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jueves, febrero 25

Carta del General Facundo Quiroga al General Paz. 10 de enero de 1830.

Documento e introducción tomado textual de:



Pedro DE PAOLI: Facundo. Vida del Brigadier General Don Juan Facundo Quiroga, víctima suprema de la impostura. Bs. As., La Posta, 1952, Capítulo VIII, pp. 170-173.



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Facundo, el 10 de enero de 1830 plasma en una carta que escribe al general Paz la situación real del país, de los hombres sobresalientes de ese momento, y de los partidos en lucha.


Más claridad en la exposición, más elevación de sentimientos, más nobleza, más patriotismo no es posible imaginar. La historia ocultará esta carta, como otras, del gran riojano, a fin de que el perfil siniestro que de él han trazado plumas habilísimas de sus enemigos políticos, permanezca indeleble en el tiempo y se plasme en la mente de generaciones tras generaciones. La impostura priva desde hace cien años en la historia argentina, y ¡guay! de quien intente alumbrar, aunque sea con la débil luz de un fósforo, el tenebroso antro de tanta mistificación.


Con frases terminantes y pensamientos firmes, la carta de Facundo Quiroga al general Paz dice así:


“Al señor general don José María Paz:

Mendoza, Enero 10 de 1830. El general que firma ha creído indispensable en esta ocasión dirigirse al único o al principal que aún está con las armas en las manos sosteniendo una guerra que provocaron a las provincias unos jefes, entre cuya nomenclatura se registra muy principalmente el general a quien es dirigida la presente nota.


“Sea dado al general que firma hacer una pequeña digresión a su principal objeto, para recordar en secreto y como en la confianza de pueblos de una misma familia, los males de ella misma y a que el decoro nacional aconseja no dar un manifiesto, que más bien sería la historia de nuestros errores que la justificación de uno de los partidos que se chocan.


“Las prensas se han hecho sudar para abrir heridas al individuo, no al hombre público; y bajo el pretexto de hacer manifiestos justificando una atroz e injustificable guerra, y un asesinato sin ejemplo, no se ha hecho otra cosa que desahogar pasiones innobles y estampar insultos personales, no menos falsos que vergonzosos. El que firme es hombre y provoca, sin embargo, a que se le cite un solo acto de esta clase contra sus encarnizados enemigos. Un contramanifiesto habría sido el medio indicado por el hombre vengador. Siguiendo las huellas de sus contrarios, se les habría excusado al menos su mancha; pero decidido a hacer la guerra, de un modo regular, ha abrazado el partido de la moderación.


“Bajo estos principios ha combatido el infrascripto por dos veces; y aunque en una y otra ocasión se le ha hecho la guerra a muerte, el que firma la ha regularizado y la ha hecho lo menos afligente que le ha sido dado. Así ha debido ser, señor general, cuando entre los soldados de sus filas no se ven sino ciudadanos pacíficos, pero que decididos a ser libres, se enrolan voluntarios, dejando sus fortunas y comodidades, al paso que han tenido siempre que batirse con los que profesan el oficio de la muerte.


“El infrascripto ha empuñado las armas por dos ocasiones; pero en ellas ha recibido orden para verificarlo. De su gobierno en una, y de la Convención, en otra. Ha hecho la guerra, pero ejecutivamente y obedeciendo, jamás deliberando. Sin embargo, se le culpa acaso que ha hecho verter sangre, y se le culpa acaso por los mismos que la acordaron, y echando al ejército nacional, que sublevaron contra las provincias, nos han puesto en el deber sagrado de perecer o ser libres.


“La sangre se vierte ahora, es verdad. Se verterá acaso infinito, pero el mundo imparcial y la severa historia dará la justicia al que la tenga entre los que intentan dominar, y los que pelean por no ser esclavos. Este es el sencillo punto de vista en que debe considerarse la cuestión que nos divide, y esta es, sin duda, la razón que decidiría al mismo general Paz cuando en Arequito tomó una principal parte a las órdenes del general Bustos.


“Por esta misma cuestión se ven los regimientos y los ejércitos de las Provincias Unidas sembrados en el vasto cementerio que se ha hecho de sus campos. Por ésta, la provincia del oriente ha chocado y rechazado tres expediciones que se han hecho para dominarla. Por ésta, el pueblo de Santa Fe ha sido asimismo un campo de batalla. Por ésta, la provincia del Paraguay ha sido igualmente invadida, y los esfuerzos de dominación no han sido más felices que en todo el resto del territorio. Recuérdense los campos del Gamonal, de Cepeda, Cruz Alta, Fraile Muerto, San Nicolás, Rincón de Gómez, Chicuaní, Navarro, Puente de Márquez, etc., etc., y en todos ellos se verán los regimientos tendidos y amontonados los cadáveres de argentinos, sin otra pretensión que la de dominar a los pueblos.


“Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba y casi todos los pueblos han sufrido incursiones de tropas territoriales con el sólo objeto de dominarlos. Catamarca, Salta y Tucumán eran auxiliadas hace poco por la misma política que ha influido en los sucesos ya recordados para que levantasen tropas unos jefes destinados allí con el fin de subyugar los pueblos. Las víctimas, Borges, Peralta, Ubedas, Pallardeles, Dorrego y cien otros que aún humean, han sido sacrificados a este ídolo.


“¿Qué resta, señor general? Un ejército que había costado inmensos sacrificios, un ejército que en alas del pundonor nacional se había formado a incalculables esfuerzos de las provincias, y que costaba media existencia a los argentinos, ni bien se distrae de su objeto, cuando lanzado sobre las provincias, se ha proclamado conquistador. Si no se ha avanzado más, es por el singular empeño de las provincias, cuya decisión y honorables compromisos son casi ilimitables. A sus esfuerzos es que ha contramarchado de San Luis, hasta donde han alcanzado sus armas.


“Ya al parecer ni hay probabilidades, ni esperanza siquiera de una segura y permanente quietud para las provincias. Ellas descansan tranquilas en sus perfecciones, y de repente se lanzan sobre ellas los escuadrones y regimientos que vienen a dar la ley bajo cualquier pretexto, teniendo que comprar sus libertades a costa de la sangre de sus hijos y de sus fortunas. Se calman o pacifican, pero estas paces ya no son otra cosa que una tregua temporal, que bien pronto es rota por la misma, mismísima mano y por el mismo resorte que obró en el primer rompimiento, que pudiera datarse desde que se hizo la primera asamblea que nombraron los pueblos.


“Las repetidas lecciones que desgraciadamente hemos recibido de estas aciagas verdades, debe hacernos más avisados y precavidos. Las armas que hemos tomado en esta ocasión no serán envainadas sino cuando haya una esperanza siquiera de que no serán los pueblos nuevamente invadidos. Estamos convenidos en pelear una sola vez para no pelear toda la vida. Es indispensable ya que triunfen unos u otros, de manera que el partido feliz obligue al desgraciado a enterrar sus armas para siempre.


“Estas garantías o probabilidades de una segura paz sólo pueden ofrecerse en la Constitución del país. Las pretensiones locales en el estado de avances de la provincia no es posible satisfacerlas sino en el sistema de federación. Las provincias serán despedazadas tal vez, pero jamás dominadas. Al cabo de estos principios, el general que firma y sus bravos, han jurado no largar las armas de la mano hasta que el país se constituya según la expresión y el voto libre de la República. Entre tanto, le es grato asegurar al general que firma que su resolución será sostenida por la misma fuerza y con igual decisión.


“El infrascripto se mueve a este objeto, y se mueve invitando al general Paz para que emplee su cooperación al preindicado fin. En su negativa no verá sino una barrera y un obstáculo a la Constitución del país que es preciso allanar previamente.


“Si el general Paz identificase sus miras con los caros intereses de la provincia de Córdoba, y con los de la nación, para sacarla de la condición humillante que tiene, haciéndola aparecer constituída, no faltarían seguridades y garantías que tranquilizasen hasta al más comprometido. Con este objeto se hace un despacho ex profeso al Excmo. señor gobernador de Santa Fe.


“El que firma saluda al señor general Paz con atención. — Juan Facundo Quiroga”.




Recuerdo salteño. (versión de las Voces de Orán).

miércoles, febrero 24

Buenos Aires en 1810.


Tomado del Blog de Cabildo.

Nuestras “guerras civiles” iniciadas en 1810, evidencian, pues, la profunda impopularidad de logistas y afrancesados facciosos en el escenario nacional, demostrando por lo demás que de aquella enconada resistencia al liberalismo despótico y ateo, ha sido hecha la verdadera Argentina histórica independiente.

Mientras la sociedad cerraba celosamente sus puertas a toda idea innovadora, los hombres de arraigo en Buenos Aires repudiaban las corrientes impías (sociales, políticas y filosóficas) que Francia había hecho triunfar con la Revolución. Debe advertirse, no obstante, que una minoría culta y urbana formada intelectualmente en los centros de Chuquisaca o educada en Europa, conocía las ideas preconizadas por los Enciclopedistas y admiraba en silencio los principios liberales que informaron la ideología de 1789.

Pero tal exotismo fue totalmente extraño al espíritu popular argentino de la época. Pues bien: ¿qué causas profundas movieron entonces a los protagonistas de los acontecimientos históricos ocurridos en Buenos Aires en 1810? Vinculados a España, nuestros patriotas —como natural reacción antiborbónica, pues eran aún leales al viejo espíritu de familia común— abrigaban, es cierto, ocultos propósitos de reformismo institucional. ¿Eran legítimas sus aspiraciones a esta especie mínima de independencia a través de nuevas leyes de recíproca hermandad política entre la Monarquía y sus dominios de ultramar?…

La respuesta la brinda el testimonio indubitable de dos importantes protagonistas de la célebre semana de mayo en Buenos Aires, que ratifican claramente lo que acabo de afirmar como historiador argentino. En efecto, basta con leer las opiniones contemporáneas de dos próceres responsables del primer gobierno patrio en 1810; o sea, Cornelio Saavedra y Tomás Manuel de Anchorena, respectivamente. Allí se ve la interpretación “ANTI-IDEOLÓGICA” de nuestra denominada REVOLUCIÓN DE MAYO (todavía en pañales en 1814): impremeditada y auténticamente tradicionalista en sus orígenes.

La Historia Argentina ha sido escrita en nuestro país obre la base de un preconcepto —EL ANTIHISPANISMO IDEOLÓGICO— esgrimido como bandera de guerra para justificar actitudes políticas. Hoy, lograda (en teoría al menos, el objetivo primario) la independencia nacional, el odio al pasado propio resulta deleznable y anacrónico, propio de escritores y panfletistas baratos de izquierda. ¿Prejuicios de resentidos, acaso? Este preconcepto nos viene de lejos y es, puede decirse, el sostenido por dos próceres constitucionales: SARMIENTO, ALBERDI (el cipayesco autor extranjerizantes de “Las Bases” en 1852) y MITRE. Trilogía infalible hasta hoy; a quienes la “Historia regulada” otorga los dones del Espíritu Santo para juzgar sobre nuestro pasado remoto.

Aquellos hombres, mentores del ANTIESPAÑOLISMO COMO DOGMA, menospreciaron las tradiciones virreinales en bloque, como una rémora; no obstante haber ellas plasmado —a través de cinco siglos de unión a España— las épicas virtudes de nuestra raza, cuyo legado hemos de transmitir intacto a la posteridad.

Nuestras “guerras civiles” iniciadas en 1810, evidencian, pues, la profunda impopularidad de logistas y afrancesados facciosos en el escenario nacional, demostrando por lo demás que de aquella enconada resistencia al liberalismo despótico y ateo, ha sido hecha la verdadera Argentina histórica independiente. Historia Argentina que arranca de una tradición viva y no de exóticas ideologías postizas, importadas pro el contrabando mercantil y por intermediarios de la civilización capitalista.

Y bien: ahora más que nunca, la presión de ideologías extrañas vuelve a ahogar la voz de nuestros impávidos ciudadanos indefensos. Es preciso inspirarse en los ejemplos de antaño. El signo de la argentinidad pretérita (hispanocatólica hasta las raíces), debe ser el que presida hoy nuestra emancipación total y la grandeza futura de Hispanoamérica libre.

¡Quiera la Providencia, entre tanto, iluminar con ese espíritu a las nuevas generaciones rioplatenses en los años decisivos que a todos nos tocará vivir! Imitando aquellos tiempos heroicos de 1810 y siguientes, en que gobernaban la Argentina hombres de la Reconquista y la Defensa (patriotas y no políticos profesionales). En cambio, en la actualidad, la dirigen advenedizos complacientes, acostumbrados a capitular; a entregarse “por sistema” a gringos y cipayos de adentro; o sometidos inermes, a los planes chupasangre, caprichosos e imperialistas de los acreedores de afuera… Nada más y ¡VIVA LA PATRIA!


Federico Ibarguren






Cantále chango a mi tierra.

domingo, febrero 21

Diplomacia era la de antes. El tratado Arana-Lepredour.

Ante las payasadas ridículas de la diplomacia del gobierno K, conviene recordar cuando la Patria tenía un gobierno que hacía respetar los intereses de la Nación ante la extranjería usurpadora.



El Tratado Arana-Lepredour.


“…la Argentina que yo quiero (…) la Nación que yo quiero, [es] una Nación como aquella que ya existió, como aquella de 1848, 49, 50, cuando las más poderosas potencias del mundo, Inglaterra y luego Francia, una con Southern, la otra con Lepredour, firmaron con Arana, con Juan Manuel, los tratados más honrosos de la historia argentina. Yo quiero una Nación como aquella en la que un día todo el pueblo porteño fue convocado al puerto, y ante ese pueblo de varones y mujeres fuertes, entró en la rada la fragata inglesa Sharpy, arrió el pabellón inglés, enarboló el pabellón argentino y lo saludó con veintiún cañonazos. Esa Argentina de señores, que obligaba a un trato de señores a los poderosos de la Tierra. ¡Comparad la riqueza de aquella Argentina tan pobre, con la pobreza de esta Argentina tan rica! (…)”.


Jordán Bruno Genta.


Marco histórico precedente


En diciembre de 1830 asumió el trono francés Luis Felipe de Orleans prometiendo una monarquía liberal alejada del absolutismo; se lo comenzó a llamar “el Rey ciudadano” que juraba constituciones y renunciaba a residir en el fastuoso palacio de Versalles edificado por el viejo régimen. Lamentablemente este liberalismo no pasó de las fronteras francesas de momento que se emprendieron empresas colonialistas en África y América demostrando que el nuevo monarca no deseba ver ponerse el sol en sus dominios al igual que el famoso Luis XIV.


El Rey ciudadano no fue ajeno a las cuestiones del Río de la Plata ya que fue uno de los candidatos secretos en 1819 para coronarse Rey argentino por el Congreso General [1]. Menos político fue en 1837 cuando su ministro Luis Molé inició la primera intervención francesa en el Río de la Plata con su secuela de bloqueos y cañonazos que sólo se apagaron con el Tratado Arana-Mackau de 1840 que puso fin al conflicto en forma honrosa para la Argentina.


También desde 1838, cuando la vecina y hermana República Oriental del Uruguay quedó envuelta en una guerra civil, el presuntamente liberal reino de Francia no se mantuvo ajeno. El jefe del ejército Fructuoso Rivera había derrocado al presidente constitucional Manuel Oribe originándose una diarquía política que no por lamentable es inédita en la historia y derechos internacionales. En términos de derecho moderno, podemos decir que nos hallamos ante el tema de la personería internacional de los “bandos beligerantes” de una guerra civil y también ante el del reconocimiento de los gobiernos “de facto”. Mientras Argentina se anticipaba a la doctrina Tobar de 1907 negando “… el reconocimiento de gobiernos surgidos de revoluciones…” [2] como el de Rivera entronizado en Montevideo, la Francia seguía el criterio opuesto multiplicando los protagonistas de la crisis uruguaya que así se convertía en internacional “… porque la lucha era tanto en el Estado oriental del Uruguay como en el de Buenos Aires” [3].


A principios de 1845 se acreditaron en Buenos Aires los plenipotenciarios Gore Ouseley (Gran Bretaña) y barón Deffaudis (Francia) ofreciendo la mediación de sus gobiernos aunque sus instrucciones revelaban que su objetivo se asociaba “… con más fuerza a un fenómeno de intervención que de mediación” [4]. Esta cruda realidad quedó comprobada cuando los comisionados dispusieron el bloqueo de nuestros puertos y la toma de la isla Martín García, además del apresamiento de nuestra escuadra. De esta forma tuvo comienzo la guerra del Paraná contra el ingreso y egreso de la escuadra anglo-francesa en este río y que dio lugar a hechos heroicos como la recordada Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845. Esta gallarda resistencia junto con la diplomacia de nuestros embajadores Manuel Moreno y Manuel de Sarratea hizo que Gran Bretaña y Francia retornasen a los carriles pacíficos mediante la designación de Tomás Samuel Hood como plenipotenciario único. El 28 de julio de 1846 quedaron fijadas las bases del avenimiento (levantamiento de los bloqueos, evacuación de Martín García, reconocimiento de la autoridad de Oribe y reparación del honor nacional) cuya aceptación definitiva acaparó años de discusiones que epilogaron exitosamente para nuestro país con la llegada de Henry Southern (Gran Bretaña) y el almirante Lepredour (Francia).


El Tratado: exégesis y comentario


Este histórico acuerdo consta de un prólogo y trece artículos firmados en la ciudad de Buenos Aires el 31 de agosto de 1850 por el ministro argentino Felipe Arana y el ya citado contralmirante Fortuné Joseph Hyacinthe Lepredour que acreditó poderes del presidente de la República francesa Luis Napoleón Bonaparte.


A su encuentro vamos:


a) prólogo y objeto. Como en su similar inglés, este Tratado se propone “… concluir las diferencias existentes y restablecer las perfectas relaciones de amistad…” incorporándose una declaración unilateral de Francia en el sentido de “… no tener ninguna mira separada o interesada ni otro deseo de ver restablecidas la paz y la independencia de los Estados del Plata”; un postrer y vano intento de disimular bajo fines de filantropía política la beligerante intervención armada de 1845 en ambas riveras del Plata.


La más somera lectura del Tratado demuestra que se trata de un Armisticio que pone fin a una guerra de hecho entre Francia y Argentina “… no obstante las dificultades que emergían de la disparidad de fuerzas en ambas naciones y especialmente de la forma habitual con que Francia procedía en América y África con el propósito no disimulado de apoderarse de territorios” [5], la angelical salvedad consignada en modo alguno contradice el objeto expreso del Tratado de finiquitar un conflicto bilateral entre ambos países desvirtuándose el papel mediador pretendido por nuestra contraparte.


b) cese de hostilidades y desarme. Nuestro país adhiere “…a la inmediata suspensión de hostilidades entre las fuerzas orientales en la ciudad de Montevideo y las de la campaña…” siempre que previa y libremente así lo consienta nuestro aliado general Manuel Oribe cuya participación es considerada por el gobierno argentino “…una condición indispensable en todo arreglo” (arts. 1º y 9º); verificadas estas condiciones Francia “…reclamará de la autoridad de Montevideo el inmediato desarme de la Legión extranjera…” quedando entendido que ante cualquier renuencia u oposición cesará “…toda intervención ulterior y se retirará a consecuencia” (arts. 2º y 8º). El ejército argentino simultáneamente se retirará sobre el río Uruguay donde permanecerá hasta que sea “…completamente efectuado el desarme…” debiendo las fuerzas francesas retornar a Europa “…lo que será a más tardar dos meses después del retiro del ejército argentino a la margen derecha del Uruguay” (arts. 2º y 3º). Todo esto supone el fin de la intervención armada al tener que retirarse hasta el último soldado europeo de tierra argentina y oriental. Acotemos que Francia reconoce expresamente haber incurrido en intervención al usar este término en el citado artículo 8º referido al eventual rechazo por parte del gobierno montevideano.


c) levantamiento de los bloqueos. Corolario necesario de lo anterior es la obligación francesa de “…levantar simultáneamente con la suspensión de hostilidades del bloqueo de los puertos de la República oriental…” (el correspondiente al de Buenos Aires había sido levantado el 16 de junio de 1848 por el anterior plenipotenciario francés barón Jean Antoine Gros) además de evacuar la isla de Martín García y devolver los buques mercantes y de guerra argentinos que fueron “…tomados durante el bloqueo …en el mismo estado tanto como sea posible …con sus cargamentos…” debiendo entregarse de los que fueron vendidos “…las sumas importe de las ventas” (arts. 4º y 5º).


d) títulos y honores. La absoluta libertad de criterio de los signatarios para reconocer a los gobiernos de otros Estados fue ampliamente consagrada al quedar “entendido que los títulos y denominaciones dadas en cada uno de los textos de los dos ejemplares de esta convención, no impone obligación alguna a las dos partes contratantes…” que continuarán considerando al general Manuel Oribe (Argentina) o a la autoridad residente en Montevideo (Francia) como el único gobierno constitucional de la República del Uruguay. Se trata de una salvedad meramente formal ya que del contexto del Tratado el general Oribe tiene un protagonismo mayor que las autoridades de Montevideo.


El Tratado no sólo deja a salvo la perfecta competencia del gobierno de Oribe en “… los puntos relativos a los asuntos domésticos de la República Oriental del Uruguay…” sino que obliga al plenipotenciario francés a tratar con el dicho general “…la convención que le concierne” (arts. 2º, 9º y 10º); consecuentemente “…el almirante Lepredour se trasladó cerca del presidente Oribe y celebró con éste una convención para restablecer perfectas relaciones de amistad entre Francia y la integridad de la República Oriental” [6]. Esto supone el reconocimiento explícito de la diarquía política vigente en la hermana república oriental al destacarse en el artículo 10º que “…verificado por Francia aquel arreglo, se ajusta y concluye la presente”.


En cambio, el gobierno montevideano aparece con una personería devaluada al ser reclamado su consentimiento por el plenipotenciario francés (no por el gobierno argentino que no negocia ni trata en forma alguna con él) bajo apercibimiento de dar por terminada su alianza política y económica: es el triste papel que les depara la historia a quienes se someten a los dictados foráneos que nunca se inspiran en el interés de los subordinados.


e) soberanía fluvial argentina. Queda reconocido que la del río Paraná es “…una navegación interior de la Confederación Argentina sujeta solamente a sus leyes y reglamentos lo mismo que la del río Uruguay en común con el Estado Oriental” (art. 6º); la trascendencia de esta estipulación fluye sin esfuerzo con recordar que el móvil económico recóndito de la intervención de 1845 fue el de lograr la libre navegación de estos ríos. Por el esclarecido juicio del doctor Alberto González Arzac sabemos que “… el principio de libertad de los mares, soporte militar y comercial de la expansión británica, tuvo su versión complementaria para las regiones regadas por grandes ríos en el principio de la libre navegación de dichos ríos” [7]. Por esta razón, en las instrucciones impartidas al barón Deffaudis por el ministro Francisco Guizot, se señalaba “…que es ventajoso abrir al comercio europeo esos grandes canales fluviales que penetran el corazón mismo de Sudamérica…” y si todo salía como lo planeaban “…los representantes de las dos grandes potencias se ocuparán de esta cuestión”.


El texto bajo examen es idéntico al del artículo 5º del Tratado Arana-Southern en el que Gran Bretaña “…cede en lo que su diplomacia consideró siempre irrenunciable: la cuestión económica” [8] y ambos merecen el mismo y encomiástico comentario. Huelga recordar que en aquellos tiempos el dominio de las grandes cuencas fluviales tenía una importancia tan vital como el del petróleo o la energía nuclear en la actualidad.


El artículo transcripto reconocía su origen en las famosas bases Hood de 1846 que recogían un principio universalmente admitido sobre la soberanía de los Estados respecto a sus aguas interiores. Fueron vanos los intentos de las misiones posteriores (Howden y Walewiski en 1847 y Gore y Gros en 1848) para negar a nuestro país un derecho que Gran Bretaña y Francia aplicaba al Támesis y al Sena.


f) igualdad jurídica de los Estados. Los Estados signatarios afirman y declaran “…ser plenamente admitido y reconocido que la República Argentina está en posesión y goce incuestionable de todos los derechos, sea de paz o de guerra, que pertenecen a un Estado independiente…” reproduciendo el artículo 4º del Tratado Arana-Southern. Estas normas consagran por primera vez en nuestra diplomacia el principio de igualdad jurídica de los Estados que si “…no es equivalente a la igualdad política y económica…” [9] supone la perfecta “…igualdad de derechos y deberes en el ejercicio de todos los atributos del Estado” [10]. Este refinado concepto no se hallaba plenamente elaborado en aquella época por lo que se lo formula de manera algo sofística o casuísticamente declarando que los principios que llevaron a Francia a intervenir en el Río de la Plata “…hubiese sido en circunstancias análogas aplicables a la Francia y a la Gran Bretaña” (art. 7º) lo que unido a lo anterior implica dicho principio.


La cláusula bajo estudio concluye haciendo las altas partes contratantes mutua renuncia “…a reclamos ulteriores de indemnizaciones por los hechos terminados” lo que no deja de ser un antecedente del criterio moderno opuesto a las indemnizaciones de guerra. Acotemos que este desistimiento de demandas monetarias se halla más que compensado para Argentina por la superlativa reparación moral siguiente.


g) desagravio a la bandera argentina. La República de Francia se obliga solemnemente “…a saludar al pabellón de la Confederación Argentina con veinte y un tiros de cañón” (art. 4º); altísimo honor para nuestra Patria que así consigue mejorar los logros del anterior Tratado Arana - Mackau de 1840 que puso fin a la primera intervención francesa en el Río de la Plata.


Viene a cuento recordar que en diciembre de 1842 Gran Bretaña protestó a Francia porque el comandante del vapor de guerra Galibi se había negado a saludar a la enseña inglesa que flameaba en el fuerte de Santa María de Bathurst; el gobierno francés desaprobó al comandante pero sin ordenar el saludo que hubiera reconocido la más que dudosa soberanía británica en esa localidad. Ahora comprobamos que la Patria de las Luces le brinda a nuestra República lo que le había negado a una gran potencia lo que habla de su alta moral política para reconocer errores. Consecuentemente el final feliz no podía ser otro que el de quedar “…restablecida la perfecta amistad entre el gobierno de la Confederación Argentina y el de Francia a su anterior estado de buena inteligencia y cordialidad” (art. 12º).


En marzo de 1997 visitó nuestra Capital el presidente francés Jacques Chirac y manifestó públicamente que “…la Vuelta de Obligado fue el único enfrentamiento en una historia de amistad entre los dos pueblos…” en una ceremonia que se publicitó como de devolución de la bandera argentina tomada por los franceses en aquella oportunidad. Realmente no fue el único sino el segundo (explicablemente omitió la primera intervención francesa que se desarrolló entre 1838 y 1840) y el trofeo devuelto apenas si era un estandarte (la bandera con la que se combatió en Obligado fue destruida para evitar su entrega al enemigo) pero todo ello no desmerece la justicia y solidaridad de su noble gesto. Ciertamente que el saludo a la bandera de 1850 junto con la devolución de trofeos de 1997 no sólo significan el reconocimiento de la justicia de la causa argentina sino también el compromiso irrevocable de dos pueblos que se abrazan fraternalmente para su común felicidad y prosperidad.


El tema de ratificación


De conformidad con su artículo 13º y último “…la presente convención será ratificada por el gobierno argentino a los quince días después de presentada la ratificación francesa y ambas se canjearán”. Con arreglo a esto, Lepredour remitió el Tratado a París recabando una aprobación parlamentaria que nunca llegó porque el príncipe Luis Napoleón Bonaparte clausuró las sesiones de la Asamblea Nacional. Bajas irreparables en nuestra representatividad como el fallecimiento del embajador Manuel de Sarratea el 21 de septiembre de 1849 y el del Libertador General José de San Martín el 17 de agosto del año siguiente coadyuvaron a esta ausencia de tratamiento del Tratado con Lepredour.


Los escritores de derecho están contestes en que “…los Tratados internacionales sólo son válidos después de su ratificación…” [11] siendo este último procedimiento “…una condición indispensable para su entrada en vigor” [12]. Cabe consecuentemente preguntarse si el triunfo argentino logrado en el Tratado Arana – Lepredour ha quedado trunco por falta del mencionado requisito formal.


En anteriores aportes hemos anticipado nuestro criterio “…que en este punto resulta decisivo determinar si el Tratado ha tenido o no principio de ejecución; en este último caso es obvio que es inexigible todo Tratado no perfeccionado por la ratificación… pero la situación es completamente distinta si el Tratado ha tenido principio de ejecución o cumplimiento… conclusión que se robustece si se trata de Tratados de paz porque contienen valores humanísticos de apremiante afirmación [13]; agregados ahora que esta conclusión resulta evidente en los casos que no hay tampoco rechazo del Tratado sino simple omisión del recaudo ratificatorio como en el caso que nos ocupa en esta entrega.


Las consideraciones precedentes son de estricta aplicación al Tratado bajo examen de momento que fue un armisticio que debió ser cumplimentado sin dilaciones ni esperas burocráticas; los franceses evacuaron la isla de Martín García además de devolver los buques y saludar con 21 tiros de cañón a la enseña belgraniana que tremolaba a bordo de la fragata Astrolabe. Consecuentemente no es posible dudar de la “…robusta y evidente validez del Tratado Arana-Lepredour… que honra a la diplomacia de Francia y Argentina” [14].


Conclusiones finales


El almirante Lepredour se despidió de la Argentina escribiendo una colorida carta a la señorita Manuela Rosas que fecha en Montevideo el 16 de septiembre de 1850 y en la que le pide transmitir a su padre sus “...respetuosos homenajes por las bondades y lecciones recibidas…”. Como buen francés no vacila en entrar en galanteos recordando “…las horas que corrían tan rápidamente en vuestra encantadora sociedad…” y declarando que “…no hay en el mundo persona que os sea más afecto que este vuestro muy humilde servidor y permitidme decir amigo”. A una victoria política se unía la sentimental a manos de la Niña de la Federación cuyos servicios a la Nación han sido destacados por investigadoras del protagonismo histórico femenino como la profesora Cristina Minutolo de Orsi.


La trascendencia del triunfo argentino no solamente fue reconocida por personalidades tan preclaras como el Libertador General José de San Martín que mantuvo “…una solidaria actitud ante la Patria agredida por las más grandes potencias del mundo” [15] sino incluso por historiadores extranjeros que calificaron a este Tratado como el éxito “…más grande alcanzado hasta entonces por la diplomacia de Rosas” [16] y no podía ser de otro modo ya que nuestro país logró todos sus objetivos al deportar fuera de sus fronteras hasta el último de los soldados europeos que insultaban nuestra soberanía, haciendo reconocer nuestra libertad económica para reglar nuestros recursos navegables y preservando la dignidad de la República con el homenaje a nuestra enseña patria.


Es indudable que el Tratado Arana – Lepredour forma con el de Arana – Southern un todo único e indivisible ya que ambos responden al común objetivo de poner fin a la intervención que Francia e Inglaterra iniciaron en el Plata en 1845; a esta intervención conjunta correspondió también una solución conjunta que se firmó por separado simplemente por la bifurcación posterior en la política de las dos potencias.


Corolario de lo anterior es que son aplicables al Tratado bajo glosa las conclusiones que de antiguo venimos sosteniendo en el sentido que junto con el de Southern constituyen “…la victoria más resonante de nuestra diplomacia que hasta nuestros días no puede exhibir otra que se le asemeje” [17]. Esta misma aseveración puede extenderse a la diplomacia de los demás Estados latinoamericanos en cuyas relaciones con las potencias mundiales tampoco se registran “…Tratados reivindicatorios como los que venimos examinando” [18] aún teniendo en cuenta el Tratado Torrijos – Carter del 7 de septiembre de 1977 por el que Panamá recobró el célebre Canal interoceánico.


El legítimo orgullo nacional derivado de los Tratados concluidos por Rosas con Gran Bretaña y Francia es “…resultante de la firmeza con que se sostuvo derechos que debían quedar establecidos clara e indubitablemente como la propia independencia argentina de que derivaban…” evitando una vez más “…variarse la geografía política de esta parte de América…” por parte de “…una Nación resuelta a hacerse respetar y vivir de sus propias leyes o caer por éstas” [19].



Notas:

1. Rosa, José María: Historia Argentina. Ediciones Oriente, T. II. Buenos Aires, 1976.

2. Díaz Cisneros, César: Derecho internacional público. Ediciones Tipográfica Argentina, Buenos Aires, 1955.

3. Ibídem.

4. Barrese, Rodolfo y Bracht, Ignacio F.: La misión Ouseley y Deffaudis. Ediciones Inst. J. M. de Rosas, Colección Estrella Federal Nº 2. Buenos Aires, 1993.

5. Font Ezcurra, Ricardo: La unidad nacional. Ediciones Theoria, Buenos Aires, 1961.

6. Saldías, Adolfo: Historia de la Confederación Argentina, T. VIII. Ediciones O.C.E.S.A., Buenos Aires, 1958.

7. González Arzac, Alberto: “El ´Principio´ constitucional de libre navegación de los ríos” en Revista del Instituto de Inv. Hist. Juan Manuel de Rosas Nº 41, Buenos Aires, octubre-diciembre 1995.

8. Fernández Cistac, Roberto: “Meditaciones a 150 años del Tratado Arana – Southern” en Revista del Instituto de Inv. Hist. Juan Manuel de Rosas Nº 57. Buenos Aires, octubre-diciembre 1999.

9. Morzone, Luis Antonio: Soberanía territorial argentina. Ediciones Depalma, Buenos Aires, 1982.

10. Ibídem.

11. Rousseau, Charles: Tratado de Derecho Internacional Público. Ediciones La Ley, Buenos Aires, 1966.

12. Ibídem.

13. Fernández Cistac, Roberto: Pasado, presente y futuro de la política exterior de Rosas. Ed. del Inst. Nac. de Inv. Hist. Juan Manuel de Rosas, Col. Estrella Federal, Nº 10, 1995, Buenos Aires.

14. Ibídem.

15. Piccinali, Héctor Juan: San Martín y Rosas. Ediciones del Inst. Nac. de Inv. Hist. Juan Manuel de Rosas, Colección Estrella Federal Nº 21, Buenos Aires, 1998.

16. Cady, John F.: La intervención extranjera en el Río de la Plata, Ediciones Losada, Buenos Aires, 1943.

17. Fernández Cistac, Roberto: Pasado, presente y futuro de la política exterior de Rosas, ob. cit.

18. Fernández Cistac, Roberto: “Meditaciones a 150 años del Tratado Arana – Southern”, art. cit.

19. Saldías, Adolfo: Historia de la Confederación Argentina, ob. cit.



FERNANDEZ CISTAC, Roberto: Sesquicentenario del glorioso Tratado Arana-Lepredour.

En: Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Bs.As., Nº 59, Abril-Junio 2000, pp. 18-27.


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Ahora, bien, ¿nos dirían cosas como estas los británicos en la época de Rosas?




Visto en Infobae y en Mail Online.

Maricón y blasfemo: Un trolo no sabe lo que es el Amor y el Sacrificio.

Visto en TELAM:

Elton John, polémico: "Jesús fue un gay muy inteligente"


El cantante británico aseguró a una revista estadounidense que Jesucristo era homosexual y que era "compasivo" y "comprendía los problemas humanos".

Ante estas declaraciones, un vocero de la Iglesia de Inglaterra afirmó que "la reflexión de Elton John sobre que Jesús es amor y perdón es compartida por todos los cristianos".

"Sin embargo, los aspectos acerca de la personalidad histórica de Jesús sería mejor dejarlos a los académicos", agregó.

En la misma entrevista, el cantante aseguró que "en la cruz, Jesucristo perdonó a las personas que lo habían crucificado y quería que nosotros supiéramos amar y perdonar".

"No sé qué hace que las personas sean tan crueles. Si intentas ser una mujer homosexual en Medio Oriente, es muy probable que acabes muerta", señaló.

Por otro lado, Elton John señaló que no le gusta ser una estrella porque "la fama atrae a los locos".

"La Princesa Diana, Gianni Versace, John Lennon, Michael Jackson, todos están muertos. Dos de ellos murieron tiroteados fuera de sus casas. Nada de eso habría pasado si no hubieran sido famosos. Yo nunca tuve guardaespaldas, nunca, hasta que Gianni murió", aseguró.

La entrevista completa al cantante se publicó en la revista Parade este viernes, según reproduce el sitio BBCMundo.com.

sábado, febrero 20

Bienvenida: ¡Hay que resistir! ¡Viva la Patria!

Hay que resistir.


No hay que aturdirse con la vocinglería absurda de los que, en el fondo, persiguen nuestra dependencia de sus planteos.


No hay que hacer uso legal de la enfermedad sino recuperar la salud.


No hay que institucionalizar las patologías sino cultivar las causas benignas que impidan su expansión.


No hay que perder el tiempo con los profesionales de la verborrea y los maestros de la derrota decorosa.


Hay que resistir.


Hogar por hogar, cuadra a cuadra, parroquia a parroquia, hasta que con las casas construidas sobre piedras que aguanten las lluvias y los ríos salidos de cauce, podamos edificar, desafiantes, la Ciudad de Dios en la Argentina.


Antonio Caponnetto.





Falleció Ariel Ramírez.

Carta a un reciente converso.


"Y por sobre todo, si sabe buscar, encontrará rincones con una enorme, una inmensa alegría, caridad y esperanza que compensan con creces a los apóstatas, a los cobardes y a los atornillados a un sillón."

Querido amigo:



Me alegra su conversión y –si me permite la fatuidad- le doy la bienvenida a la Iglesia Católica. Pero siento la obligación de explicarle cuál es el estado de la Iglesia a la que Ud. ingresa. Imagínesela como un enorme edificio de veinte siglos, una construcción extraordinaria que ha desafiado el paso del tiempo mientras a su lado otros edificios, mas “modernos” y que parecían mas sólidos, se han derrumbado impiadosamente.





Pero tampoco puedo ocultarle que es un edificio en muy mal estado, amenazado por turbas de periodistas y profesores que le tiran piedras todos los días y a todas horas, aprovechando –muchas veces- los puntos débiles que la Iglesia nunca ha ocultado tener: el principal de los cuales es que sobre los cimientos divinos, en lo demás hay mucha obra de hombres. Por eso el Fundador fue muy parco en las promesas que hizo cuando dejó a los hombres a cargo del Edificio: “las puertas del infierno no prevalecerán” y “estaré con vosotros hasta el fin de los siglos”. Y esta última frase me lleva a darle una primera explicación de por qué me felicito y lo felicito por su ingreso a este edificio que amenaza ruina. Es que en él hay un Tesoro, que es como el corazón encendido que mantiene en pie la casa a pesar de todas las traiciones y los intentos de demolición desde dentro. Ese Tesoro, en vez de ser para unos pocos, es para todos los que lo encuentren y con él se pueden alimentar a centenares y miles, pero nunca se acaba. Ese sólo Tesoro justifica al edificio, aunque hay también otros méritos. Y otros problemas...



Por lo pronto, al entrar en la casa notará que la llena un humo grisáceo que impide ver con claridad. Es un humo que denuncio alguien muy importante en el siglo pasado y que lejos de disiparse se ha hecho más y más espeso. Hay en el edificio muchos que tendrían que limpiarlo, cada uno a cargo de un fragmento, pero a alguien, también del siglo pasado, se le ocurrió juntarlos de a varios en una especie de Asambleas que convirtieron la tarea en poco menos que imposible.



Ya no basta que haya uno de esos Encargados valiente y claro, como en otros tiempos, para oír de sus labios la Verdad. Ahora está limitado y controlado por su Asamblea, en la cual, como es habitual, se imponen los mediocres, los cobardes, los pusilánimes. En el momento del desprestigio y decadencia de los Cuerpos legislativos, a alguien se le ocurrió insertarlos en el Edificio. El resultado ha sido –y es- catastrófico.



Como si todo esto fuera poco, hay multitud de habitantes de la casa que día a día trabajan con picos y barretas en los cimientos tratando de destruirla. Siempre los hubo, pero antes se iban del Edificio y se unían –tarde o temprano- a los que lo apedreaban desde afuera. Así es como el frente y los costados están casi destruidos, los vidrios rotos y por ellos penetran ráfagas miasmáticas y toda clase de pajarracos que graznan aumentando la confusión general. Y los picadores y barreteros se quedan hoy dentro continuando su trabajo de demolición.





Es verdad que por encima de todo esto el Fundador previó colocar un Director General que debería gobernar con mano de hierro y guante de terciopelo el Edificio. Pero este es muy grande y el Director depende, para decidir, de lo que le informen sus delegados o Encargados, pero entre ellos, como le dije, se han instalado losvirus de la discordia y la pusilanimidad. Informan mal y se perpetúan a si mismos como estamento optando casi siempre por el candidato cuyo mérito principal ha de ser el conformismo, el no hacer ruido, el “no ser distinto”, como hace años observó un sacerdote sabio.





Bueno, se dirá Ud. después de esta descripción, entonces lo mejor es no entrar en un edificio tan catastróficamente deteriorado. Ahí es donde se equivoca. Por lo pronto, tendrá siempre a su disposición el Tesoro. Luego, cuando camine un poco por los pasillos se encontrará con mucho papanata y mucho malandrín, pero de pronto –donde menos lo espera- verá una procesión de mujercitas con velas y cánticos al Señor que transitan de regreso al reposo después de una jornada de cuidar moribundos, o leprosos o candidatos al cottolengo. Seres, en fin, que los demás mortales no queremos ni ver.





Y luego otra procesión de frailucos que vienen de evangelizar pobres hombres olvidados de todos los demás y si abre las puertas adecuadas verá mucha oración, mucha caridad, hasta hombrecitos que en grandes bibliotecas escriben la alabanza del Señor.





Y por sobre todo, si sabe buscar, encontrará rincones con una enorme, una inmensa alegría, caridad y esperanza que compensan con creces a los apóstatas, a los cobardes y a los atornillados a un sillón.





Es cuestión, pues, de no desanimarse y buscar a sus almas gemelas en medio de la confusión, el humo y los loros parlanchines. En eso recae toda esperanza de salvar el Edificio. En eso, claro, pero sobre todo en la voluntad del Fundador, a la que hay que dirigirse día y noche para que disperse el humo, eche a los del pico y barreta, expulse a los pájaros vocingleros y nos rescate a nosotros de este viejo Edificio y nos lleve a ese Otro Edificio que está afuera del alcance de las manos aleves. Así sea.




Aníbal D´Angelo Rodríguez, en: Revista “Cabildo”, Nº 60.