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jueves, marzo 4

La guerra psicológica en la Iglesia.


He aquí, pues, el procedimiento empleado sistemáticamente por quienes intentan alterar la estructura y los valores esenciales de la Iglesia Católica.


3) La guerra psicológica en la Iglesia.


En los últimos años, y muy particularmente desde que Juan XXIII diera curso a la inspiración providencial constituida por el Concilio Vaticano II, la Iglesia se encuentra sometida a un proceso cada día mas grave de guerra psicológica organizada precisamente por los grupos repetidamente denunciados por Pablo VI como responsables de la “autodestrucción” de la Iglesia.


Dicho proceso se caracteriza esencialmente por someter todas las realidades eclesiales a una división dialéctica, es decir, a un proceso de oposición contradictoria entre cosas y personas, planteado de tal suerte que se condiciona al lector o participante a optar por un valor, un grupo o una realidad contra otro valor, grupo o realidad. En última instancia, todas las “contradicciones” sugeridas o impuestas por distintos medios tienden a polarizarse en un conflicto de personas o grupos concretos. Por razones tácticas, el carácter “personal” de la lucha suele ser presentado como un conflicto de valores, de mentalidades, etc., lo cual lo reviste de una apariencia impersonal, ideológica, menos mezquina y más seductora para la opinión pública de los católicos. Todo el arte de este proceso de dialectización reside en procurar que las víctimas del condicionamiento, así presentado y disimulado, no lleguen a tomar conciencia de la falsedad o arbitrariedad de la opción propuesta.


En una palabra, todo en la Iglesia se reduce sistemáticamente a una oposición o conflicto entre “blancos” y “negros”, entre “culpables” y “víctimas”, entre “justos” y “pecadores”, etc., arbitrariamente designados con el único propósito de desviar la atención de los católicos de los verdaderos propósitos de quienes orquestan tal acción psicológica. El aparato publicitario que rodea y difunde a escala internacional estos planteos disolventes de la verdadera comunidad cristiana, constituye una pieza esencial del operativo, pues, sin él la polarización dialéctica de los grupos resultaría mucho menos intensa.


Ya en 1962, la revista Itinéraires (número 69), en una “crónica romana” firmada Peregrinus denunciaba enérgicamente la violenta persecución llevada contra toda persona o grupo calificado arbitrariamente de integrista (dialécticamente contrapuesto al mote de progresista):


“La descalificación arbitraria de las personas por los reflejos condicionados del anti-integrismo, es un proceso de autodestrucción de la Iglesia. Si esta fuese una sociedad solamente humana no hubiese podido sobrevivir. El “integrista” es aquel a quien no se habla; no es más un hermano, ni siquiera un hermano enemigo. No es un adversario humano, es el equivalente de un perro sarnoso a quien se espanta de un puntapié. Se le desprecia en silencio o se le injuria con la mayor grosería. Se le considera capaz de todo, y más bajo aún en la escala que los criminales empedernidos, a quienes se les concede por lo menos alguna función en las prisiones. Se le puede hacer de todo, menos tener en cuenta su existencia y su opinión. Basta que la calificación de “integrista” se haya lanzado con alguna insistencia en el universo del rumor organizado para que, prácticamente, ni siquiera se examine si esa calificación está fundada, en qué medida y en qué sentido. Es de suyo global y definitiva, como la declaración de que un individuo está afectado de lepra; ya no cabe para él ningún contacto con los hombres sanos. Ahora bien, a una parte cada vez mayor en número de clérigos y laicos que integran la Iglesia, se les coloca esta pestífera etiqueta. Es una cuarentena psicológica, pero absoluta. Es la “guerra psicológica” trasladada al seno de la iglesia.


Esta guerra psicológica se había desarrollado hasta hace poco en las zonas periféricas del cuerpo eclesial, a nivel de las parroquias, de las organizaciones de Acción Católica, de los Vicariatos Generales de las diócesis, a veces también a nivel de tal o cual conferencia episcopal. Pero ahora se ha llevado hasta el centro mismo de la Iglesia. Ahora, Cardenales de la Curia, Superiores de órdenes religiosas, teólogos romanos, vienen a ser personalmente destrozados por la máquina infernal. Algunos de ellos conocen ya por experiencia propia las tinieblas de la soledad o el desprecio, la tentación de la desesperanza, la desorientación del alma, que provoca en sus víctimas esta guerra psicológica organizada por el anti-integrismo.


Experimentan, lo que antes que ellos habían experimentado, sin que ellos lo hubiesen sabido o cabalmente comprendido, tantos humildes laicos y clérigos de última fila. Ahora ellos, a su vez, están solos con su corazón desgarrado, solos con su amor rehusado y despreciado, solos con sus lágrimas y sus oraciones. Solos con Jesús y su Santísima Madre, en el umbral del primero de los misterios dolorosos.”


La celebración del Concilio Vaticano II fue aprovechada por los grupos neomodernistas que –como veremos- constituyen la Iglesia clandestina, para denigrar públicamente a todos aquéllos, clérigos o laicos, que situados en cualquier función importante dentro de la Iglesia, pudieran servir de freno a sus ocultos designios. El aparato periodístico fue creando, a través especialmente de las publicaciones católicas influenciadas por los grupos neomodernistas, el clima dialéctico que permitiría inducir a un número más o menos considerable de Padres conciliares a adherir –por oposición a los falsamente calificados de “integristas”- a las medidas “renovadoras” o “progresistas” propiciadas por aquéllos. Sólo la asistencia del Espíritu Santo sobre su Iglesia ha podido superar en lo esencial las concecuencias lógicas de la maniobra. El para-Concilio o Concilio paralelo, es decir, la falsa imagen periodística de la magna Asamblea, no ha afectado las decisiones conciliares (como puede verse por los votos de aprobación de cada documento conciliar). Pero si afectó considerablemente el clima de las sesiones y, sobre todo, afectó y sigue deformando considerablemente aún hoy para un gran número de católicos, la verdadera dimensión espiritual del Concilio. Muchos son los que aún hoy, a cuatro años de la clausura, siguen prestando oído atento a los falsos slogans neomodernistas del progresismo neomodernista clandestino, creídos –por su ingenuidad y negligencia- de que tales slogans pretendidamente “conciliares” han sido aprobados oficialmente por Vaticano II. Ello explica el eco favorable en muchos buenos cristianos de la llamada mentalidad post-conciliar tantas veces criticada públicamente por Pablo VI.


La técnica utilizada por el progresismo en la creación de la mentalidad post-conciliar es tan simple como eficaz, y reproduce el proceso dialéctico antes mencionado. En el número 44/45 de Verbo, de septiembre 1964, se publicó un artículo muy profundo, titulado “Dialéctica entre católicos”, en el cual Jean Madiran demostraba las falsas polarizaciones entre “conservadores” y “renovadores”, entre el “freno” y el “motor”, entre el “centro” (Roma) y la “periferia”. Sus reflexiones conservan total actualidad. Oigamos ahora el testimonio autorizado de Marcel Clément, que siguió como periodista día a día, en una crónica detallada, de admirable ponderación, el desarrollo de todo el Concilio. En su trabajo “El II Concilio Vaticano en el sentido de la Historia” (Congreso de Lausanne, 1969), resumió claramente la técnica utilizada por los pseudo-renovadores:


“La renovación conciliar –o mejor dicho, post-conciliar-, según el príncipe de las tinieblas, consiste en una interpretación dialéctica del Concilio. Os doy la técnica; podréis emplearla. ¡Resulta fácil una vez comprendida!


Por ejemplo, hay la Escritura y hay la tradición. En el Concilio se dio a la liturgia de la Palabra algo más de importancia, es decir, se dio más importancia a la escritura. Desde ese momento hay quien alza la Escritura contra la tradición. Se ha hablado mucho de pastoral, entonces alzan la “Pastoral” contra lo “Doctrinal”. La colegialidad es enseñada desde siempre en la Iglesia, pues no es cosa nueva. Es formulada más netamente por Vaticano II, pero existía ya antes. Pues bien, será alzado el Colegio Episcopal contra la Curia Romana, o contra la primacía del Papa, según los casos. Serán alzados los episcopados nacionales, en la medida de lo posible, contra la Curia.


En lo referente al sacerdocio y a los seglares, hay alguna diferencia: en lugar de alzar al seglar contra el sacerdocio, se trata de persuadir a los sacerdotes de que el ideal es la vida seglar. Matiz...


Siempre existió clausura en las casas religiosas; se alzará entonces la apertura al mundo contra la clausura de los religiosos, y así se verá un millar de monjas en el Canadá abandonar su congregación en dos años. Se alzarán las lenguas vernáculas en general, y el francés, en particular, contra el latín. Se alzarán los salmos contra el gregoriano; se alzará la participación litúrgica comunitaria contra la oración personal; se alzará el apostolado contra el espíritu de penitencia; se alzará la acción contra la oración... ¡Evidentemente! se alzará a Juan XXIII contra Pío XII, ¡era elemental! Se afirmarán los valores sexuales contra la castidad sacerdotal, ¡esto es lo importante! Y para completar el conjunto, se revalorizarán los derechos del que yerra y se alzarán contra los derechos de la verdad.


He aquí la renovación conciliar según Satán. Tal como lo véis, la técnica es simple: se toma un valor antiguo, por ejemplo, el latín, se toma otro nuevo como el francés. Se sostiene al segundo contra el primero. Se escribe luego un artículo ironizando el pasado, y vuestros lectores católicos dirán: “Esto es el Concilio”. Cosa que con hasta frecuencia se repite desde 1965. E incluso se llega a llamar esto “información religiosa”.


Por fin, la parodia del diálogo –pasaré sobre esto sin detenerme-, la parodia es evidente: consiste en provocar no la misión, sino la dimisión. Tales son los rasgos del para-concilio.”


He aquí, pues, el procedimiento empleado sistemáticamente por quienes intentan alterar la estructura y los valores esenciales de la Iglesia Católica. Mil y un ejemplos podrían ser citados, tanto dentro como fuera de la Argentina, de esta técnica diabólica de disolución. En ella naufragan no sólo los valores despreciados como “superados” sino también los nuevos, que pretenden defender, pues éstos se destruyen y desorbitan sin la compensación natural de los valores despreciados. Tal es la guerra psicológica organizada en el seno mismo de la Iglesia por quienes intentan destruirla, so pretexto de renovación y adaptación al mundo de hoy [1].


[1] Sobre la práctica de la dialéctica” en el marxismo-leninismo, en total coincidencia metódica con lo aquí señalado, ver el libro de Jean Madiran, La vieillese du monde, Nouvelles Ed. Latines, París, 1966.


SACHERI, Carlos Alberto: La Iglesia Clandestina. Bs. As., Cruzamante, 1977, Cáp. 3.

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