novedosa, por cierto) de positivismo jurídico.

El positivismo jurídico consiste esencialmente, explica el querido maestro Carlos A. Sacheri, en reducir el derecho y la justicia a lo establecido en la ley positiva que dicta la autoridad política. Por ello niega validez a la doctrina del derecho natural, reduce la moral y la justicia a una valoración puramente subjetiva y niega a la persona todo derecho que no le sea expresamente reconocido por la autoridad. (1)



(1) El orden natural, cap. 11, p. 35.

sábado, julio 9

Independencia.


por Enrique Díaz Araujo *

Si simples eran las motivaciones de la Autonomía, más singulares y elementales fueron las de la Independencia.

De nuevo: veamos.

El antiguo profesor de la Universidad de Harvard, Clarence Haring, nos explica que:

“… de no haber surgido la circunstancia de las guerras en Europa, y de haber existido la posibilidad de que Fernando VII, después de su restauración hubiera acordado a sus súbditos una moderada libertad política y económica, el imperio se habría conservado, al menos por un tiempo.
Las guerras de la independencia fueron esencialmente guerras civiles. Uno de los rasgos más llamativos de todo el movimiento fue la prueba de lealtad a España, que dio gran parte de la población. En muchas regiones, el núcleo de las fuerzas realistas estaba constituido por hispanoamericanos…
En un principio, la mayoría de los criollos que tomaron y condujeron los movimientos revolucionarios no se mostraron propensos a romper por completo con España. Fácilmente podía haberse llegado a una reconciliación, otorgándose un tratamiento justo y razonable y adecuadas concesiones de autonomía…
Se convirtió gradualmente en un movimiento contra la autoridad española por la fuerza de las circunstancias imperantes en Europa”.

Sí; así es.

La independencia surgió de las pugnas entre peninsulares para otorgar mayor o menor poder al Rey y del interés de la Restauración francesa en evitar reiteraciones más o menos revolucionarias en sus fronteras. Pero, sobre todo, nació de la personalidad del rey restablecido en el trono, un sujeto digno de estudios psiquiátricos, quién de haber sido el “deseado”, cuando estaba preso en Valencay (donde se dedicaba a tejer calcetas), pasó a ser el “odiado”, tanto en la Península como en América. Si el adjetivo “estúpido” le cabe a un gobernante, ése tal fue Fernando VII (Napoleón Bonaparte había descrito la familia real española, esto es, a la Reina María Luisa, al rey Carlos IV, y al Príncipe de Asturias, Fernando, con estas palabras: “la madre era adúltera, el padre consentido, el hijo traidor”).

Y, pues, fue ese mismo Fernando VII quien, el 30 de mayo de 1816, ordenó la expulsión del ministro argentino plenipotenciario Bernardino Rivadavia quien había ido a rendirle pleitesía. Datos anteriores y similares a éste, conocidos en el Río de la Plata, provocaron la Declaración del 9 de Julio de 1816, de Tucumán.

Cual lo había adelantado en un sermón patriótico, fray Francisco de Paula Castañeda, el 25 de mayo de 1815:

“Diremos, que si el mal aconsejado Fernando no quiere unirse con sus leales vasallos, él mismo es el que, cual otro Roboam, se ha dado a sí mismo la sentencia, y no es regular que lloremos mucho, porque tal sentencia se cumpla y se ejercite; diremos que Fernando VII… que rehúsa nuestros homenajes con melindre desdeñoso, para que en adelante lo tratemos con desprecio. Diremos, que si este mal aconsejado joven le desagradó tanto nuestra lealtad, busque vasallos desleales, que los encontrará en la Península a millares y millones. Diremos, que el haberlo reconocido y jurado cuando estaba preso en Francia, no fue más que un rasgo de generosidad americana, y que al ver su indigesta y cruda ingratitud, no queremos continuarle por más tiempo un obsequio tan indebido”.

Estólida ingratitud hispana ante la generosidad americana: causa de la Independencia.

Quienes no habían tenido que esperar al desenvolvimiento de las potencialidades negativas encerradas en los talentos borbónicos, fueron dos hombres que conocían de cerca la escandalosa intimidad de esa Casa Real. Nos referimos, claro está, a Simón Bolívar (que había estado en la guardia de corps, junto a Mallo y a Godoy, amantes de la Reina María Luisa) y José de San Martín (cuyo hermano Justo Rufino también había sido oficial de aquel regimiento de favoritos de la Reina). Esos dos hombres principales que, con Agustín de Iturbide, conforman el trío de Libertadores de América, no habían alentado ninguna ilusión acerca de la evolución favorable de la postura autonómica. En consecuencia, ellos fueron los anunciadores, adelantados y ejecutores de la Independencia.

Queremos subrayar que fueron ellos, y no los denominados “precursores”, que tan sólo estaban interesados en las “reformas” (religiosas) del sistema español, los artífices de la Independencia. Los “precursores” (del tipo de Mariano Moreno) querían cortar con la Madre Iglesia, no con el Padre Rey.

San Martín no hacía un secreto de su opinión sobra la conducta española – “España se halla reducida al último grado de imbecilidad y corrupción”: Proclama a los habitantes del Perú, 13.11.1818, y Bolívar menos, al punto que estaba dispuesto a llevar una “guerra a muerte” a los “godos”, si se empeñaban en rechazar la emancipación americana. Pues, antes y después de la restauración de Fernando VII, absolutistas y liberales peninsulares combatieron por igual la independencia americana. Especialmente enemigas de América fueron las Cortes liberales de Cádiz, que sancionaron la Constitución laicista de 1812. Luego, hubo guerra, decidiéndose la suerte de las armas en Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. Hecho memorable que, un siglo después, hizo decir al poeta Leopoldo Lugones que las espadas de los granaderos nos dieron “lo único enteramente logrado que tenemos hasta ahora, y es la Independencia”.

Independencia tuvimos, sin ayuda de nadie, gracias al valor y al coraje de nuestros bravos paisanos. Y eso es algo de lo que siempre deberemos enorgullecernos, repitiendo aquellas estrofas originales del Himno: “se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa Nación”.
Lo importante, didácticamente, es que se eviten confusiones. Así, Mayo es Autonomía (no: “Libertad”, ni “Revolución”, por lo menos si a lo acontecido en la Semana del 18 al 25 de mayo de 1810, se le pretende adjudicar una motivación ideológica), y Julio es Independencia. E “Independencia” supuso contar con una Nación Soberana (donde los elementos de “pueblo”, “territorio”, “religión” y “costumbres” preexistían, pero formando parte de otro Estado). Desde el 9 de julio de 1816 existió la Nación Argentina, para la cual el poeta Francisco Luis Bernárdez cantó las estrofas siguientes:

“Dios la fundó sobre la Tierra para que hubiera menos hambre y menos frío.
Dios la fundó sobre la Tierra para que fuera soportable su castigo.
Podemos dar gracias al Cielo por la belleza y el honor de su destino.
Y por la dicha interminable de haber nacido en el lugar donde nacimos.
La patria vive dulcemente de las raíces enterradas en el tiempo.
Somos un ser indisoluble con el pasado, como el alma con el cuerpo.
Dios la fundó sobre la Tierra para que hubiera menos llanto y menos luto.
En las tinieblas de la Historia la Cruz del Sur le dicta el rumbo más seguro.
Ninguna fuerza de la Tierra podrá torcer este designio y este rumbo”.

Digamos, por fin, que aquél de otrora fue un designio combatiente; actitud que siempre debiera estar vigente. Para lo cual, para mantener la bandera realmente izada, en estas épocas de globalización esclavizante, deberíamos quedar obligados a permanecer doblemente atentos y vigilantes. Tal cual lo indicaba el poeta Carlos Obligado, al recordarnos, en 1943:

“Mas, ved, que el campo es de aluvión, inmenso.
Y el cardo amaga entre la mies fecunda;
Y en este mundo, a la abyección propenso,
Oro socava lo que acero funda”.

* Aquello que se llamó la Argentina. Mendoza, El Testigo, 2002, pp. 26 – 31.

martes, julio 5

Ante otro aniversario de la Defensa de Buenos Aires.

El Ejército Invisible



Por Antonio Caponnetto *

Unidos en la unánime aventura
de rescatar la tierra con sus dotes,
los varones planean la conjura.

Porque sangra esta cruel cabalgadura
en la ciudad montada de hugonotes.

La sombra, veterana compañera
de complotados, tramas, sortilegios,
oye propuestas con su faz señera.

Cuentan armas, revisan la leñera,
todos juran vengar los sacrilegios.

Ya Fornaguera, el catalán fogoso,
pide sin más, pasarlos a cuchillo
y Alzaga asiente: no será costoso.

Otros piden rodear, cavando un foso,
minando el Fuerte en un fatal anillo.

Se habla de asaltos, lazos, emboscadas,
de una quinta en Perdriel dada al olvido
con acciones de guerra, agazapadas.

Un gaucho preguntó por las Cruzadas:
el invisible ejército ha nacido.

Cada casa un alcázar o un bastión,
cada torre un vigía desvelado.
Los Húsares ya están con Pueyrredón.

Y probando el cerrojo de un cañón
Felipe Sentenach ruge callado.

Quien pudiera asomarse a esos balcones
de cánticos marciales, de entreveros,
con un cielo de pólvora y de halcones.

Quién nos restituyera las pasiones
para ser de la patria arcabuceros.

Solar que nombras a Santa María,
Puerto que invocas a la Trinidad
habitaron guerreros en tu ría.

Tal vez a fuerza de melancolía
haya otra reconquista en la Ciudad.

* Poemas para la Reconquista. Bs. As., Santiago Apóstol, 2006, pp. 21-22.

El más conocido sofisma de los vencedores de Caseros.


por Ernesto Palacio *

El más conocido de los sofismas con que se pretende justificar la coalición que triunfó en Caseros consiste en afirmar que la eliminación de la dictadura y la “organización” del país eran una condición ineludible del Progreso, atribuyéndole a esos hechos nuestro indudable crecimiento ulterior, por el aporte inmigratorio y la construcción de ferrocarriles.

Hemos visto que la dictadura fue una imposición de las circunstancias, para frenar la anarquía y las tendencias disgregadoras. Quien conozca el abecé de la ciencia política y no se pague en palabras huecas, ha de saber que el rigor de los gobiernos es directamente proporcional a la intensidad de las tensiones que deben dominar. A esta ley no escapó el de Rosas, que se había atenuado en los últimos años hasta el punto de permitir la vuelta sin molestias de los emigrados, aun de los más comprometidos. Ni tampoco la de sus adversarios liberales, que supieron menudear, cuando le fue preciso, con estado de sitio o sin él, los fusilamientos, los destierros y las prisiones.

Lo que se sabe hoy a ciencia cierta es que ni la dictadura, ni la guerra civil, ni los bloqueos, impidieron que la Argentina progresara durante el gobierno del Restaurador, en la medida en que lo permitían las condiciones de la época y a un ritmo más rápido que el de las otras naciones del continente. La población subió de 600.000 habitantes hasta casi el millón, en cuyo aumento entró en gran parte el aporte inmigratorio, lento pero constante. La proporción de las áreas sembradas en todo el país y la producción de las diversas regiones habían crecido correlativamente. Las industrias manuales y aún mecánicas se multiplicaban y prosperaban. Se había iniciado la mestización de los ganados e introducido el alambrado de los campos y la máquina a vapor. La industria saladera poseía una flota propia para comerciar sus productos. Muchos extranjeros, principalmente ingleses, se habían establecido en el campo y poseían estancias, donde trabajaban al amparo de la ley y el orden. Venían a aportar su esfuerzo al país como huéspedes bien acogidos y no, como más tarde, en tren de amos y de gerentes.

Es verdad que ¡no tuvimos ferrocarriles! Pero el ferrocarril apenas se iniciaba en el mundo.

El primero se había construido en Francia en 1837 y pasaron muchos años antes que los Estados Unidos construyera el suyo. Era un invento que se hallaba todavía en la fase experimental. Nada indica que no lo hubiéramos tenido a su tiempo con Rosas, como lo tuvimos con sus sucesores; aunque es seguro que en condiciones más favorables para nuestra economía.

Tampoco se produjo bajo Rosas la gran afluencia de inmigrantes que caracterizó  a la época constitucional. Pero ello no se debió a la supuesta xenofobia del régimen, ni al temor a la tiranía, sino a una circunstancia ajena al país. No había inmigración, simplemente, porque no se emigraba. El fenómeno inmigratorio americano no obedeció tanto a la esperanza de América cuanto a la desesperación de Europa, y empezó a ocurrir en gran escala a raíz de las crisis de desocupación y las bajas de los salarios provocados en el Viejo Mundo por la implantación del maquinismo, o sea alrededor de 1860. Nada indica que no hubiera ocurrido lo mismo bajo el Restaurador, cuando había garantías de orden y de trabajo cuya ausencia sentirían cruelmente más tarde los desesperados que se acogían a nuestro hogar.



* Historia de la Argentina, 1515-1943. Bs. As., Peña Lillo, 1974, pp. 145 y 146.

Notas sobre la rebelión restauradora. (Introducción)

*** Rebelión restauradora: Expresión del Cardenal Ratzinger a los Obispos de Chile, 13 de julio de 1988.



por el Acólito suplente


Algunos amigos me solicitan constantemente explicaciones sobre nuestra defensa de la Misa Tradicional, de Mons. Lefebvre y la Fraternidad San Pío X y otros temas conectados. 

Ciertamente el fenómeno encuentra cada año nuevos interesados, cosa que habla de su vigencia. Por lo tanto, he pensado en la posibilidad de sistematizar algunas explicaciones que pueden contribuir a encuadrar el tema en sus justos términos, así como traer  luz en la confusión generada especialmente por los sectores progresistas y neoconservadores de la Iglesia, que por no plantear bien el problema, terminan deformándolo.

Para comenzar debemos decir que el tema en cuestión debe plantearse en distintos niveles, muchos de los cuáles exceden los límites de este trabajo. Una simple enunciación nos llevaría a proponer:

a. Un nivel teológico.
b. Un nivel histórico.
c. Un nivel jurídico.
d. Un nivel litúrgico.

En el primer nivel, que claramente supera al trabajo del historiador, es necesario definir la importancia de los temas que nos ocupan desde la doctrina y la mirada sobrenatural. Nos referimos concretamente al valor de la Santa Misa y su importancia para la vida del catolicismo. 

No tiene sentido elaborar una explicación de los otros niveles a una persona que desconoce estos temas, mucho menos si no tiene fe. Hacemos esta advertencia en un doble sentido, el primero, para avisar que nosotros suponemos que estos temas están incorporados en el acervo de quién esto lee. Si no lo está, antes que andar curioseando en temas como el indulto de 1984 o de la sucesión de los abades del Barroux, conviene ponerse a estudiar el Catecismo y un buen manual de teología. 

Además, advertimos también la inutilidad de ponerse a discutir sobre estos temas, y sobre todo, reprender o reconvenir con dureza a personas que no tienen fe o su fe se visto oscurecida por la mentalidad herética o revolucionaria. Dígase lo mismo para un simple fiel que para un obispo. Si no tienen fe en la Santa Misa o los sacramentos, con mucha caridad, hay que comenzar por allí nuestro apostolado de misericordia...

domingo, julio 3

Los ideólogos.

El ideólogo es el intelectual al servicio del poder. Aquel para quien las ideas tienen valor de medios para lograr determinados objetivos políticos.



por Rubén Calderón Bouchet *


Con Guillermo de Ockham y Marsilio de Padua aparecen en el horizonte intelectual de nuestra cultura los primeros ideólogos. El término ideología pertenece técnicamente al léxico marxista y dentro de su contexto filosófico tiene un sentido preciso que no es exactamente el mismo que le damos nosotros en esta oportunidad.

El mundo griego conoció al filósofo y al sofista. La distinción entre una y otra actitud humana fue definitivamente establecida por Platón y Aristóteles. El sofista, dejando de lado toda intención peyorativa, fue un profesional de la inteligencia. Su tráfico con las ideas lo hacía, en el mejor de los casos, una suerte de científico capaz de aportar, a quien se lo pidiere, un conocimiento más o menos riguroso sobre diversos aspectos de la realidad.

El filósofo fue, a la manera griega, un teólogo; su preocupación principal, la búsqueda del ontos on, de lo que verdaderamente es ente, en el sentido egregio y divino del vocablo. La preocupación del sofista era técnica y profesional; la del filósofo, religiosa.

La cristiandad conoció la prelacía intelectual del teólogo. El hombre conocedor de la palabra de Dios podía descender de su altura especulativa y mirar el vasto universo donde se desplegaban los negocios humanos con ojos impregnados de saber divino. La perspectiva sobrenatural, el punto de mira de Dios, dominaba su horizonte intelectual y le permitía descubrir la íntima conexión entre las criaturas y su Creador.

El ideólogo nace en la cristiandad cuando la contemplación pierde su valor y el hombre comienza a mirar las cosas con una mirada dominada por la libido dominandi. El mundo ha dejado de ser un sacramentum y se convierte ahora en el campo donde la voluntad tiende los tentáculos de su dominación y se prepara para convertirlo en su cosa.

La superioridad de lo teórico supone la aceptación de un orden creado por la divina inteligencia y que el hombre sólo puede conocer en actitud contemplativa. La praxis, en el sentido clásico y cristiano del término, sólo es posible si se acepta la doble objetividad del orden metafísico y del orden natural ofrecidos por Dios para que el hombre realice su perfección eterna y temporal.

El cristianismo conoció una relación estrecha entre teoría y praxis, entre contemplación y acción. El mundo moderno destruirá esta unidad vital cuando desligue al hombre de su vinculación espiritual con un orden objetivo de instancias religiosas y lo lance con toda su energía a una acción transformadora de la realidad.

Marx llamará praxis a esa acción, pero por su índole parece pertenecer al dominio de eso que Aristóteles llamaba poiésis. La visión de un mundo en constante proceso de realización y cuyo principal demiurgo fuera el hombre mismo halló en Hegel su explicación ideológica más acabada. Pero en el caso de la Edad Media, dentro de una mentalidad todavía impregnada de ideas cristianas, se comienza a vislumbrar esa visión en el concepto que tienen de Dios sus teólogos más significativos.

Un ideólogo es alguien para quien el trabajo de la inteligencia tiene sentido si está sometido de antemano a un proyecto de actividad productiva. El ideólogo no contempla, porque no hay nada que contemplar. Dios es voluntad omnipotente y sólo interesa conocer sus designios, o bien el hombre es único ejecutor consciente en el proceso por el cual el mundo se realiza a sí mismo. La tarea del ideólogo será la invención del programa para dirigir la acción.

A la relación entre el proyecto del ideólogo y la realización efectiva de ese plan, Marx la llama primacía de lo práctico sobre lo teórico. En verdad se trata de la superioridad que en la faena poética tiene la producción del artefacto sobre su simple condición de esquema programático. Una casa en la mente del arquitecto es pura quimera si no resulta factible.

El ideólogo es el intelectual al servicio del poder. Aquel para quien las ideas tienen valor de medios para lograr determinados objetivos políticos. Guillermo de Ockham y Marsilio de Padua son los representantes más egregios de la ideología en el siglo XIV.


* Decadencia de la Ciudad Cristiana. Bs. As., Dictio, 1979, pp. 139-141.

R.I.P.: Esteban Falcionelli.

Falleció el 27 de junio de 2016.



Desde este blog elevamos una oración por su eterno descanso en Cristo.

sábado, enero 16

Breves consideraciones para recoger las facultades dispersas, introducirlas en la oración y ponerlas en la presencia de Dios.

(de San Bernardo)



“Intenciones, pensamientos, afectos, voluntades y todo mi interior, venid, subamos a la montaña, vamos al lugar santo, donde Dios ve y es visto. 

Quedaos aquí cuidados, preocupaciones, ansiedades, trabajos, penas e inquietudes; esperadme aquí.”

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El hombre liberal frente a la muerte.

En presencia, pues, del hecho inevitable de la muerte, la persona liberal siente el alma invadida por una tristeza infinita. (…) Y en este respecto, la muerte para él es una decepción.



Por Nimio de Anquín *

La persona humana del personalismo actual está frente a la muerte empeñada en no morir, disputa a la muerte los instantes, busca realmente la inmortalidad, pero no allende sino aquende la muerte, de este lado del mundo sensible; no la inmortalidad en Dios sino en el mundo, no en el espíritu sino en la carne. Mientras que la creatura humana se mece entre la eternidad de su origen y la eviternidad de su destino, la persona actual lo hace entre el Ignoramus y el Ignorabimus.

Y en esta doble ignorancia de lo pasado y de lo futuro, expresa no sólo la impotencia del conocimiento natural, sino también la renuncia al orden sobrenatural divino; y se priva así de la beatitud natural que proporciona el conocimiento del Ente, y de la beatitud sobrenatural que asegura el orden de la Redención y de la Gracia. La persona humana actual tiene la convicción de haber superado todo los modelos de hombre, y de haber logrado la perfección antropológica. Es una especia de tercer Adán (*), y por ello no anhela ningún retorno a lo pasado —que juzga siempre inferior a lo presente—, al revés del hombre del Renacimiento que intentó recuperar por lo menos el sentido cósmico con la vuelta a la antigüedad clásica. ¡Qué ha de desear, entonces, el retorno del hombre cristiano, de la creatura humana redimida, es decir de la persona auténtica, cuya presencia significa una invitación a la santidad a lo que sólo se llega por la pobreza, o sea, por el renunciamiento voluntario de los bienes que coronan de rosas al hombre!

Las virtudes teologales que sobreelevan a la creatura y la ponen en comunicación con Dios, no tienen cabida en el alma de la persona liberal, sino después de sufrir una transformación que las adapta a la mundanidad más hostil a lo divino. La fe, ordénala el hombre personalista, al porvenir, preñado de bienes inagotables por el mecanismo del progreso indefinido. La esperanza, consiste ahora en la convicción del triunfo sobre todos los obstáculos que impiden la gloria de la vida. La caridad, es reemplazada por el egoísmo más mezquino, es decir, ha sido expulsada del hombre moderno. Este ser inflado de soberbia vive solo en su tiempo, pero en un tiempo no humillado —porque carece de la conciencia de la doble eternidad—, sino en un tiempo rebelde, que pugna por vencer a la muerte y prolongarse en un futuro indefinido que sea como la inmortalidad material, en que puede continuar viviendo coronado de rosas. Quiere y anhela prolongar su existencia para continuar hallándose a sí mismo.

En presencia, pues, del hecho inevitable de la muerte, la persona liberal siente el alma invadida por una tristeza infinita. Carece del sentido cósmico y de la conciencia de solidaridad entitativa con el concento universal de los cielos y la tierra. Como vivió siempre para sí, no ingresó con su espíritu en el orden del cosmos al que creyó dominar reviviendo en su alma la convicción homocéntrica. Y en este respecto, la muerte para él es una decepción. Por otra parte, porque ama la vida como un fin en sí, su ideal es perpetuarse en el aquí y ahora; se aferra a la mundanidad cuya pérdida es para él una catástrofe doble: primero, porque cesa el goce de la vida; y segundo, porque no espera nada más allá de la muerte. Y entonces no quiere morir, y gime y llora por la vida del mundo, su huerto de delicias. Además, como eliminó todo vínculo con lo sobrenatural, la muerte le aparece como un enigma espantoso. Teme, entonces, a la muerte porque lo humilla, lo vence y abate su orgullo de ser omnipotente; luego, porque lo despoja del placer de vivir; y finalmente, porque lo pone frente a un abismo de tinieblas. Esta actitud ante la muerte destruye la fortaleza, pues en ningún caso puede haber un bienmorir, y entonces, nunca la vida puede ser templada por la muerte. Nada rehuye tanto la persona liberal como el pensamiento de la muerte: no piensa en la muerte sino en la vida, y por ello ésta se deforma y se falsea; es una vida sin temple, sin virtud, es decir, sin fuerza, vida cobarde, sin la potencia heroica y sin la resistencia del mártir.

El predominio de esta concepción ha dañado profundamente la dignidad humana: ha muerto el amor a los ideales: ha muerto el amor a Dios, es decir, la caridad, y se ha burlado de los mártires; también ha muerto el amor a la patria, y ha eliminado a los héroes. La santidad y el heroísmo disuenan con la conciencia liberal. Por ello, antes de esta guerra, que no es un final sino una etapa de la recuperación de la conciencia de creatura, el hombre andaba triste y apesgado, con el alma oprimida por una angustia indecible. Ya no suspiraba por el mártir o por el héroe, pero hasta sentía la ausencia de su propia razón de ser. La falsa vida, la vida sin milicia, no acrisolada, la vida cobarde, la vida sin muerte, lo dominaba todo. Así como el acero sin la prueba del fuego de poco sirve, así la vida terrenal sin la regulación de la muerte es falsa vida. La verdadera vida es la que está siempre ante el pensamiento de la muerte. Y sólo así la creatura humana adquiere la verdadera fortaleza.


* Fragmento del opúsculo: Sobre la Fortaleza y la muerte. En: Revista Sol y Luna.

jueves, enero 14

Mapa cínico de la tragedia.





Bonus: Indonesia.

Sufragio universal.


por el p. Julio Meinvielle *

Nada más deplorable, en cambio, y opuesto al bien común de la nación, que la representación a base del sufragio universal. Porque el sufragio universal es injusto, incompetente, corruptor. Injusto, pues niega por su naturaleza la estructuración de la nación en unidades sociales (familia, taller, corporación); organiza numéricamente hechos vitales humanos que se substraen a la ley del número; se funda en la igualdad de los derechos cuando la ley natural impone derechos desiguales: no puede ser igual el derecho del padre y del hijo, el del maestro y el del alumno, el del sabio y el del ignorante, el del honrado y el del ladrón. La igual proporción, en cambio — esto es la justicia — exige que a derechos desiguales se impongan obligaciones desiguales. Incompetente, por parte del elector, pues éste con su voto resuelve los más trascendentales y difíciles problemas religiosos, políticos, educacionales, económicos.

De parte de los ungidos con veredicto popular, porque se les da carta blanca para tratar y resolver todos los problemas posibles y, en segundo lugar, porque tienen que ser elegidos, de ordinario, los más hábiles para seducir a las masas, o sea los más incapaces intelectual y moralmente. Corruptor, porque crea los partidos políticos con sus secuelas de comités, esto es, oficinas de explotación del voto; donde, como es de imaginar, el voto se oferta al mejor postor, quien no puede ser sino el más corruptor y el más corrompido. Además, como las masas no pueden votar por lo que no conocen, el sufragio universal demanda el montaje de poderosas máquinas de propaganda con sus ingentes gastos. A nadie se le oculta que a costa del erario público se contraen compromisos y se realiza la propaganda. Tan decisiva es la corrupción de la política por efecto del sufragio universal, que una persona honrada no puede dedicarse a ella sino vendiendo su honradez; hecho tanto más grave si recordamos que, según Santo Tomás, un gobernante no puede regir bien la sociedad si no es "simpliciter bonus", absolutamente bueno. (I - II, q. 82, a. 2 ad 3). El sufragio universal crea los parlamentos, que son Consejos donde la incompetencia resuelve todos los problemas posibles, dándoles siempre aquella solución que ha de surtir mejor efecto de conquista electoral. En las pretendidas democracias modernas (en realidad no existe hoy ningún gobierno puramente democrático, según se expondrá más adelante), donde el sufragio universal es el gran instrumento de acción, los legisladores tienen por misión preferente abrir y ampliar los diques de la corrupción popular. Hay quienes pretenden salvar el sufragio universal, y su corolario, el parlamento, imputando a los hombres y no a estas instituciones, los vicios que se observan.

Pero no advierten que los vicios indicados les son inherentes, y es en ellas donde reside el principio de corrupción de las costumbres políticas. El individualismo, que es la esencia del sufragio universal, arranca de la materia, signada por la cantidad, y la materia, erigida en expresión de discernimiento, disuelve, destruye, corrompe, porque la bondad adviene siempre a las cosas por la vía de la forma, según los grandes principios de la metafísica tomista. Fácil sería demostrar que los descalabros de la política moderna son consecuencia de considerar 40 toda cuestión bajo el signo de la materia.


* Concepción católica de la política: El sufragio universal.

sábado, enero 2

Lo que deseamos de los Obispos argentinos.


Por el P. Castellani

1. Que entren en contacto con la realidad, es decir, con nosotros.

Algunos actuales Jerarcas no son Obispos de los fieles, mucho menos de los infieles (las ovejas preferidas del Buen Pastor) sino solamente de los Curas; a los cuales cambian de lugar, y con los cuales a veces están en guerrilla.

2. Que no aparezcan a nuestros ojos como totalmente obsecuentes y sometidos a los gobiernos; a cualquier gobierno o desgobierno que no les toca la bolsa.

3. Que no hagan homenajes ambiguos a los fetiches de la tribu.

El Almirante Brown no fue un héroe religioso. Tocar las campanas y cantar Tedeum en el aniversario de su muerte, “por la alegría de la patria” significa o bien que Brown ha sido un santo o bien que la Iglesia se alegra de que haya muerto.

4. Que en las Misas se lea el Santo Evangelio con una breve y clara explicación;  y no esos portentos filosóficos o petrolíferos que nos endilgan.

5. Que las Pastorales consistan en una consigna o dirección (lo propio del Pastor) con la  razón de ella brevemente enunciada.

Esa literatura humosa que nos sirven nos hace bostezar;  es siempre lo mismo, no sacamos nada en limpio; y las cosas que logramos entender, ya las sabíamos.

6. Que los Obispos sean doctores de la fe,  y no meros administradores de bienes. Un doctor de la fe con un buen “micrófono” en la mano nos sería más útil que diez, veinte o treinta administradores mudos.

7. Que se limpie el santuario: que se saquen sin tardar y enérgicamente las injusticias y porquerías que hay entre ustedes mismos, antes que salgan a la vergüenza pública.

8. Que no se olviden de los pobres; que no se olviden de los herejes y destructores de la fe; que no se olviden del bien general del país.

9. Que reduzcan si pueden sus pompas, monsergas y comodidades, al menos las más visibles.

10. Que para todo esto, el pueblo de la fe tenga alguna especie de participación prudente en la selección de sus pastores.

***

Nómbrese a Dios. Estas 10 cosas las saben ustedes mejor que nosotros. Ahora que las saben y tienen poder para hacerlas, háganlas.

* En: Revista Jauja, enero de 1967. Título original: Lo que desearía el pueblo de la Fe  de los nuevos Obispos.