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lunes, agosto 2

Sobre San Martín y la masonería.

“La leyenda masónica sanmartiniana nace como concepción mental en 1876. Es decir, veintiséis años después de la muerte de San Martín y diecinueve con posterioridad a la organización de la masonería argentina en Buenos Aires...

El nacimiento real de la leyenda masónica sanmartiniana es de mayo de 1880… una tarea de titanes que no consiguen su objetivo”.


San Martín, masón.


Texto: DÍAZ ARAUJO, Enrique: Don José y los Chatarreros. Mendoza, Diké, 2001.



Capítulo VI


Masón


No es éste, en modo alguno, el lugar para desarrollar un tema que ha abarcado libros enteros [1].


Se trata de una polémica que alcanza a veces notas estrafalarias. En la que se han usado argumentos tan mínimos como el otorgamiento de una medalla por los masones belgas. Esto es, que a falta de pruebas documentales, se han inventado este tipo de sucedáneos increíbles.


A su propósito, dice Roque Raúl Aragón que: “En cuanto a los homenajes que pudo haber recibido San Martín de masones –y no en actos masónicos- Lazcano afirma que la Masonería no reserva sus homenajes para sus propios miembros. El más llamativo es una medalla acuñada por una logia de Bruselas, cuya inscripción es: “La-Parfait Amitié Const.-A L´Or-de Bruxelles le 7 julliet 5807 au General San Martín, 3825”. Como se ve, no se le da el tratamiento de “hermano” (H.:.) que, de serlo, le hubiera correspondido” [2]. Aún se podría añadir con Horacio Juan Cuccorese estas preguntas:


“¿existe alguna prueba documental o testimonial reveladora de que San Martín haya aceptado una medalla masónica? ¿Existe constancia de la recepción solemne sobre la entrega de la medalla, discurso de Gran Maestre de la logia y palabras de agradecimiento de San Martín? Nada. ¿Habrá tenido conocimiento San Martín de que se acuñó una medalla masónica en su honor? En la correspondencia sanmartiniana tampoco se encuentra nada” [3].


No obstante, no podemos acá detenernos en semejantes minucias.


Nos limitaremos, pues, a indicar sólo algunas circunstancias muy importantes.


Una, es que en el Cádiz de las Cortes pululaban los clubes secretos de masones, carbonarios y sociedades ocultas antimasónicas. Antonio Alcalá Galiano (1789-1865), político liberal gaditano, menciona entre las primeras a la Landaburiana, la Lucena, los Comuneros, el café de la Fontana de Oro, la Lorencini, etc.; y entre las últimas a la “Esperanza”, el “Angel Exterminador”, el “Martillo”, la “Concepción”, etc [4]. En el comienzo, las logias masónicas –como la “Santa Julia”- correspondían a los afrancesados, mientras que las llamadas “sociedades patrióticas” proliferaban en el bando andaluz. Por lo demás, como apunta Juan Canter:


“Los dirigentes de las sociedades secretas luchaban y se desprestigiaban entre sí debatiéndose en diferentes aspiraciones. Las sociedades secretas fueron perdiendo su influjo en la lucha sorda mantenida entre ellas” [5].


Desorden que no se hubiera producido si todas esas sociedades y logias hubieran sido de obediencia masónica. Cosa que recién empezó a acontecer después de la Restauración en 1814, cuando arribaron a España los oficiales que habían estado presos en Francia.


Conclusión: que las sociedades secretas fueron un mal de la época, sin que se redujeran a las masónicas propiamente dichas [6].


Por lo pronto, la sociedad de los “Caballeros Racionales” americanos –cuya jefatura aparentemente ejercía Rafael Mérida, desde Caracas –en Cádiz al menos, no era masónica (a estar a las pruebas conocidas, no a las afirmaciones de los autores masónicos).


Sobre este punto no existen sino dos testimonios válidos. El primero, es el archiconocido José Matías Zapiola, en su respuesta a Mitre: “la Lautaro no era masónica, sí la de don Julián Alvarez”.


El otro testimonio, menos difundido, es el del mexicano Fr. Servando Teresa de Mier, O.P.. Este era un fraile liberal y trotamundos, quien en sus Memorias narra que estando en Cádiz fue invitado a integrarse en esa Logia de americanos. Por su condición sacerdotal, preguntó si la logia era masónica, en las que él no podía ingresar dadas las prohibiciones eclesiásticas. Se le aclaró (por el P. Anchoris) que no eran masones. El único masón era Carlos de Alvear. Cuando le tocó exponer en las tenidas de la Logia, Mier aprovechó la ocasión para atacar a la Masonería. Entonces, Alvear, a la oreja, le preguntó “por qué insistía tanto en que no eran masones, pues debía advertir que éstos perseguían a los que no eran de su sociedad, respondió que insistía porque, en realidad no lo era, y porque él no quería serlo, pues además de tenerlo prohibido Su Santidad, su razón lo convencía…” [7].


Exprofeso, hemos insertado primero el texto de las “Memorias”, porque el que sigue, ha sido discutido por los masones. Se trata de la declaración que tuvo que prestar Mier ante el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en México, el 18 de noviembre de 1817. Ahí mencionó las diversas sociedades de auto-socorro que en Cádiz se formaron, y “naturalmente estaba faltando una de americanos, que estaban allí mismos perseguidos”. Se enteró de la de los “Caballeros Racionales”, quiso ingresar, preguntó al P. Ramón Eduardo Anchoris si aquella era conforme a “la Religión y a la Moral”, y con la respuesta positiva, entró. “Tampoco era de Masones la sociedad –añade- aunque puede ser que como Alvear era masón imitase algunas fórmulas”. El arengó a sus socios, advirtiendo por tres veces:


“que no será Sociedad de Masones, sino de Patriotismo y Beneficencia”. También dijo que conoció al chileno José Pinto que “aunque era Masón, no era Caballero Racional” [8].


Decíamos que autores masones han impugnado esta última declaración, aduciendo que fue puramente defensiva. No obstante, como se aprecia, entre ambas exposiciones (la primera en absoluta libertad), no hay más diferencia que la de la extensión y detalle. O sea, que corrobora la anterior.


Eso es cuanto se sabe de la Sociedad, desde adentro.


En cambio, desde afuera hay variadas noticias.


Las más destacadas nos parecen las dos siguientes:


Una circular de la Logia, del 21 de diciembre de 1816, en la que se ordena:


“No atacar ni directa ni indirectamente los usos, costumbres y religión. La religión dominante será un sagrado de que no se permitirá hablar sino en su elogio, y cualquier infractor de este precepto será castigado como promotor de la discordia en un país religioso”.


Dos, la nota secreta de la Secretaría del rey Fernando VII al Gobernador de Cádiz, Villavicencio, del 22 de agosto de 1816, en la que se decía:


“Muy reservado. El Rey ha sabido por conducto seguro que existe una sociedad muy oculta, cuyos ritos son análogos a los de la masonería, pero que su único objeto es la independencia de América…” [9]


Este informe es coincidente con lo expresado por el Grl. Enrique Martínez a Andrés Lamas, en su carta del 4 de octubre de 1853, en la que aludiendo a la Lautaro, anotaba: “Esta sociedad tenía el solo objeto de proponer la independencia de todas las secciones de la América española y unirse de un modo fuerte para repeler la Europa en caso de ataque…” [10]


El alegato de autores masónicos, acerca de que José Moldes, con los Gurruchaga, había establecido una logia masónica en Madrid, en realidad opera en contra de quienes sustentan ese argumento. En primer término, no pueden decir que San Martín perteneciera a esa logia [11]. Y, en segundo lugar, José Moldes fue una persona sumamente detestada por San Martín (“Estoy seguro que si Moldes entra en el Congreso, se disuelve antes de dos meses. El infierno no puede abortar un hombre más malvado; yo no lo he tratado, pero tengo documentos en mi poder de su perversidad. En conclusión: este es hombre enemigo de todo lo que es ordenado y prudente”: carta a Tomás Godoy Cruz, 12.11.1816).


Otra argucia endeble es traer la cita de escritores españoles de derecha, no muy afamados (como Eusebio Comín Colomer o Carlos Carlavilla), interesados a denostar a los liberales constitucionalistas hispanos, presentándolos en colusión con los independentistas americanos, entre ellos, San Martín. Este es un sistema de retroalimentación. Los masones hispanos lo afirman, los antimasones hispanos lo recogen, y los masones argentinos, dando muestras de su “objetividad”, se apoyan en los segundos. Pero el asunto no pasa de ser un acertijo sin prueba alguna.


En resumen: todo parece indicar que el Libertador no fue masón, aunque en sus logias usara cierta metodología análoga a las masónicas. Decimos “sus” logias, porque está bien en claro que él las dominó y no fue dominado por ellas.


Esa es, asimismo, la conclusión de los más destacados historiadores que han abordado la cuestión: Domigo F. Sarmiento, Bartolomé Mitre, Rómulo Avendaño, Armando Tonelli, Juan María Gutiérrez, Ricardo Piccirilli, Héctor Juan Piccinali, Martín V. Lazcano, Juan Canter, Guillermo Furlong, Bernardo Frías, José Pacífico Otero, Patricio Maguire, Edberto Oscar Acevedo, Aníbal Rotjer, Ricardo Rojas, William Spence Robertson, Carlos Calvo, Ricardo Levene, José Luis Trenti Rocamora y Horacio Juan Cuccorese.


Ahora, si lo que se intenta averiguar es el catolicismo de San Martín, también hay diversos documentos que lo aclaran. A nosotros sólo nos interesan aquellos que lo muestran como gobernador, militar o político.


Queremos decir que no vamos a entrar en el examen de su conciencia íntima, o de sus prácticas privada. Eso está sólo reservado a Dios. Aunque no desconocemos, vgr., las referencias de Manuel de Olazábal [12] sobre el uso del rosario, o de Plácido Abad [13] sobre la asistencia a misa en Montevideo.


En aquel orden político, se pueden ver las siguientes normas:


a).- El artículo primero del Código de Deberes Militares del Campamento de El Plumerillo, redactado por San Martín en setiembre de 1816, que reza así:


“Todo el que blasfemare contra el santo nombre de Dios, su adorable Madre, o insultare la religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza atado a un palo en público por el término de ocho días; y por segunda, será atravesada su lengua con un hierro ardiendo, y arrojado del cuerpo. El que insultare de obra a las sagradas imágenes o asaltare un lugar consagrado, escalando iglesias, monasterios u otros, será ahorcado.

El que insultare de palabra a sacerdotes sufrirá cien palos; y si hiriere levemente perderá la mano derecha; si les cortare algún miembro o le matare, será ahorcado.

Las penas aquí establecidas… serán aplicadas irremisiblemente”.


b).- La instrucción a Tomás de Godoy Cruz, del 26 de enero de 1816, acerca de la forma de gobierno que debería adoptar el Congreso de Tucumán:


“sólo me preocupa que el sistema adoptado no manifieste tendencia a destruir Nuestra Religión”.


c).- El Título IIº del “Código Constitucional” de Chile, de agosto de 1818, dictado por Bernardo O´Higgins, bajo el influjo de San Martín, que decía:


“La religión Católica, Apostólica, Romana es la única y exclusiva del Estado de Chile. Su protección, conservación, pureza e inviolabilidad, será uno de los primeros deberes de los jefes de la sociedad, que no permitirán jamás otro culto público ni doctrina contraria a la de Jesucristo”.


d).- La Sección 1a. del “Estatuto Provisional” del Perú, dictado por San Martín, el 8 de octubre de 1821, se estableció:


“La religión Católica, Apostólica, Romana es la religión del Estado. El gobierno reconoce como uno de sus primeros deberes mantenerla y conservarla por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana. Cualquiera que ataque, en público o privadamente, sus dogmas y principios, será castigado con severidad, a proporción del escándalo que hubiese dado… 3º. Nadie podrá ser funcionario público si no profesa la religión del Estado”.


Quizás, por todo eso, le podía escribir al Arzobispo de Lima, Monseñor Bartolomé María de las Heras, desde el campamento del Huaura, sobre normas de “la religión que profesamos”, y asegurarle que su objetivo era ver:


“consolidado un gobierno que garantizase el orden y la prosperidad sobre principios diametralmente opuestos a las ideas exaltadas que desgraciadamente se han difundido en el mundo desde la célebre revolución (francesa) del año 92”.


Singular masón, este San Martín…


Masón singular, devoto de la Virgen del Carmen y de Santa Rosa de Lima, cuyos enemigos más acérrimos fueron los masones Carlos de Alvear y José Miguel Carrera, y cuya empresa peruana se frustró por la acción combinada de tres logias masónicas. Como pocas veces se las menciona, citémoslas por su orden:


La primera fue la Logia Central de la Paz Americana del Sud, formada por Jefes y oficiales del Ejército Real que “perteneciesen al partido liberal”, cuyo Venerable era el General Jerónimo Valdés [14], que impidió precisamente la “paz americana”, oponiéndose a los acuerdos de Miraflores y Punchauca, gestados por los virreyes Pezuela y La Serna, y el Comisionado Real, Manuel Abreu, sobre la base de la Independencia americana y la coronación de un miembro de la dinastía Borbónica.


La segunda, fue la Logia Provincial de Buenos Aires, que presidía en el país Bernardino Rivadavia, con ramificaciones en la “Lautaro” o el “Ejército Libertador” –Juan Gregorio de las Heras, Enrique Martínez, etc.-, que, al tramitar la paz por separado con la España Liberal, concretada en la “Convención Preliminar de Paz”, del 4 de julio de 1823, con la Misión Pereyra-La Robla, desahució la misión sanmartiniana del Cnl. Antonio Gutiérrez de la fuente comisionado para reabrir el frente del Alto Perú. También, con el envío de la misión de Félix de Alzaga al Bajo Perú, con vistas a socavar las bases políticas y militares del Libertador.


La tercera, fue la Logia Republicana Orden y Libertad, cuyo Venerable era José Faustino Sánchez Carrión. El, junto con Vidaurre, Mariátegui, Francisco de Paula Quiroz, Fernando López Aldama, Portocarrero y otros peruanos, atacaron los proyectos monarquistas de San Martín y Monteagudo , provocando luego el asesinato de este ex-Ministro de Gobierno sanmartiniano. La misión de esta logia era la de restar el apoyo de la población peruana al Protector, agitando la bandera republicana.


Las tres entidades confluyeron en la postulación ideológica revolucionaria de “balcanización” sudamericana, para crear múltiples republiquetas “democráticas” y serviles al Imperio Británico [15]. “Es del más alto interés de la Gran Bretaña evitar la unificación sudamericana bajo un solo Estado”, aseveran Carlos A. Goñi Demarchi y José Nicolás Scala, al examinar la política de Lord Stranford y del comercio inglés [16].


“Se nos ha ofrecido “Constitución (de Cádiz, de 1812) y Paz” –escribirá Bernardo de Monteagudo, en “El Pacificador del Perú”, el 30 de mayo de 1821-, y hemos respondido “Paz e Independencia”, porque sólo la Independencia puede asegurar la amistad de los españoles”. Es decir: que frente al lema sanmartiniano: “Seamos libres, que lo demás no importa nada”, los masones, por la voz de José Manuel García, y la Logia Valeper, en “El Centinela”, de Buenos Aires, en 1822, contestarán: “Buenos Aires aborrece de lo militar… cree que se debe preferir en lugar de la sangre la tinta… Al país le es útil que permanezcan los enemigos en el Perú”.


Por tanto, no parece haber mayor acuerdo entre San Martín y esas sectas. Posición que debe haber influido para la morosidad en la gestación de la leyenda masónica.


Acerca de este punto nos parece muy relevante el juicio del extraordinario historiador español Vicente Rodríguez Casado, cuando apunta:


“Sobre la intervención de la masonería hay que tener en cuenta diversos hechos importantes. En primer término, el interés de los masones actuales de tener el mayor posible enlace histórico con las grandes personalidades del pasado. El único punto de apoyo que tenemos para saber, por ejemplo, que el famoso Conde de Aranda era masón, es precisamente el que cincuenta años después de su muerte, la masonería española conmemoró en una medalla tal hecho, sin que haya ningún otro documento que lo pueda atestiguar. Del mismo modo sucede, por ejemplo, con el general San Martín. Después de los estudios de monseñor Navarro demostrando que “la Gran reunión americana no fue propiamente una logia” y los escritos de Pueyrredón y Bulnes en los que determinan el que la logia americana tampoco pueda incluirse en la organización masónica, difícilmente puede afirmarse el carácter masónico de San Martín, el general, que, por otra parte, castigaba en su ejército con pena de muerte la blasfemia” [17].


Asunto sobre el cual también Horacio Juan Cuccorese escribió:


“La leyenda masónica sanmartiniana nace como concepción mental en 1876. Es decir, veintiséis años después de la muerte de San Martín y diecinueve con posterioridad a la organización de la masonería argentina en Buenos Aires...

El nacimiento real de la leyenda masónica sanmartiniana es de mayo de 1880… una tarea de titanes que no consiguen su objetivo”.


Por lo tanto: “resultará siempre una quimera presentar al libertador como masón” [18].


Y las quimeras deben quedar en manos de los quiméricos.


Notas:


1. A muchos de estos autores vgr. Alcibíades Lappas, Boleslao Lewin, Fabián Onzari, Enrique de Gandía o Antonio Rodríguez Zúñiga, como ya dijera Ricardo Piccirilli, les “sobran argumentos y faltan pruebas”: op. cit., p. 135.

2. Aragón, Roque Raúl, op. cit., ps. 18/19, nota 7.

3. Cuccorese, Horacio Juan, Historia de las ideas. La “cuestión religiosa”. La religiosidad de Belgrano y de San Martín. Controversia entre católicos, masones y liberales, en: Ensayos, nº 40, enero-diciembre 1990, p. 134.

4. Alcalá Galiano, Antonio, Recuerdos de un anciano, Bs. As., Espasa-Calpe Argentina, 1951, cap. VIII; cfr. Memorias, Madrid, 1886, 2 vols.

5. Canter, Juan, Las sociedades secretas y literarias, en: Nación, vol. V, Primera sección, cap. IX, p. 178, nota 40.

6. ver, también: Sánchez Bella, Ismael, La España que conoció San Martín, en: Homenaje, tº I.

7. Villegas, Alfredo G., San Martín en España, Bs. As., Academia Nacional de la Historia, 1976, ps. 73-74.

8. Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, Madrid, América, sf, ps. 337-338, y ss.; cfr. O´Gorman, Edmundo, Prólogo, a: Fray Servando Teresa de Mier, Ideario Político, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978, tº I, ps. IX-XXXIV; cfr. Fernández del Castillo, Antonio, El eslabón de Londres. José de San Martín, Fray Servando Teresa de Mier y Francisco Javier Mina, en: Primer, tº I, ps. 201-217; Miquel I Verges, J.M., Aspectos inéditos de la vida de Fray Servando en Filadelfia, en: “Cuadernos Americanos”, México, 1 de noviembre de 1946, vol. XXX, nº 6, ps. 187-205; Conté de Fornés, Beatriz, Los fundamentos políticos de la independencia en el pensamiento político de Fray Servando Teresa de Mier, en: “Revista de Historia Americana y Argentina”, Mza., Instituto de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, año XVIII, nº 35-36, 1995, 1996.

9. Eyzaguirre, Jaime, La Logia Lautarina, Santiago de Chile, Ed. Francisco de Aguirre, 1973, p. 8.

10. Este, y otros documentos citados, en: Chindemi, Norberto, Historia y Política. Función política de la historia. San Martín, pensamiento y acción. Las Logias. Documentos III, Bs. As., Ed. Los Nacionales, 1996.

11. ver: Lappas, Alcibíades, San Martín y su ideario, en: Primer, tº IV, p. 240.

12. Memorias del Coronel, Bs. As., Instituto Sanmartiniano, 1947.

13. El general San Martín en Montevideo, Montevideo, Peña Hnos., 1923.

14. Con los que en España serían conocidos después como “los Ayacuchos” –según el título de la famosa novela de Benito Pérez Galdós-: García Camba, Espartero, Rodil, Canterac, Ferraz, Loriga, Carratalá, Monet, Vigil, La Hera, Maroto, Ameller, Seoane y La Torre; cfr. Pezuela, Joaquín de la, Memoria de gobierno, 1816-1821, al cuidado de Vicente Rodríguez Casado y Guillermo Lohman Villena, Sevilla, 1947, ps. 845/863.

15. ver sobre este tema, los libros y artículos de: Carlos Steffens Soler, Ricardo Piccirilli, Andrés García Camba, Joaquín de la Pezuela, Manuel de Odriozola, Agustín de la Puente Cándamo, Gustavo Pons Muzzo, Tomás de Iriarte, Felipe y Enrique Paz Soldán, Juan B. Soto, Augusto Barcia Trelles Víctor Andrés Belaúnde, Francisco Morales Padrón, Ricardo Caillet-Bois, Enrique Guerrero Balfagón, José Luis Busaniche, Gabriel René-Moreno y Raúl Porras Barrenechea.

16. Goñi, Carlos A. y Scala, José Nicolás, La Diplomacia de la Revolución de Mayo, Bs.As., Crespillo, 1960, p. 47.

17. Rodríguez Casado, Vicente, Conversaciones de Historia de España, Barcelona, Planeta, 1965, tº II, p. 149, nota 4.

18. Cuccorese, Horacio Juan, San Martín, Catolicismo y Masonería. Precisiones históricas a la luz de documentos y testimonios analizados con espíritu crítico, Bs.As., Instituto Nacional Sanmartiniano, Fundación Mater Dei, 1993, p. 144.


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